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La Europea

Aspen, o ¿dónde dejé la rodillera?

Por: Carlos Dragonné (@carlosdragonne)

Hay días en los que las cosas se van sucediendo para que, al final, uno termine sin entender a qué hora llegó el golpe de buena suerte. Y es que, si todo hubiera pasado como se planeó, mi camino hubiera sido al aeropuerto para dar un aventón y no para tomar el vuelo que me llevaría a Aspen con una conexión en Dallas que hasta permitió que encontrara nuevas piezas para mi colección de muñecos basados en comics. La invitación llegó a través de un mensaje que leía: “Nos invitan a Aspen, pero yo no puedo ir porque estaré en Somontano. ¿Quieres ir tú?”. Aspen… Durante muchos años pensé en ese destino como uno de los que entraba en la lista “Algún día” y que, cada vez que pensaba en la idea de esquiar, se alejaba más hacia el fondo de la lista por unas rodillas que han pasado por algunas operaciones. Pero ahí estaba la invitación, en plena temporada de ski y yo con esta nueva dinámica personal de aventarme a lo que se va poniendo en la ruta. “Mi rodillera… ¿Dónde fue que la dejé?” Fue el único pensamiento que cruzó por mi cabeza en cuanto leí el mensaje.

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6:15 de la mañana y ya en camino al aeropuerto me puse a imaginar lo que podría ser este viaje, a crear expectativas de los siguientes cinco días en un lugar que se ha hecho famoso por su exclusividad e, incluso, se ha envuelto en un halo de inaccesibilidad por precios altos, vuelos inalcanzables y un hobby creado “solo para ricos”. Y es que, ¿cómo no caer en esos mitos cuando esquiar nos remite, inmediatamente, a escenas de James Bond surcando las montañas para salvar a Sophie Marceau? Estaba a algunas horas de comprobar eso o, quizá, de sorprenderme como muchas veces pasa cuando uno tiende a creer en los rumores.

Instalados en el Admiral Lounge de American Airlines, quienes en verdad tienen la mejor opción para llegar a Aspen vía una conexión en el aeropuerto de Dallas y platicando con quienes serían los compañeros de la aventura, me dio gusto descubrir que, a pesar de los rostros familiares -hemos viajado juntos en diversas ocasiones-, y de aquellos que veía por primera vez, todos teníamos el denominador común de nunca haber visitado Aspen y, además, nunca habernos puesto unos esquíes, así que todos compartiríamos el mismo sentimiento de novedad que, sin duda, siempre hace falta seguir buscando en cada rincón al que viajamos. American Airlines se reconfirmó como una favorita para los recorridos que hacemos pues además de puntualidad y comodidad, la atención en vuelo es digna de llevar a la competencia para ver si aprenden algo.

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Quienes organizaron este viaje tuvieron la magnífica idea de llevarnos en un vuelo que tenía una conexión de algunas horas en el aeropuerto de Dallas. Si bien al principio pensé que sería una pérdida de tiempo, se demostró que todo tiene una razón de ser, pues aprovechamos para realizar compras de último momento o de emergencia… no todos tenemos guardados pantalones para la nieve al fondo del clóset o los googles adecuados para bajar la montaña al más puro estilo de Jonny Moseley, aunque terminemos pareciendo Willie E. Coyote en un capítulo de invierno perdido en los confines de Warner Bros Studios. Yo, por supuesto, no hice nada de lo que debí haber hecho y terminé comprando muñecos de colección exclusivos que me encontré en la tienda especializada Hot Topic, por lo que confié en la buena suerte o, podríamos decirlo, en los proveedores de servicio de Aspen para ver qué tan preparados estaban para un novato en toda la extensión de la palabra. Así que ya con muñecos llenando la maleta, un par de pretzels de Auntie Anne’s en la panza y una anécdota con el autor de un libro que conocí en pleno mall, nos regresamos al aeropuerto para abordar el vuelo de American Eagle, filial de American Airlines, para llegar a Aspen.

Sobrevolar las Rocky Mountains debe ser una de mis experiencias preaterrizaje más satisfactorias. Y miren que justo es el punto donde, a pesar de los años y las incontables millas en la cuenta (mental, porque por alguna extraña razón, no tengo tarjeta de millas, situación que espero corregir en breve), vuelvo a ser un niño maravillado en los aviones. Quizá porque cada aterrizaje me recuerda esos días pre 9/11 en los que podíamos, con la edad adecuada y la ilusión correcta en la mirada a un sobrecargo, acceder a la cabina de pilotos y vivir desde primera fila la grandeza de cada ciudad. Hoy, con esto ya prohibido -y una edad en la que me acusarían de acoso, en lugar de niño ilusionado si miro así a la azafata-, cuando comienza el descenso yo abro la ventanilla para tener un poco de esa sensación que, estoy seguro, fue la razón de los hermanos Wright para ponerse de creativos hace tantos años. Pero, volviendo al punto, ese momento en el que uno está por aterrizar en Aspen y puede disfrutar desde las alturas la maravilla natural de esta cordillera enmarcadas por la belleza que significa el paisaje nevado empieza a dejaren claro que este no será ‘un viaje más’ del que escribir.

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A escasos minutos del aeropuerto de Aspen, en el centro de un pueblo histórico con más de 130 años de antigüedad -a diferencia de otros resorts de ski que fueron construidos como parque de diversiones- nos espera The Limelight Hotel, el que sería nuestra casa por los próximos cinco días y, apenas con unos minutos para descubrir las habitaciones, de las que ya les platicaré más adelante, nos reunimos todos en el restaurante del lugar para una cena de bienvenida con Lea Tucker y Nina Wyle, además de Marco Aguilar y Paola Maury, artífices los cuatro de un viaje que empezaba entre grandes sabores, cervezas locales y un cocinero recién llegado al Limelight Hotel y que, por decirlo en pocas palabras, entró por la puerta grande para que nadie lo perdiera de vista. Y no les detallaré la cena aquí, porque nuestra plática exclusiva con Jeff Gundy merece un artículo aparte en el que recordaremos -y de qué manera- los sabores que nos dieron la bienvenida a Aspen.

Tras caminar por el pueblo un rato para bajar el atascón, regresé al hotel para descubrir a detalle la habitación que me fue asignada. Por mucho, y con mucha suerte, me tocó el mejor cuarto de todo el grupo, con terraza y una vista justo a la montaña Ajax, mal nombrada -por costumbre, más que otra cosa- Aspen y, por supuesto, la principal de las cuatro grandes montañas de este destino. The Limelight Hotel está comprometido con el ambiente de muchas formas, desde la energía renovable que utiliza hasta las amenidades que otorga en sus habitaciones, pequeños santuarios que hacen del descanso algo cuidado en el detalle más ínfimo y que, tras el primer día de esquí, apreciaría al doble. Además, el mito de lo inalcanzable se comenzaría a romper aquí. Claro que en Aspen, como en muchos destinos, hay lugares que de sólo ver el precio por noche o por estancia hacen que uno piense en huir a las minas de plata que generaron la riqueza del pueblo hace más de cien años, pero también hay opciones que ponen al alcance de todos el placer que representa abrir los ojos en un paisaje invernal como los que hemos visto en la pantalla grande en infinidad de cintas clásicas, y The Limelight Hotel es uno de ellos donde no se escatima ni el detalle, ni el lujo ni la comodidad.

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Déjenme darles un consejo para la próxima vez que viajen en grupo a un lugar al que no hayan ido. Asegúrense de tener entre ustedes a alguien que conozca no sólo el destino al que van, sino las historias que se ocultan entre los edificios, las calles y la gente del lugar. Alguien que tenga un cariño especial por el pueblo o ciudad donde estén y que pueda platicarles cosas más allá del tour estudiado o los brochures de las oficinas de turismo. Nosotros tuvimos esa suerte con Marco Aguilar que, además de gran conversador, es la prueba de que nada funciona mejor que amar lo que haces. Marco, con una voz muy similar a un famoso actor de doblaje nacional que todos hemos escuchado más de una vez en TV, cines o hasta en radio, nos lleva por las anécdotas de la creación de este destino de ski para aprender que fue la 10ª División de Montaña del Ejército Norteamericano los que, tras haber entrenado aquí para la Segunda Guerra Mundial, tuvieron la visión de rescatar del olvido un proyecto de creación de resort que se perdió entre las urgencias de la guerra pero que, tras la victoria en 1945, parecía simplemente lógico continuar. Así, entre esas historias, combinadas con anécdotas de él como esquiador ya experimentado, nuestro grupo llegó a Buttermilk, la primera de las cuatro montañas, lugar donde se celebran los X Games de ESPN y que, de hecho, tenían apenas unas horas de haber terminado. Así que equipados completamente con botas, googles, esquíes, chamarra y guantes -que, obviamente, tenían disponibles para quienes somos necios y preferimos comprar muñecos de Batman y Harley Quinn en lugar de preparar nuestra aventura-, nos trepamos a la góndola y comenzamos el imponente camino hacia algo completamente nuevo.

Era momento de tomar una clase. Ojo: cuando vayan por primera vez, siempre tomen un par de días de clase. Las lesiones y accidentes nacen, en un 90% del famoso “yo puedo”, sólo que aquí no estamos hablando de conectar un BluRay sin leer el manual, sino de estamparse como caricatura con un árbol, con la sutil diferencia de que a la caricatura no le duele. Y prepárense para sentirse los más torpes del mundo, porque esos primeros minutos queriendo entender que nuestro pie acaba de crecer en más de un metro de largo son material perfecto para que alguien los grabe con el celular y puedan hacer incontables chistes sobre su gracia de elefante en cristalería. Sin embargo, la clave está en perderle el miedo -no el respeto, que no es lo mismo- a los esquíes, a la nieve y las caídas -que van a suceder inevitablemente-, y dejarse ir, como diría un clásico, como gordo en tobogán. ¿Cómo llegué a esa idea? Al ver a niños que, sin los tabúes del miedo y la aprehensión que tenemos los adultos, esquiaban con la sensación de descubrir algo nuevo y la naturalidad de saberse libres. Observen, miren a quienes van aprendiendo y déjense ir.
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Esquiar es, por mucho, la actividad que más he disfrutado en mi vida. Es algo que requiere concentrarse en uno mismo, en su espacio, su dimensión y su movimiento. Y, a la vez, puede ser tan intuitivo que lo único que nos detiene es esa responsabilidad que no debemos perder mientras aprendemos, para no sentirnos super héroes en una montaña que nos supera por mucho. Es un deporte en donde nosotros mismos somos el límite de lo que podemos lograr y que, si bien los límites son muy cercanos cuando empezamos, también se percibe en las entrañas que los vamos moviendo en cada pendiente, cada curva y cada deslizada en la nieve. Audífonos, música que nos conecte con nuestra tranquilidad y la montaña para disfrutarse es una receta garantizada para descubrir ideas que, quizá, ni estábamos buscando. Y apenas era el día uno. Viendo a esquiadores bajar la montaña a una velocidad que anhelo alcanzar en próximos intentos, sabía perfectamente que algo estaba cambiando en mi perspectiva de experiencias viajeras. Aquí, a casi 14 mil pies de altura sobre el nivel del mar, con los los pies dedicados a dirigir el camino -que no los pasos-, supe de golpe que había encontrado mi nuevo lugar favorito. Y, al mismo tiempo, descubrí que había olvidado mi rodillera en México pero que, contrario a lo que pensé no me importaba. De hecho, no me importaba nada…

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continúa el próximo artículo…

The Limelight Hotel

355 South Monarch Street, Aspen, CO 81611, Estados Unidos

Teléfono:+1 970-925-3025

reservations@limelighthotel.com

http://www.limelighthotel.com/

About Carlos Dragonné

Cineasta, escritor y cocinero. Sufro de analisistis aguda, con cuadros de humor negro crónico recurrente. Músico con un piano cerca. Reconstructor de fantasías

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