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VAI Resort. ¿Listos para que la hospitalidad se reinvente?

por Carlos Dragonné

Arizona está guardando un secreto. Hay un sonido que quizá tengas que afinar el oído para detectarlo. Sí, claro: es una analogía, pero vale la pena. Porque lo que escuchas, si pones tantita atención, es una especie de eco de lo que viene. Es el sonido de la construcción, de ese terreno vacío moviéndose para cambiar el paisaje. Pero más allá de lo literal, lo que me atrapa es lo que ese ruido promete. No suelo hacer recorridos con casco entre esqueletos de concreto, vigas de acero y espacios donde tienes que imaginarte todo tal como lo soñó el arquitecto… aunque sabemos que nunca queda exactamente así.

VAI Resort

Pero este tour empezó distinto. Dimos la vuelta por la entrada y las tres pantallas gigantes del hotel no estaban proyectando una animación del “gran espectáculo” futuro ni un render del hotel. En lugar de eso, ahí estaba: nuestro logo. El logo de Sabores de México, junto a un “Bienvenidos”. En ese instante supe que este recorrido por VAI Resort sería diferente. No era una invitación a ver una obra; era una invitación a contar una historia. A ver si nuestra imaginación alcanza a seguirle el paso a lo que este equipo está soñando. Y, además, a presenciar algo que no se ve todos los días: una idea en estado líquido, circulando entre soñadores, veteranos de la industria, creativos y especialistas en marketing.

Más que eso: esto termina siendo una puerta abierta al pensamiento sin límites, ese sueño corporativo al que casi nunca te dejan entrar —y aquí, en el corazón de Glendale, está pasando. Les cuento.

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Hospitalidad reinventada en VAI Resort. Una promesa.

Ese gesto —ver nuestro nombre en lo que está por venir— fue el primer acto de una hospitalidad que este proyecto promete reinventar. No fue una validación de nuestro trabajo (aunque así se sintió, lo admito, y se agradece más de lo que puedo explicar), sino algo más profundo: una especie de reconocimiento mutuo.

Mark Stavitski, una de las mentes detrás de la operación, me lo confesó después con una claridad desarmante: “Había leído tus crónicas. Y ahí supe que quería que fueran ustedes quienes contaran nuestra historia”. En una época donde el contenido muchas veces se negocia por likes y exposición vacía, esa frase pegó fuerte. Nosotros hemos mantenido una política simple: contar historias con la longitud que requieren, para quien quiere leer, para quien tiene tiempo, para quien está dispuesto a invertir más que un like o un comentario.

Contamos historias porque creemos en ellas. Y de pronto, en otro país, Mark nos recordó algo que se nos olvida cuando el ruido de redes sube: el periodismo viaja, y, aunque a veces lentamente y tarde más, llega a destinos inesperados. Fue la primera pista de que VAI entiende que la conexión real no es con “las masas”, sino con las personas, una por una.

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Libertad creativa: el activo más exclusivo que hoy tiene VAI Resort.

Aquí vive el núcleo extraordinario. Renders en una tablet, dentro de cuartos que “se sienten vacíos” pero con el camino a medio trazar, nos obligan a imaginar lo que será un hotel que todavía no tiene una fecha de apertura definida —aunque yo ya empecé a contar los días.

Ryan Littman, SVP de Food & Beverage, y Rian Kirkman, SVP de Marketing, contaban historias sin hablar de márgenes de ganancia. Nadie mencionó “ocupación ideal”. Hablaban, más bien, de años buscando un proyecto así: uno con libertad para crear. Y ahí estaban. Lo que podrías llamar una banda de “inadaptados” de la industria: gente con demasiados años de experiencia encima y, aun así, con un costal de sueños por volverse realidad.

Los dueños del proyecto hicieron fortuna en una industria lejana a la hospitalidad y, cuando decidieron construir un hotel, hicieron lo que casi nadie hace: le dieron las llaves a los expertos. Confiaron en la narrativa, entendiendo que el éxito depende de un equipo bien elegido. Por eso Littman, Kirkman y Stavitski saben que la responsabilidad es enorme. No hay límites… pero eso también pesa. Saben que tienen que entregar algo verdaderamente distinto.

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Son otros números los que se piensan

En una industria amarrada a fórmulas, franquicias y focus groups, esto es tan raro como encontrar (sí, suena a propósito) un oasis en el desierto. Mientras el mundo anuncia parques temáticos de Drácula y mega-complejos que son ciudades dentro de ciudades, VAI apuesta por la ruta contraria. No se trata de ser el más grande (aunque la inversión de 1,200 millones de dólares y sus 1,100 habitaciones gritan ambición), sino de ser el más íntimo.

Su apuesta es una paradoja arquitectónica: crear un espacio masivo que, en la operación, se desdibuje para darle paso a una experiencia personal, única y cercana para cada huésped.

Diseño como abrazo: donde el espectáculo se encuentra con el alma

Caminar por el cráter de lo que será el anfiteatro de VAI no te hace pensar en la multitud. Te hace pensar en ti, en ese asiento específico. Tal vez en la zona general. Quizá en tu habitación con tus amigos, con acceso a conciertos cuando reservas ese cuarto. O tal vez en tu mesa del restaurante, con vista al show.

Pocas palabras alcanzan para explicar la genialidad del diseño que vi. Y no es solo la pasión con la que nos describieron cada espacio; es el cuidado y la idea de que —de la suite más lujosa al restaurante— todo tendrá una conexión visual y visceral con el espectáculo. No una conexión pasiva, como ver una pantalla gigante. Eres tú, en tu balcón privado o en la terraza de un bar, viviendo tu propio momento dentro del evento.

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El espectáculo es colectivo; la experiencia, profundamente íntima.

Conciertos, convenciones, sets acústicos, festivales: aquí siempre va a estar pasando algo. Esa es la esencia de la palabra “personal” que repiten. La hospitalidad aquí no es “room service eficiente”; es, si queremos decirlo de forma más completa, un ecosistema emocional. La distribución del resort, con el anfiteatro como eje central, no es un capricho estético. Es una declaración de principios: somos parte de un todo sin dejar de ser el centro de nuestro propio universo.

Es la materialización de esa sensación difícil de explicar que define los viajes perfectos: pertenecer a algo único, exclusivo, hecho casi para ti.

VAI y la gastronomía: de estrellas y talento local

Es imposible no pensar en los secretos del diseño de cocinas, en los engranes detrás de escena que delatan operaciones planeadas para correr como reloj. Las cocinas aquí son parte de un sistema y la visión de Ryan Littman adquiere una dimensión fascinante.

Las Vegas nos malacostumbró —y para mal— con celebrity chefs que llegan, firman el menú y apenas pisan la propiedad más allá de dos sesiones de fotos al año. Aquí, la idea se siente más sutil y, al mismo tiempo, mucho más ambiciosa. Sí, el mercado manda y habrá nombres que atraen curiosidad global por sí solos —por ahora podemos confirmar la fuerza culinaria y humanitaria del chef José Andrés— pero el objetivo no es construir un santuario de egos, sino un espacio de experiencia.

La apuesta real, me explica Littman, es crear un ecosistema culinario con sentido de comunidad local. Y, como lo entiendo, esto también va de autenticidad y de producto sostenible —algo que, en el desierto, es un reto en sí mismo. Por eso Ryan ha estado aquí desde la etapa de concreto duro, de armado de estructuras. Se busca dialogar con la tierra, viajar para entender cuáles cocinas y oportunidades existen en lugares que conecten con Glendale.

Detrás de escena hay algo que se siente casi único: una propiedad que sabe que puede —y debe— ser motor de talento local. Un romántico diría que aquí no se trata de las estrellas, sino de las constelaciones. Este espacio llega como una oportunidad enorme para chefs y productores de Arizona: crecer, innovar y mostrar su talento en un escenario que, sin duda, será de calibre global.

Ryan no repite “lujo” o “exclusivo” como mantra, como pasa en otros destinos. La palabra que más usa es “comunidad”.

Recorrer las cocinas habla de posibilidades infinitas para operaciones impecables, pase lo que pase en la propiedad. Steakhouse o bares con conceptos distintos: cada espacio tendrá su “back-of-the-house” operando por separado para evitar estorbarse a sí mismos. Y así, más allá de la promesa de un restaurante de chef famoso, lo que viene es un lugar que se está adelantando al impacto que tendrá, para no tropezar desde el arranque —un destino que ha alcanzado a demasiadas aperturas “grandiosas” que tardan en aceitar la maquinaria.

Y en esta industria, unos días de retraso operativo significan viajeros que no regresan nunca.

Glendale: tierra fértil para una revolución

¿Por qué aquí? Porque Glendale —ese “Good-dale” (perdón, amigos… no pude evitarlo: chiste personal de viajero, aunque cada día suena más a slogan)— está empezando a revelar sus capas. VAI no llega a imponer una identidad importada; llega a echar raíces a unas cuadras del State Farm Stadium y frente al Westgate Entertainment District, integrándose como la pieza final —y más atrevida— del distrito más vibrante del Valley.

Si le sumamos el Mattel Adventure Park, hablamos de algo que no va a buscar competir… porque nadie puede ofrecer lo mismo. En una industria de viajes con ese sentimentalismo superficial y fake que ya huele a cansancio (piensa en cierto brillo de Las Vegas, o en la saturación sin identidad de Times Square), aquí se percibe otra intención: pensar en comunidad. Incluso los espacios comerciales están diseñados no para excluir, sino para conectar.

Mark Stavitski lo dice directo: “No se trata de retail de lujo inaccesible, sino de espacios locales y únicos”.

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Este proyecto, por sí mismo, es la mejor promoción para Glendale. Y así debería ser.

Va a atraer a quienes vienen por un concierto, una convención, un evento especial o incluso una residencia musical. Pero la magia está en otro lugar: en que este sitio se vuelve un faro que empuja al viajero a descubrir que Glendale tiene mucho más de lo que creía.

Será el primer paso en esa búsqueda y hallazgo de una autenticidad que ya hemos conversado antes.

Escepticismo saludable: ¿podrán cumplir la promesa?

Aquí, fiel a un estilo que no da nada por sentado, tengo que meter mi duda. En un proyecto de este tamaño, la tentación de la burocracia, de los compromisos comerciales, de diluir la visión original para “gustarle a todos”, es un monstruo muy real que se esconde a plena vista.

La libertad creativa absoluta es un lujo divino en fase de diseño. El reto verdadero es conservar ese espíritu cuando abran las puertas, cuando la presión operativa de llenar 1,100 habitaciones sea una realidad diaria.

Y aquí mi pregunta no va por la calidad de construcción o la tecnología. Va más hondo: ¿podrán “abrazar” la escala? ¿Podrá la intimidad ser el estándar y no la excepción? La respuesta no está en los planos, sino en la cultura que logren sembrar en cada integrante del equipo: de dirección a bellboys.

Esa será la obra maestra de todo el proyecto. Y si juzgo por lo que vivimos en Glendale, mantener la intimidad y la autenticidad tiene el camino medio pavimentado. Ahora les toca caminarlo —y mantenerlo transitable— para quienes vienen detrás.

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Soñar entre el polvo: crónica para el futuro

Al final del tour, de vuelta en el estacionamiento temporal, las pantallas gigantes seguían encendidas. El logo seguía ahí. Y entonces le dije a ella —mi compañera perfecta en cada aventura— que esto no va a ser “otro resort más” en el mercado. Es un experimento monumental en la era del espectáculo.

Porque, en esencia, VAI Resort intenta llevar el espectáculo a una visión personal: no desde la distancia de luces que se ven desde el espacio, sino desde la cercanía de compartirlo con tu gente. Eso lo vuelve profundo, y también un reto que, si les sale, se siente casi reconfortante.

Esa noche cenamos casi enfrente del hotel. Cerramos el día —y el viaje— con Rian y nuevos amigos, entre arcades, go-karts y comfort food. Pero sobre todo cerramos descansando, lejos de las responsabilidades narrativas que todos cargamos.

Ahí estábamos: nosotros como medio, ellos como personajes de la historia que estamos contando. Pero también había parejas, esposas, esposos, amigos que se sumaron a una noche donde la risa no escaseó. Terminamos con un encuentro real: un tipo de momento que sugiere que 2026 y lo que sigue puede estar empujándonos hacia historias donde importa de verdad: la gente.

Algo me dice que con libertad para crear, con la imaginación encendida y con la experiencia como base, el resultado va a cambiar la perspectiva de muchos. A mí, por lo menos, ya me la cambió. Y eso que todavía ni abren.

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