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Voraz. El consumismo con la cocina de fondo. Teatro.

por Carlos Dragonné

Cuando murió, Olivier Lombard nos dejó un hueco en la alta cocina de la ciudad y, también, un camino recorrido sobre el que muchos cocinaron después y enaltecieron la alta cocina, su técnica y, con ello, pusieron a México en el mapa mundial de la cocina. Pero por mucho tiempo me gustaba preguntar, “¿Qué hubiera pasado si Olivier se hubiera vuelto loco en este ir y venir de consumismo, de retos innecesarios, de experimentos sociales y, sobretodo, de la imperante necesidad de reconocimiento que parece devorar todo a su paso?”. Y esa pregunta me volvió a surgir viendo Voraz, escrita por Jorge Robinet y dirigida por Reynolds Robledo que todavía tiene 8 funciones en el Foro Lucerna y para la que ya deberían estar comprando sus boletos.

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Voraz. Un ejercicio de cuestionamiento con la cocina de fondo.

Quienes me conocen saben que en más de una ocasión he dicho que el. Reality show es el punto cenit de nuestra cultura. No de manera positiva, sino como el punto a partir del cual comenzó una espiral descendente de la humanidad. Las redes sociales son, por definición, el acelerador más peligroso de esa decadencia, pues han vuelto la vida de todos –no sólo de aquellos pocos escogidos— en un reality show abierto al voyeurismo de todos. Así que la premisa de Voraz me llamó inmediatamente la atención.

Sirva de información de transparencia un dato. Tuve el privilegio de tener al director en mi equipo de trabajo hace muchos años y pude ver de primera mano el enorme talento que tenía. Pero esto más que ser un aliciente permisivo para aplaudir ciegamente sus obras, lo he convertido en un derecho autoadjudicado para ser lo más crítico posible con lo que hace. Porque soy un convencido que las falsas zalamerías son una forma de violencia.

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En Voraz, Manuel Balbi interpreta a un cocinero que abre un experimento y está dispuesto a la trascendencia a partir del mismo. Transmitiendo durante un mes lo que él llama el periodo de aclimatación de la proteína a cocinar, hace partícipe al invisible público de este extraño reality de lo que pasa mientras deja la carne lista para servir el platillo icónico que lo llevará al estatus de leyenda. Ese platillo: Juan Pérez, el don nadie en turno voluntario para pasar a la historia en un plato según lo que el Chef decida. Sí… estamos por ver cómo se prepara un legendario Chef para cocinar un humano como su Magnum Opus.

Voraz y la crítica frontal a nosotros como público.

El público no es lo que era antes. Hoy exigimos cosas que no entendemos, queremos más de los desconocidos de la pantalla –cualquiera que sea esa pantalla— y nos ofendemos cuando no nos lo dan. Hemos llegado al exceso de ser partícipes inertes de una degradación de la comunicación en todos sus niveles y en todos los espectáculos. Hoy, como critica el Chef en un diálogo, ya no sabemos ni siquiera de cocina, de sabores o de técnicas y, muchas veces, lo que consumimos no es el platillo en sí, sino la fama y fortuna de otros, que nunca será la nuestra.

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Hay una creciente y decadente cultura del consumo que se está transformando en algo mucho más triste. Ya no consumimos lo que nos venden, sino que apenas consumimos las ilusiones y las vidas ajenas. Hoy los cocineros, las oficinas de turismo, las marcas y los generadores de tendencia no acuden al público, sino que pintan un escenario a través de la cultura del influencer, porque saben que los millones de seguidores están satisfechos con ver a ese personaje inalcanzable –que se disfraza de cercano— recorrer las calles de la ciudad imposible o probar los menús impagables. ¿Conocimiento? No es necesario. Con que tengas el número correcto en la nueva cultura del rating digital es más que suficiente.

¿Quién es el Voraz del título? ¿El personaje o el observador?

La obra abre con lo que sabemos que será un recorrido inevitable hacia los espacios más oscuros de la narrativa de estos dos personajes. Uno obsesionado con el estatus de leyenda, otro obsesionado con esa leyenda que hoy tiene enfrente y que será, a la vez, su objetivo final y su muerte. Pero hay algo por debajo de la piel de ambos que sabemos que está por salir, que grita por un espacio. En uno hay miedo. En el otro también. Pero, ¿a qué exactamente? Y entonces, el Chef rompe la cuarta pared y hace partícipe a los que estamos sentados en el Foro Lucerna, de lo que estamos por ver. Vaya, nos hace cómplices de un camino inevitable que hace paradas en las estaciones de la locura, la crueldad y la simple búsqueda de la satisfacción del morbo.

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El ejercicio no es nuevo. Romper la cuarta pared se ha hecho en el teatro desde la antigua Grecia con Sófocles, hasta el siglo XVI con  Shakespeare, pero es Moliere quien terminó por desarrollar la forma en que hoy se rompe la cuarta pared. Por tanto, Robledo y Voraz no están inventando el hilo negro. Pero están jugando a hacernos partícipes de algo que nosotros sabemos que está mal y que, inevitablemente, en un hermoso ejercicio de psicología de masas, terminamos escogiendo aunque algo nos diga que está mal.

No les voy a decir qué y cómo, porque no quiero romper la magia de cuando vayan a verla. Y tampoco les diré que está realizada con la maestria de Haneke en Funny Games o de David Fincher en House of Cards. Hay un par de elementos que, a mi parecer, podrían mejorar y que, a pláticas con el director, ya descubriremos en una segunda puesta en escena si estuvo de acuerdo o no.

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La democracia del morbo y la decadencia de la audiencia.

Voraz es, sin embargo, uno de esos ejercicios teatrales con un texto franco y bien escrito que toca las fibras de todos. No por el hecho de que estemos por ver cómo cocinan a un ser humano y las consecuencias de ello. Tampoco por la necesidad imperante de conocer las causas que llevan a uno y otro a tomar las decisiones que los tienen en esa cocina que está por convertirse en matadero y, a la vez, en espacio de creación única. Porque es inevitable pensar en el personaje de El Chef como un obseso que quiere cambiar la historia.

Pero, entonces, llega el comercial, las menciones que sostienen los patrocinios, las invitaciones a comprar el cuchillo perfecto, ese con el que rebanarán la carne de Juan para ser cocinada. Es ahí que nos cae la cubeta helada de saber que, como audiencias no sólo de esta obra, sino de todo lo que vemos y consumimos, somos nosotros los causantes de esta debacle sociocultural y hasta geopolítica. Como decía Aaron Sorkin en el monólogo de apertura de Studio 60 on the Sunset Strip:

Estamos comiendo gusanos por dinero. ¿Quién quiere acostarse con mi hermana? ¡Jóvenes están siendo asesinados en una guerra que tiene música, tema y un logotipo! Ese control remoto en tus manos es una pipa de crack. ¡Ah, sí, de vez en cuando fingimos estar consternados!”

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Voraz y la crítica debajo de la crítica.

En eso Voraz apunta una crítica fundamental por debajo de la crítica misma. No sólo nos convertimos en consumidores de la desgracia, sino que además presumimos un conocimiento soberbio del que carecemos. “¿Qué van a saber ellos? Si todos ellos no saben siquiera hacerse un huevo. Pero se dicen expertos”, dice El Chef, en un diálogo que parece hecho para las nuevas realidades de los expertos culinarios, pero que es, más bien, un reflejo de la cultura de los libros de 10 minutos, los cursos para ser experto en tres horas o los talleres de especialidades en 2 sesiones por zoom.

Uno de mis acompañantes a la obra tuvo un momento que define los dardos que esconden los diálogos cuando sintió nausea absoluta al sentir que las palabras retumbaron en los recuerdos de nuestros primeros días profesionales, aquellos donde la dignidad era más pequeña que la imperante necesidad de hacerse un espacio en la industria… que fuera. Ninguno de mis acompañantes eran cocineros. Y aún así todos sentimos ese hueco en el estómago.

Lo que esconde Voraz es el miedo a la inevitabilidad.

Ahí es donde triunfa el texto de Robinet –aunque tenga fallas en otras áreas. El arte debe hacerte sentir incómodo. Debe removerte algo. Ahí es donde el triunfo de la dirección de Reynolds Robledo te lleva a cuestionarte las decisiones que estás tomando cuando consumes, cuando das ese like o cuando exiges, como miserable ejemplo de sentirnos con derecho a todo sin haber siquiera comprendido ya no lo que queremos, sino de dónde viene nuestro objeto del deseo.

Robledo, de la mano de dos actuaciones memorables –Alejandro Oliva y Manuel Balbi— juega magistralmente con algo que pocos logran: el subtexto. Eso que sirve para que el hecho de que estemos por ver cómo cocinan a alguien sea, simplemente, el fondo de pantalla para el recorrido hacia nuestras propias reflexiones, exigencias y, en mayor medida, la incomprensión de nuestros méritos, esos que siempre creemos que son más aunque cada día deban ser menos.

Voraz, un ejercicio de imaginar lo que podría pasar, viendo lo que lleva muchos años pasando.

Trabajé en la cocina de Olivier Lombard. Hace muchos años. Manuel Balbi me recordó mucho con su actuación a este grande de nuestra cocina. Caminaba por los estrechos espacios de la cocina y su loción envolvía el ambiente, así como avisaba a todos que había llegado. Era mítico, impulsivo, exigente y todo lo que podíamos imaginar sobre el prototípico cocinero francés que, jurábamos, cualquier día perdería la cabeza y se volvería loco a gritos y regaños en su cocina, su dominio. Gritaba y le llamábamos “El Diablo”, pero era un genio, un cocinero como pocos franceses que haya visto México.

Nunca le vi agredir a nadie, aunque en más de una los regaños hoy no pasarían el filtro de una generación fácilmente ofendida. En los últimos años y a raíz de la creciente obsesión de cocineros por un reconocimiento que ha llegado a niveles excesivos de zalamería –y que con la llegada de la Guía Michelin a México está por empeorar— siempre me he preguntado en cómo sería Lombard hoy.

¿Se hubiera vuelto loco como el personaje de Manuel Balbi o como ese cocinero en el que está usted pensando y que ha perdido el piso en aras de más portadas de revistas, más programas de televisión, más patrocinios y más aplausos estridentes de masas indefinidas? No lo sé. Casi puedo asegurar que no. Él no. Pero una cosa es segura.

Nosotros, como consumidores, hace mucho que dejamos atrás el punto de no retorno en este camino de la locura. Nosotros perdimos el piso y estamos arrastrando a todos a que nos alcancen. Porque, ¿quiénes se creen para no satisfacer nuestras exigencias? ¿Qué no saben que podemos llamar al gerente y poner en redes que el servicio es malísimo? ¿Qué no saben de nuestro poder?

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Voraz de Jorge Robinet y dirigida por Reynolds Robledo, con las actuaciones de Alejandro Oliva y Manuel Balbi se presenta los miércoles en el Foro Lucerna por una corta temporada a la que todavía le quedan ocho semanas.

Los boletos están en taquilla del teatro o en Ticketmaster. Hacer teatro en México es una gesta heroica. Vayan. Y si se dedican a la industria, vayan con más ganas. Reirán y se sentirán incómodos por igual. Y de eso se trata el arte.  

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