Uno llega a un congreso con la libreta abierta y el oficio por delante: anotar cifras, cazar la frase que sirva de titular, medir con el ojo entrenado cuánto hay de estrategia y cuánto de discurso. Llevaba tres días haciendo exactamente eso en la Biblioteca Nacional de San Salvador, entre treinta y cinco especialistas de veintiún países, hablando de gobernanza, de accesibilidad, de rutas, de patrimonio, de fe y turismo religioso. Y entonces entré a una parroquia de pueblo, un sábado cualquiera, y me quedé quieto.
Debo confesar algo que casi nunca digo en voz alta: soy católico. Sorprende a la gente que me conoce, porque no ando por la vida profesándolo. Fui el único de mi familia que se inclinó hacia ese lado; en su momento causó extrañeza y hasta alguna discusión de sobremesa que terminó en recriminaciones que comenzaban o terminaban con “tu abuelo se debe estar revolcando en su tumba”, y yo, conocedor de la obra de mi abuelo siempre reía sabiendo que si algo promovió él fue la libertad de pensamiento y decisión. Aún así, mi religiosidad ha sido siempre asunto privado, un cuarto de la casa al que no invito a nadie. Pero este viaje abrió la puerta sin pedir permiso y me recordó lo mucho que visito ese cuarto, aunque a veces lo haga con la luz apagada.

Lo que nos define en el turismo religioso. Y en la vida.
La frase la soltó Leonardo Boto, intendente de Luján —la ciudad argentina que recibe millones de peregrinos al año frente a la Virgen patrona del país— y quedó flotando sobre la sala como esas cosas que uno sabe verdaderas antes de terminar de entenderlas: “Antes que viajeros, todos somos peregrinos”.
Vale la pena detenerse en la palabra. Peregrino viene del latín per ager: el que anda a través de los campos, el que está fuera de las murallas. Antes de significar devoción, significó extranjería. El peregrino no era el santo: era el forastero. Y esa raíz explica más del turismo religioso que cualquier presentación en PowerPoint o, como reía con un colega durante el congreso, hecha ahora en Claude y sus motores de IA.
La confesión de fe más antigua que conserva el pueblo judío, la que se recitaba al entregar los primeros frutos, no empieza con una doctrina sino con un desplazamiento: un arameo errante fue mi padre. No dice “un arameo justo”. Dice errante. La identidad, ahí, arranca con un hombre que camina sin tierra. Cuatro mil años después seguimos escribiendo notas de prensa sobre “productos turísticos” para nombrar lo mismo.

La pupusa como recuerdo y tesis de interculturalidad
En Suchitoto comí pupusas de chipilín fresco con queso, y ahí se me acomodó todo. Era ya mi último día en El Salvador y no había comido ese platillo tan típico y, a la vez, tan fácil de conectar con otras prácticas de comal, masa y queso. Pero este llegó con un golpe de recuerdos a un año y días de la partida de quien fuera mi cocinera favorita.
El chipilín es una hierba que la cocina mesoamericana lleva usando desde antes de que a alguien se le ocurriera la palabra “patrimonio“. La conozco por mi suegra, chiapaneca, cuya familia desciende de los hermanos Cravioto, italianos que huyeron por España y terminaron en México. En esa cocina, sobre esa herencia italiana filtrada por lo español, se usa en una sopa con bolitas de masa de maíz y el chipilin seco mezclado. También se vive en tamales que se hacían cada vez que mi suegra tenía antojo y nos ponía como locos a buscar a los parientes de Chiapas que nos mandaran chipilin para la receta. En casa no se vive como un tratado de multiculturalidad. Se vive como un recuerdo que conecta emociones.
Eso es el sincretismo cuando funciona: no una tesis académica, sino un sabor que ya nadie sabe de dónde vino y que a nadie se le ocurre reclamar como propio en exclusiva. La pupusa salvadoreña me devolvió una cocina mexicana con acento mesoamericano. Me llevó paseando por el comal y disfrutarla mientras veía la fachada de la Parroquia Santa Lucía en Suchitoto, con el eco de música de plaza y gente que recupera los espacios públicos en un país en el que antes parecía prohibido salir.

La trampa que hay que desactivar.
El turismo religioso no trata de religión. Trata de cultura. Trata de entender por qué un pueblo entierra a sus muertos como los entierra, por qué carga una imagen en hombros bajo un sol de cuarenta grados, por qué Guatemala tapiza sus calles de alfombras de aserrín que serán destruidas en minutos, por qué en México el Día de Muertos y la Semana Santa cuentan dos versiones de la misma pregunta. No es evangelización disfrazada de itinerario. Es lo contrario: es la posibilidad de entrar a la casa del otro sin que te pidan credenciales.
Lo dijo alguien en el congreso con una precisión que me obligó a subrayarla: “Yo no voy a pedirte una profesión de fe para recorrer estos destinos”. Ahí está la puerta abierta. El espacio ceremonial no funciona como filtro sino como punto de encuentro; es el lugar donde caben cosmovisiones que en cualquier otra mesa se darían la espalda.
El Corán lo formula sin rodeos en la sura 49:13. “Os hicimos pueblos y tribus para que os conozcáis.” Para conocerse. No para convertirse, no para tolerarse: para conocerse. Es, palabra por palabra, la mejor definición de política turística que he leído, y tiene catorce siglos de haber sido escrita.

El camino a El Paisnal
Al terminar el congreso hice lo único que un cronista puede hacer: salir del edificio. Fui a El Paisnal, al norte de San Salvador, a la parroquia de San José. La tarde del 12 de marzo de 1977, el padre Rutilio Grande venía por ese camino desde Aguilares para celebrar la misa de la novena del santo patrono. Lo acompañaban Manuel Solórzano, de setenta y dos años, y Nelson Rutilio Lemus, de quince. Los ametrallaron cerca de las cinco de la tarde, entre cañaverales. Escuadrones de la muerte. Casi medio siglo después, el caso nunca se judicializó: nadie ha sido condenado.
Ese asesinato le partió la vida en dos a un arzobispo hasta entonces prudente, cercano a las élites, llamado Óscar Arnulfo Romero. Lo demás es historia que El Salvador todavía está aprendiendo a contarse.
Hay un detalle que no supe hasta después y que me sigue dando vueltas: Manuel Solórzano, el sacristán de setenta y dos años, había nacido en Suchitoto. El mismo pueblo donde yo estaba comiendo pupusas. Los mapas de este país se cierran sobre sí mismos con una obstinación casi literaria.

Hay que contar el turismo religioso desde todos los ángulos
En mi participación en el Conservatorio sobre comunicación del turismo religioso dije que nuestro trabajo no consiste en ampliar el mercado de quienes ya peregrinan, sino en contar lo que dejamos en las comunidades cuando pasamos por ellas —como peregrinos, no como operadores— y en contar a la gente que sostiene la fe todos los días del año, no solo durante el Jacobeo o la procesión que sale en televisión. Y dije algo más, que en El Paisnal me sonó distinto de como me había sonado al escribirlo: “Debemos ser capaces de contar esas partes complicadas, no por el morbo de exhibirlos, sino por la vocación de corregirlos”.
Frente a un camino donde mataron a un cura, a un anciano y a un niño, esa frase deja de ser retórica de congreso. Un destino de fe que oculta sus heridas no está vendiendo espiritualidad: está vendiendo decorado.

Tres mujeres en Santa Lucía
Suchitoto significa, en náhuatl, lugar del pájaro flor. Está sentada entre el volcán de Guazapa y el río Lempa, sobre calles empedradas que la guerra civil vació y que la posguerra volvió a llenar. Su iglesia de Santa Lucía se reconstruyó en 1853 y es Monumento Nacional: fachada blanca, columnas de madera, un reloj antiguo en el frontón.
Entré por una mezcla de curiosidad profesional y vocación personal. Dentro no había nadie más que tres mujeres juntas. Rezaban en voz baja, coordinadas, sin mirarse. El único sonido en toda la nave era ese murmullo acompasado, tres búsquedas distintas de respuestas que no eran mi asunto. O quizá una sola búsqueda. Porque, al final, si se busca acompañado es más posible que se encuentre lo perdido. Me gustaría decirles lo que pedía, pero no lo supe. No tengo derecho a saberlo.

Y ahí entendí el negocio que estamos discutiendo en las salas de congresos. Eso —tres mujeres, un sábado, sin espectáculo— es el producto. No se fabrica. No se patenta. No se copia. Se hereda, se cuida o se pierde.
Adrián Lomello, director para América de la Red Mundial de Turismo Religioso, lo dijo en San Salvador: el gran riesgo del sector es la sobreexplotación de la fe, y la única vacuna es que el prestador de servicios entienda que es facilitador de una experiencia, no comercializador de una creencia. Señalización, guías capacitados, horarios, información histórica confiable, coordinación con las comunidades. Infraestructura para que las tres mujeres puedan seguir rezando aunque yo esté ahí parado, torpe, en la última banca.
No vi en todo el viaje un solo puesto de baratijas explotando el dolor de este país. Lo digo porque suelo verlo en todas partes y porque su ausencia también es un dato.

El cura que desarma prejuicios
Conviví con judíos, católicos, dominicos, españoles, portugueses, israelíes. Y me pasó algo incómodo pero aleccionador: descubrí que miro la religión desde mis propios prejuicios y mis propias malas experiencias, y que casi nunca miro a la gente que está adentro.
El mejor antídoto tiene nombre. Miguel Lopes Neto es portugués, párroco de Tavira, en el Algarve, y dirige la Pastoral del Turismo de la Conferencia Episcopal Portuguesa. Acaba de doctorarse en Comunicación con una investigación sobre cómo el clero portugués habita las redes sociales. Es brillante, incisivo, honesto, buscador de historias, capaz de discutir la turismofobia de Barcelona con la misma soltura con la que discute a Castells. Y sí, además, resulta que es sacerdote.
Ese “además” es todo el punto. Ryszard Kapuściński pasó su vida sosteniendo que el gran desafío de nuestro siglo no es geopolítico sino un encuentro: el encuentro con el Otro. Y Mark Twain, que era todo menos devoto, escribió al cerrar Los inocentes en el extranjero que viajar es fatal para el prejuicio y la estrechez de miras, y que mucha gente lo necesitaba con urgencia. Ciento cincuenta y siete años después, la urgencia no ha bajado.

El café de la mañana y la pregunta difícil
Todas las mañanas tomé café en el centro histórico de San Salvador, mirando la recuperación de las plazas y escuchando a la gente llamarle “el milagro salvadoreño”.
Aquí es donde un cronista honesto tiene que bajar la velocidad. El congreso se inauguró con la ministra de Turismo atribuyendo la seguridad y la paz actuales del país a un milagro de Dios y subrayando la fe personal del presidente. Yo vengo de una tradición periodística que desconfía por oficio de los gobiernos que se sostienen en lo sagrado, y que sabe lo que ha significado el régimen de excepción en materia de derechos.
Pero también escuché a una mujer, sin micrófono ni gafete, decirlo así: “Se sacrifican algunas cosas, sí, pero nos regresaron la libertad de vivir. Y mi derecho a estar viva vale más que cualquier otra cosa”.

No voy a fingir que puedo saldar esa tensión en un párrafo.
Sí voy a decir dos cosas. La primera: cualquier crítica que yo formule desde afuera está oscurecida por el privilegio de no haber vivido lo que ellos vivieron. Quien nunca tuvo que pedirle permiso a una pandilla para ir a trabajar debería moderar el tono antes de dar lecciones. La segunda, que sí sostengo sin matices: nunca he estado en contra de que un gobernante profese una fe, la que sea. La línea que no se puede cruzar es otra: la imposición de una religión desde el poder. Si un líder se apoya en su fe personal, está en su derecho; de eso va la democracia. El problema empieza cuando la fe deja de ser suya y se vuelve requisito de ciudadanía.
Por eso insisto: el turismo religioso no es de izquierdas ni de derechas, no es de un partido ni de un sexenio. Tiene que ser transgubernamental, capaz de sobrevivir a quien gobierne, porque lo que administra no le pertenece a ningún gobierno. Le pertenece a las comunidades que llevan siglos sosteniéndolo, y su rendimiento —económico, sí, pero sobre todo social— se mide en si redujo brechas o si las decoró.

Incienso para prender y sostener el recuerdo
Me traje de este viaje una idea y me llevo siempre encima un objeto que no compré aquí: incienso de un convento sevillano con siglos de historia. Lo enciendo en casa, a solas, sin público. La fe, para mí, es introspección diaria, no psicología de masas.
Y esa es la conclusión que bajé de San Salvador, la que llevaba tres días buscando entre paneles: la religión que uno profesa se queda en casa. Lo que viaja es otra cosa. La fe es la misma en todas partes —el mismo hueco, la misma pregunta, la misma necesidad de sentido—; lo que cambia de nombre es la práctica. Y si la fe es común y la práctica es distinta, entonces el templo del otro no es una frontera. Es una traducción.
Tres mujeres rezaban en Santa Lucía sin saber que un mexicano las estaba mirando. No supe qué pedían. Cuando vuelva —porque voy a volver— tampoco lo sabré. Pero llevaré el incienso conmigo, y esa vez sí voy a encenderlo allá.


