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Seis de cada diez: el desperdicio vive en casa

por Carlos Dragonné

El sonido del bote al cerrarse es un golpe sordo que hemos normalizado. Restos de ensalada “que ya no se antojó”, un aguacate que se oxidó, una pechuga que “ya quién sabe”, media bolsa de pan, un jitomate blando. Cerrar el bote es cerrar los ojos. Pero los números no se tapan: una quinta parte de los alimentos disponibles para consumo humano termina como basura y seis de cada diez kilos de desperdicio ocurren en los hogares. No en “la industria”, no en “los restaurantes”, no en “las cadenas”. En nuestra cocina.

El 29 de septiembre —Día Internacional de la Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos— no tiene que ser un hashtag. Es hora de que nos miremos al espejo y veamos lo que tenemos que cambiar: nuestro comportamiento en casa.

El desperdicio de alimentos no es un problema ajeno: es un privilegio mal gestionado

Hemos repetido hasta el cansancio que viajar y comer son actos políticos. Tocar la cocina es tocar tiempo humano, agua, suelo, energía, oficio. Cada jitomate blando tirado a la basura fue riego, transporte, manos que cosecharon, manos que limpiaron, manos que acomodaron. Cada corte que “se echó a perder” porque compramos de más es, también, dinero público en caminos y mercados, dinero familiar que se fue en una compra impulsiva, energía que se gastó en refrigeración para nada. ¿Hasta cuándo vamos a hacer algo para cambiar esta dinámica?

El profesor Miguel Ángel Meza Vudoyra, del Laboratorio de Innovación e Intervención Gastronómica de la Universidad del Claustro de Sor Juana, lo resume claramente: creemos que el desperdicio “pasa en otro lado”, pero la mayor parte ocurre en casa. Y en México, además, el volumen es de dar pánico: millones de toneladas al año, decenas de miles cada día; cerca de tres de cada diez kilos de lo que producimos como país no se aprovecha. No hay retórica que suavice eso. Y basta también de andar culpando a gobiernos y entidades, porque lo que hago en mi casa es mi problema. Lo bueno es que con ello, es también mi solución. 

¿Por qué tiramos? El deperdicio en casa es porque compramos mal, guardamos peor y miramos tarde

La cocina mexicana doméstica está llena de historias románticas, de libros de abuelas, de recetarios en papelitos y de anécdotas de metates y saleros con el dedo, sí. Pero también es una cocina de inercias. ¿Se acuerdan del chiste de por qué le quitas el rabo al pavo en navidad? Si no, búsquenlo. De hecho hasta fue un comercial hace unas décadas. Las inercias no nos ayudan en el desperdicio tampoco. Y estas son las tres principales causas que dominan nuestra inercia del desperdicio:

  1. Compras “de oferta” sin plan: “2×1”, “lleve 3 y pague 2”, descuentos por volumen, miércoles de plaza, martes de salchichonería, julio regalado… ¿Cuántas de estas les suenan? ¿Quiénes no tienen en la cabeza la voz del de Chedraui diciendo el precio del día del jitomate saladet? El problema es que compramos sin un menú en mente. Y cuando la promoción dirige, la caducidad es la meta. 
  2. Almacenamiento confuso: nuestros refrigeradores parece que son cápsulas del tiempo. Lo nuevo tapa lo viejo; lo viejo se olvida; lo olvidado se tira. Les reto a que abran el refri y vean las fechas de caducidad de sus botes de salsas y otras cosas.
  3. Prejuicio estético: oxidación superficial = “ya no sirve”; un borde golpeado = “qué asco”; un chile con el pedúnculo feo = “mejor no arriesgar”. Ya hemos tratado el tema de los vegetales “feos” y de cómo almacenarlos para evitar la cadena del desperdicio

A esto súmenle el miedo difuso: “¿y si me hace daño?”. Un miedo legítimo que, sin conocimiento, conduce a desechar de más. El reto es distinguir: lo que cambió de aspecto no es lo mismo que lo que cambió de inocuidad.

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Manual breve para desperdiciar menos (y comer mejor). 

No hace falta comprar gadgets milagrosos ni seguir dietas de moda. Que Instagram no venga a decirnos que el nuevo gadget “Amazon Finds” de la semana. Hace falta un sistema y un poco de disciplina. La sostenibilidad en casa no es un reto imposible. Es solo un tema de hábitos y de echarle tantitas ganas. 

1) Compra con lista, no con culpa
  • Menú de la semana antes de salir. 5–7 comidas claras; 2 comodines. Esto además te va a ayudar a darle la vuelta al hartazgo de los mismos platos de tooodo el tiempo.
  • Lista cerrada por preparación, no por antojo (“martes: curry de verduras → leche de coco peq., zanahoria, chícharo, arroz; jueves: pasta con salsa de jitomate asado → jitomate, ajo, albahaca, queso que ya tengo”). Si haces esto por adelantado, hasta una mejora en el presupuesto vas a tener y luego no vas a estar a finales de mes preguntándote por qué gastaste tanto en el súper. “¿Pues no que había ofertas?”
  • Evita el volumen sin plan: si compras por descuento, porciona y congela el mismo día. Esto es lo más importante cuando vas a Sams o Costco. Se vale comprar en masa. Pero entonces aprende cómo congelar tus alimentos y cómo conservarlos mejor. 
2) Ordena el refri como si fuera una estación de cocina
  • FIFO (first in, first out): lo primero que entra es lo primero que sale. Lo viejo al frente, lo nuevo atrás. Literal, hazle como en el super. Ponen las que se van a caducar primero. Repite esa dinámica. Ellos lo hacen para que rápido se te venza y lo compres de nuevo. Tu hazlo para saber lo que tienes.  
  • Zonas: lácteos arriba (más frío estable), cárnicos crudos abajo (para que no goteen sobre nada), frutas/verduras en cajones separados.
  • Etiquetas: masking tape + fecha + “cocinado” o “crudo”. Tres palabras salvan productos y discusiones. Compra un etiquetadora si quieres. Nosotros resolvimos muchos problemas comprando una y usándola en botes, tuppers y bolsas ziploc.
3) Diferencia “caducidad” de “consumo preferente”
  • Caducidad = seguridad: se cumple al pie de la letra. No hay negociación. Y no me vengan con las leyendas de abuelitas que “aguantan hasta seis días más”, porque en casa tuve una abuelita que se enfermaba cada mes por andar haciéndole caso a esos mitos.
  • Consumo preferente = calidad: pasado ese día puede cambiar textura, aroma o color, no necesariamente seguridad. Evalúa caso por caso (y vayan entrenando el olfato, dejen de ser paranoicos).
4) Aprende a leer los signos (sin arriesgar)
  • Oxidación ≠ peligro: aguacate o manzana con pardeamiento superficial no son tóxicos; si el sabor y el olor están bien, úsalo (ensaladas, sándwiches, licuados, licuados).
  • Moho = alerta: si hay moho visible en productos blandos (pan rebanado, frutas suaves, salsas), a la basura. En productos duros (quesos curados, vegetales firmes) algunos mohos superficiales se pueden retirar con margen generoso; si dudas, no arriesgues.
  • Cárnicos y lácteos: no se “rescatan” si huelen extraño, cambian de color o pasaron temperatura de seguridad. Aquí no hay heroísmo que valga. Los puede tumbar desde un día hasta un hospitalazo.
  • Jitomate blando: si sólo ablandó y no huele a fermento, ásalo y conviértelo en salsa o base de sopa el mismo día.
5) Cocina de rescate: convierte rezagos en comida
  • Verduras “tristes” → crema de verduras (saltear + caldo + licuar) o frittata.
  • Frutas maduras → compota rápida, paletas, “mantequillas” de fruta o agua fresca concentrada.
  • Arroz del día anterior → salteado con huevo y verduras (el clásico “fried rice” casero).
  • Pan del día → costrones para sopa o migas. O, como le hacía mi suegra, déjenlo en una bolsa de papel estraza a que se seque bien, lo muelen y lo usan como pan molido para empanizados. 
  • Hierbas al límite → pesto, chimichurri o mantequilla compuesta. También pueden hacer aceites aromáticos, por ejemplo.
6) Agenda anti-desperdicio (ritual semanal de 20 minutos)
  • Domingo: inventario rápido (3 min por cajón).
  • Lunes: “comida de refri” con lo más viejo (lo convertimos en plato principal, no en castigo).
  • Miércoles: revisión de lácteos y cárnicos (fechas y olor).
  • Viernes: congelador; reetiqueta si hace falta; decide qué se descongela para el lunes.
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¿Y la estética? Rompamos el prejuicio y mejoremos el desperdicio. (Verso sin esfuerzo, fíjense)

La cocina doméstica también sufre de instagramitis: lo bonito manda. El profesor Meza lo señalaba con razón: oxidación en aguacate no es sinónimo de riesgo. Si “no se ve bien” para la foto, úsalo donde no importa el color: sándwich, aderezo, licuado. Lo que sí importa es no engañarnos con lo contrario: una pechuga “perfecta” a la vista puede estar en zona de peligro si viajó horas sin frío; un queso impecable puede haber superado su vida útil. La estética no es garantía; la estética no condena. La sensatez, sí.

Seguridad ante todo: lo que sí tiramos sin drama

  • Cárnicos crudos o cocidos con olor agrio, película viscosa o más de cuatro días cocidos sin recalentado adecuado.
  • Lácteos que no sean de fermentación controlada y presenten hinchazón, olor anómalo o fecha de caducidad vencida.
  • Preparaciones con huevo (mayonesas caseras, natillas) mal refrigeradas. Esto les puedo confesar que me tuvo en cama con temperatura varios días por una natilla que hice y que se me pasó refrigerar a tiempo.
  • Productos con moho donde la matriz es blanda o porosa (pan, tortillas, mermeladas abiertas). Aquí hay algo que hacemos que no debemos. Le “quitamos el moho y listo”. No. Si es poroso, el moho es la representación de una fermentación y podredumbre que ya pasó por toooodo el producto. Tírenlo. Quieren comer, no penicilina en crudo.
  • Sobrantes recalentados más de dos veces: mejor convertir la porción a otra preparación el primer recalentado (tacos dorados, croquetas, arancini) que entrar en espiral de microondas. 
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El desperdicio empieza en casa, pero tiene que ver con la comunidad entera

Reducir desperdicio no es sólo “cuidar tu bolsillo” —que importa—. Es respetar la red que nos alimenta: productores, recolectores, transportistas, comerciantes, cocineras y comensales. Por eso celebramos cuando laboratorios gastronómicos se vinculan con bancos de alimentos para traducir teoría en recetas de aprovechamiento, infografías claras y educación práctica. Ese puente importa más que cualquier hilo de moda: enseña cómo guardar, cómo transformar, cómo distribuir mejor lo que ya existe.

Pero, a ver… algo pueden hacer ustedes también. Tengan sus residuos compostables. Hemos platicado sobre Hagamos Composta, un proyecto del que nos da mucho orgullo formar parte como sus clientes. Porque se paga una cuota y ellos vienen por tus desechos compostables y los manejan de manera adecuada. Chequen su página y, de verdad, si pueden entrarle, éntrenle. 

También pueden, quienes tengan un banco de alimentos cerca, checar la oportunidad de trabajar con ellos. Aunque la realidad es que eso es hablar de casas donde la cocinada es masiva. Pero si lo hacen, no los vean como “un bote de basura”. No les llamen cuando se eche a perder, sino procesen sus productos que pueden ser desperdicio, transformen. Hagan, por ejemplo, dulce de guayaba si se les pasó y donen. Cocinar también es conservar y hay muchos trucos para poder transformar el producto y conservarlo mejor. 

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No sirve flagelarnos por cada jitomate desperdiciado, pero lo que sí podemos hacer es cambiar las reglas de juego.
  • Regla 1: planeo → compro → porciono → etiqueto.
  • Regla 2: veo → decido hoy → cocino mañana. Lo que identifico al límite hoy es la comida de mañana.
  • Regla 3: bonito no es sinónimo de seguro; feo no es sinónimo de basura.
  • Regla 4: proteínas animales, tolerancia cero a la duda.
  • Regla 5: inventario visible es inventario útil. Si no lo ves, no existe.

Preguntas que cambian la casa y evitan el desperdicio. O al menos lo disminuyen.

  • ¿Qué alimento tiro siempre? ¿Por qué? (compra, almacenamiento, receta)
  • ¿Qué día de la semana tiro más? ¿Qué hábito lo dispara? (pedido a domicilio, ida al súper, retorno tarde a casa)
  • ¿Quién decide qué se compra y quién cocina? ¿Conversan? La cocina es un tema de compartir ideas, de antojos y de ganas de comer y cocinar. Si no viven solos, sólo es cosa de comunicarse.
  • ¿Sabemos dónde donar cuando nos sobra de verdad? (no lo que ya está mal, lo que aún sirve). Y si no, regreso al tema de la composta.

Comer con memoria, cocinar con responsabilidad

Nos sumamos en Sabores de México al tema no porque el 29 de septiembre sea una campaña de la que no volvemos a hablar. Siempre hemos sido parte de algo que intenta ayudarles a que tengan cambios visibles en la forma en que comen y en que cocinan. Busquen recetas, háganse de recetarios nuevos y jueguen en la cocina. Inviten gente. Coman y usen lo que tengan.

Cuando viajo, por ejemplo, siempre suelo comprar algo de alimento para tener en el hotel por si no quiero salir a cenar a restaurantes o, últimamente, por si mis vuelos son muy temprano. Pero cada vez que termina el viaje y veo que el minibar tiene todavía bastante comida de la que según yo me iba a comer, lo que hago es preparar box-lunch para gente en situación vulnerable. Quisiéramos que no fuera así pero les aseguro que no pueden andar más de cinco minutos fuera de casa sin toparse —claro, queriendo ver y sin cerrar los ojos por muy abiertos que parezcan— a alguien en esa situación. ¿Y si también lo tienen como opción? 

Reducir el desperdicio no es moda verde ni debe ser una virtud de actuación y presumible en redes. Debe ser ética cotidiana. Es elegir ver antes de tirar, aprender antes de comprar, compartir antes de desechar. Si seis de cada diez kilos se pierden en casa, seis de cada diez soluciones también empiezan aquí. Abramos el refri. Peguemos la lista. Cocinemos con conciencia. Y que el bote nos delate menos, porque la cocina, cuando se hace bien, no hace ruido: alimenta.

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