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Toluca, portales, volcanes y memoria

por Carlos Dragonné

Me desperté temprano en el City Express Junior de Toluca, con un amanecer que se uela por la ventana junto al sonido de los aviones despegando desde el aeropuerto. Elegí quedarme ahí por su proximidad y practicidad, pero descubrí rápidamente que era más que un hotel funcional: termina siendo un refugio ideal para quienes viajamos solos o para familias que buscan descansar en medio de una escapada. Incluso, viviendo en Ciudad de México y, de hecho, en la zona poniente, me resultó más cómodo que hacer el trayecto día con día para disfrutar de Toluca, una ciudad que muchos pasan por alto. Porque sí, Toluca es y debería ser también un destino.

Toluca no es una escala. Es una ciudad que, aunque oculta bajo nubes y la costumbre de creer que está demasiado cerca de la ciudad de México, tiene su propia vibra, historia, identidad y sabores propios. No es parte de “la mancha urbana”. Esa distancia entre la ciudad de México y Toluca generan una identidad que esconde un universo de experiencias por descubrir.

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Toluca. Paseo al amanecer en los portales y sus sabores

Caminar bajo los Portales del centro —sí, esos largos arcos de cantera que son los más extensos del país— es mucho más que recorrer infraestructura histórica. Es sentir un poco la fuerza de Toluca, lo que ha hecho que la capital mexiquense siga viva. El ruido de los vendedores que repiten recetas familiares, los puestos de chorizo artesanal colgando de ganchos, tortas servidas con una rapidez que sólo en México se ve, y cafés de olla que saben a buenos días es un poco de lo que se disfruta. En medio de la zona donde los museos y las iglesias históricas es caminar por un museo vivo donde cada rincón cuenta diferentes ángulos de siglos de tradición.

No muy lejos, casi cruzando la calle, metido en la cotidianidad que parece parte del paisaje, se encuentra el Museo de Bellas Artes de Toluca, ubicado en una antigua casona del siglo XVII. Este recinto alberga exposiciones que combinan arte clásico con propuestas contemporáneas. Lo visité temprano, justo para disfrutar la exposición de Nahúm B. Zenil “Del Cuerpo Revelado”. En una de las muestras más provocativas que pasea entre el erotismo y la crítica social de la doble moral, uno entiende por qué Toluca es un espacio más que vivo.

Al salir, me encontré un mural en la plaza que reproduce un fragmento del Cosmovitral, y me hizo sentir que Toluca quiere contarse con imagen y corazón, no solo con un mapa turístico.

Al avanzar por la calle Matlatzincas, calle tradicional de restaurantes de cielo abierto, puedes parar a degustar una torta de chorizo verde, panzona y humeante, acompañada de una salsa casera que pica lo suficiente como para despertar los sentidos, pero no tanto como para enturbiarlos. Las tortas aquí son generosas: el pan crujía por fuera y la carne despedía un aroma curado con chile y especias locales. Cada bocado era una pequeña explosión del sabor de Toluca: hechura artesanal, tradición orgullosa, sin pretensión de gourmet.

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Luz, color y ciencia para el atardecer

Continué caminando y llegué al Parque de la Ciencia Fundadores, un enclave moderno y luminoso que combina ciencia, arte y esparcimiento. Es un lugar que sorprende en medio de una ciudad que no es conocida por su vocación tecnológica. Me encontré con exposiciones que juegan con la tecnología, pero también con un espacio para artesanos locales que quieren mostrar sus creaciones en medio de la arquitectura que parece romper con su modernidad lo que el centro histórico ha resguardado por años.

Fundado por la Universidad Autónoma del Estado de México, el parque representa el sueño de Toluca de avanzar sin olvidar su pasado. Si estás con familia o simplemente te gusta entender cómo se construye el futuro, es una parada imperdible.

A unas calles del centro, me dejé llevar por la curiosidad y entré al Cosmovitral, ese templo de vidrio y luz que ha hecho de Toluca un sitio único en el país. El antiguo mercado fue transformado en un jardín botánico custodiado por más de 3,000 metros cuadrados de vitrales que envuelven al visitante en un viaje cósmico. Frente al vitral del Hombre Sol, me detuve largo rato. Había algo hipnótico en ese estallido de colores encendidos, como si el tiempo se replegara hacia adentro.

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Si la curiosidad por el artista creador de esta obra increíble les gana, pueden seguir recorriendo la capital mexiquense. Leopoldo Flores extendió su legado pictórico con murales como El hombre contemporáneo, El hombre universal, Aratmósfera o Periplo plástico, presentes tanto en espacios corporativos de Toluca como en sedes institucionales del Estado. Sus obras exploraron dualidades fundamentales: creación-destructión, luz-sombra, vida-muerte y hombre-universo.
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Tarde de cenaduría en Toluca y cena de autor

Al caer la tarde ya era hora de descubrir los sabores nocturnos de Toluca. El frío comienza a apretar, y las cenadurías se convierten en refugio. Entré a una llamada Doña Rita, una cenaduría sin pretensiones, con bancos gastados y una clientela fiel. Pedí pozole rojo, bien caliente, acompañado de jugo de limón, orégano y tostadas crujientes. El caldo era limpio, con carne bien cocida, maíz reventado en su punto y un olor a comal que permaneció en mi ropa un buen rato. Llevaron salsas caseras que pasaban de mesa en mesa, y eso me hizo pensar en la hospitalidad sin artificio, que es una de las grandes riquezas de esta ciudad.

Pero la verdadera joya de los foodies de Toluca es Amaranta, el restaurante del chef toluqueño Pablo Salas. Entrar fue recordar el cariño que Pablo y su familia tienen no sólo por los comensales, sino por lo que representa la cocina mexiquense como memoria colectiva del estado. Este espacio que merece todos los reconocimientos que nuestra ingrata industria pueda darle, trabaja con comunidades rurales para rescatar recetas casi olvidadas: hongos de suelo, quelites de temporada y recetas de mole antiguo.

El menú de Amaranta que es más que Toluca, es todo el Estado de México.

Su menú pasa de tacos de conejo en adobo tradicional a un chileatole chispeante hecho con maíz cacahuazintle, chile seco y semilla tostada. Uno puede perderse en el salpicón de carnero en hoja santa, con johas de cultivos mixtecos de la región. O hacer un buen espacio para la lengua enchilada en salsa verde con epazote nuevo, tan bueno que uno no puede caer en el cliché de decir “de lengua sí me como un taco”. Cada bocado es un viaje.

Amaranta no es un punto fuera de Toluca, sino un epicentro imprescindible para entender cómo la ciudad cocina su identidad y la comparte con el mundo.

La noche de una Toluca segura.

Tras la cena salí a caminar y me detuve en la Plaza González y en los alrededores de los Portales. Había una especie de eco y murmullo de familias regresando a autos y casas. Vi gente que envolvían todo tipo de historias —como escritor me gusta imaginarlas. Pero hay algo en el ambiente de la gente que carga dulces, tortas o mezcales casero: seguridad. Es una ciudad que se siente segura en la noche, con un ritmo tranquilo y firme.

Al día siguiente desayuné tamales de ceniza en una espacio del centro, acompañados con café de olla; visité el Museo de la Acuarela donde una guía me contó historias sobre la pintura local, y regresé al City Express Junior con la sorpresa de una ciudad de la que no esperaba mucho y que, ahora, se convierte en un gran lugar para escapar el fin de semana Toluca es más que los Diablos Rojos. Es una ciudad con orgullo que sabe que su fuerza no está en ser espectacular, sino en ser coherente con su herencia.

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Una escapada sonora y sabrosa a una hora de casa

Toluca es un respiro cercano. No necesita grandes infraestructuras turísticas para conquistar al viajero exigente. Lo que importa es su capacidad de ofrecer cultura, identidad y sabor juntos. Un fin de semana aquí puede incluir caminar por portales ventosos, comer chorizo verde fresco, admirar vitrales gigantes, aprender algo en un museo interactivo, cenar en un restaurante de autor que honra la tradición, y pasear bajo luces navideñas si visitas en temporada. Todo al alcance de una hora en coche desde Ciudad de México.

Si alguien me pregunta si vale la pena salir a carretera y seguirse más allá de la Marquesa o de los famosos Outlets, digo que sí. Porque Toluca no está en el camino: Toluca es el camino, esa franja de cultura que resiste tras el velo de las nubes, esa ciudad que calla, pero habla fuerte a quien la escucha. Es antigua, moderna, colorida, vibrante. Es también una reivindicación de lo cercano: a veces, el mayor descubrimiento ocurre a solo unos kilómetros de nuestra rutina.

¿Fin de semana sin nada que hacer? Toluca puede tener la respuesta.

Así que, la próxima vez que decidas salir a rodar un fin de semana, dirige tu volante hacia Toluca. Hospédate en un lugar cómodo. Nosotros escogimos City Express Junior, sí, y en muchas ocasiones hemos hablado de los demás hoteles de la marca como una excelente opción. Pero salgan a caminar entre artes, portales, ciencia y sabores. Cenen donde la cocina se piensa con responsabilidad y se sirve con humildad. Y luego, regresen a dormir sintiendo que, por fin, le dieron a Toluca el lugar que merece: el de ciudad con talento, historia y corazón propio.

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