Viajar a Toluca y despertar ahí tiene algo de extraño, sobretodo si vives cerca en Ciudad de México. Al final, la decisión de quedarme en un hotel cercano al aeropuerto tenía que ver parte con mi itinerario de este día en donde la mañana me ve subirme al auto en horas a las que normalmente nunca me levanto. La ciudad se ve tranquila comparada con el caos capitalino. Pero bastan unos minutos de manejo para adentrarte en un territorio que parece una revelación silenciosa: volcanes, mercadillos ancestrales y pueblos alfareros que regalan cultura y sabor a quien se atreve a salir del centro. Este recorrido reúne lo mejor de ese paisaje cercano que merece ser descubierto.
Por razones obvias, este viaje me tomó dos mañanas. Una para ir al Nevado de Toluca y otra para ir a Santiago Tianguistenco, un lugar del que me hablaron mucho y en el que descubrí más de nosotros como viajeros que de ellos como pobladores.

Montaña, historia y aire frío. Viajar a Toluca y el senderismo.
A solo 22 km al suroeste de Toluca, el volcán conocido como Xinantécatl o Nevado de Toluca es uno de los lugares más impresionantes del Estado de México. Con sus cumbres que alcanzan los 4,680 metros y bajo su cráter doblemente encantado por las lagunas del Sol y de la Luna, este sitio ofrece rutas de montaña accesibles, estudios arqueológicos que revelan rituales prehispánicos y la posibilidad de contemplar desde lo alto una geografía que cortaría el aliento a cualquier viajero intrépido.
Subir a pie hasta la cima o hacer senderismo en sus laderas boscosas, respirar aire puro y contemplar panoramas que incluyen al Popocatépetl y a la Malinche, ofrece una experiencia revitalizante y llena de poesía natural. El parque nacional ha sido lugar de entrenamiento de atletas por su altitud y alberga zonas para ciclismo de montaña, picnic familiar e incluso nieve en invierno, cuando el cráter se cubre de blanco y los visitantes aprovechan para hacer muñecos y tomar fotografías que parecen de otra latitud. Pero recuerden tomar todas las precauciones para un recorrido así, barras de energía, zapatos correctos, agua para hidratarse…

Metepec y el arte en barro policromado
Si en los planes está viajar a Toluca, hay que considerar que a menos de media hora del centro está el pueblo mágico de Metepec, donde el barro se vuelve historia y el arte se convierte en forma de cuento. Aquí se elaboran los famosos Árboles de la Vida, esculturas de barro policromado que interpretan relatos religiosos, fiestas, flora y fauna mexicana con una creatividad sin límites.
Los artesanos de este espacio han innovado la técnica incorporando elementos de la gastronomía mexicana: mini calaveritas, figuras religiosas, cazuelas, tortillas, tamales y hasta figuras de pulque o barbacoa, integradas dentro de piezas coloridas y llenas de simbolismo. Visitar talleres y tiendas es una forma íntima de ver cómo cada familia alfarera crea identidad con barro. Comprar un Árbol de la Vida es llevarse un fragmento emblemático de México.

Sabores que merecen viajar a Toluca
En este trayecto por los alrededores de Toluca no faltan los sabores que sorprenden: barbacoa digna de su fama, pulque blanco o curado con sabores como mango o guayaba; hongos cosechados en bosques cercanos, preparados en cazuela con epazote y ajo; tortas de guajolote, quesos de rancho ahumado y dulces tradicionales recién hechos en tianguis y mercados locales. En temporada de hongos o en festivales, puedes acompañar tu comida con una curado de pulque rodeado de música de banda o rondas de rondalla, y charlar con lugareños orgullosos de compartir su sazón.
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Santiago Tianguistenco: la carencia vendida como tianguis ancestral
Los martes, a unos 30 minutos de Toluca, el municipio de Santiago Tianguistenco despierta con el bullicio de uno de los tianguis más grandes y antiguos de Latinoamérica. En sus calles se teje, desde tiempos prehispánicos, un ritual de intercambio que aún respira comunidad: piloncillo y queso fresco, madera a cambio de nopales, miel por mantas de lana tejidas a mano. El tianguis no es una postal: es una coreografía de vida que sigue resistiendo.
Pero basta con observar de cerca para notar que ese intercambio ancestral también se ha convertido en un espejo incómodo. Mientras algunos turistas recorren las calles en busca de “experiencias auténticas”, las voces de quienes participan en el trueque recuerdan algo más profundo: “nuestra madera es nuestra moneda, porque no tenemos otra cosa”. Y ahí, entre el aroma de la barbacoa cocida bajo tierra y el calor del pulque espumoso servido en jarras de barro, surge una pregunta que incomoda: ¿qué dejamos realmente cuando pasamos por aquí?

La gastronomía del tianguis es brutalmente honesta. Durante la temporada de lluvias, los hongos silvestres se vuelven protagonistas: escobetas, clavitos, cazahuates, cocinados con epazote o envueltos en tacos de maíz criollo. Es un festín campesino, vibrante y sincero. Pero detrás de cada platillo hay una historia que no cabe en los hashtags ni en las stories de Instagram. Hay carencias, hay trabajo no remunerado, hay generaciones enteras que resisten con dignidad sin que nadie les garantice un mañana más justo.
El turismo es una declaración de principios. En Toluca y en todas partes.
El turismo no puede, no debe, romantizar la pobreza. No estamos aquí para fotografiar el pasado de otros como si fuera un espectáculo folclórico. Estamos para cuestionarnos cómo viajamos, a quiénes apoyamos, qué dejamos tras de nosotros. Si el paso de los visitantes no mejora las condiciones de vida de quienes nos reciben, estamos fallando. No es sólo un martes de mercado. Es una lección incómoda de economía, historia y responsabilidad colectiva.

Me voy de Santiago Tianguistenco con el alma en un hilo. Porque este tianguis no es un parque temático ni una cápsula del tiempo: es un recordatorio de lo mucho que falta por entender sobre sostenibilidad cultural, sobre respeto profundo y sobre justicia social. Los pueblos originarios no están aquí para enseñarnos algo pintoresco. Están aquí porque llevan siglos sosteniendo este país en silencio. Y eso, más que cualquier otro atractivo, debería hacernos volver. Pero no como turistas. Como aliados.
A una hora de distancia, no sólo está Toluca: está nuestra responsabilidad.
La región de Toluca y sus alrededores tiene todo para enamorar: el aire helado del Nevado en la mañana, el barro tibio de Metepec convertido en arte, los sabores profundos del pulque en Santiago Tianguistenco, la quietud del bosque en La Marquesa y las noches que caen suaves sobre los portales iluminados del centro histórico. Sí, todo está ahí, a menos de una hora de casa, esperándonos con una generosidad que desarma.

Pero ya no basta con ir, tomarse la foto y regresar. El turismo, cuando es ciego, cuando es sordo, cuando solo consume sin devolver, se convierte en enemigo. En lugar de impulsar a las comunidades, las ahoga. Gentrifica sus barrios, despoja de sentido a sus rituales, convierte lo cotidiano en espectáculo.
¿Cómo hablar de preservar la artesanía de Metepec si seguimos regateando el precio al maestro alfarero que ha heredado siglos de saber y que nos ve comprar el mismo —de menor calidad— a quince veces el precio en las tiendas departamentales? ¿De qué manera celebrar la tradición del trueque si dejamos tras de nosotros únicamente likes y promesas vacías? ¿Cómo irse a dormir sabiendo que el viaje fue perfecto, de cinco estrellas y hashtags de promoción, cuando no hay quien se lleve la madera que la señora me intercambiaba para poder poner comida en la mesa de una familia de… cuántos?
La brecha de la desigualdad del turismo la hacemos nosotros y no hay gobierno o secretaría que vengan a corregirla si no tomamos acciones desde nuestro lado.
La cada día más abierta brecha entre lo que se vende en las postales digitales de las redes sociales y sus influencers a quienes les hacen recorridos, han hecho que el turismo sea hoy no un motor de desarrollo, sino un lastre para el mismo. No se trata de sentir culpa por viajar, sino de hacerlo con los ojos abiertos. De entender que cada trayecto es también un posicionamiento político, económico, cultural. Que nuestros pesos y pasos pueden ser votos por un sistema más justo: Pero que también lo que decidimos ignorar mantiene viva una lógica que sigue profundizando la desigualdad.

Viajar es un privilegio. Y a estas alturas, también debería ser un acto de empatía.
Toluca y su valle no necesitan turistas fugaces, sino visitantes conscientes. Que valoren, que respeten, que escuchen. Porque en cada señora que cambia madera por comida, en cada panadero que amasa sin descanso, en cada niño que ve pasar a los viajeros con ojos grandes, hay una historia esperando ser escuchada, no consumida.
Sí, esta tierra sigue siendo mágica. Pero como todo lo mágico, es también frágil. Y solo si cuidamos de ella, si nos asumimos responsables del impacto que dejamos, podremos volver una y otra vez sin llevarnos más de lo que dejamos.
Veo gente en Metepec y Santiago caminando orgullosos con sus iPhone 16 Pro o sus Galaxy S24 tomando fotos que se irán al olvido de un instagram que nadie revisa, mientras la gente con las arrugas en la piel y la cara curtida por el sol sigue esperando que esa fuerza que el comercio tenía en la leyenda que nos cuentan las Secretarías de Turismo vuelva a tener sentido. Y si no sentido, al menos la fuerza necesaria para vivir con dignidad y no apenas sobrevivir con lo indispensable.
Porque de este mercado, estoy seguro, la próxima vez que venga, faltarán algunos rostros que habrán tenido que irse en la búsqueda no de un sueño americano del otro lado de la frontera, sino en la persecución de un sueño personalísimo: el de mantenerse vivo y con una familia alimentada. Y se van porque aquí, nosotros, al viajar y visitarlos, vemos todos los colores, lo pintoresco, lo curioso, lo divertido. Y mientras nos perdemos entre las chácharas y los hongos silvestres, nunca vemos lo más importante: sus rostros pidiendo que no los dejemos atrás.
