Inicio Editorial Prácticas Abusivas: la ley de Viva Aerobus y Volaris.

Prácticas Abusivas: la ley de Viva Aerobus y Volaris.

por Carlos Dragonné

Del espejismo del “precio bajo” a la pesadilla del servicio: cómo Viva Aerobus y la inacción regulatoria condenan al pasajero

En la búsqueda implacable del boleto más barato, millones de mexicanos han entregado su comodidad, su tiempo y sus derechos a un modelo de negocio que glorifica el precio inicial para después imponer condiciones draconianas. Este es el análisis crudo de cómo Viva Aerobus, junto con un sistema regulatorio fallido, ha perfeccionado el arte de vender ilusiones y entregar frustraciones, convirtiendo el acto de volar en una experiencia de ciudadanía de segunda clase. Bienvenidos a las prácticas abusivas que nos gobiernan.

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La gran farsa del “low cost”: el desglose que nadie quiere ver

El anzuelo está en la pantalla: un precio irrisorio para un vuelo. Lo que no muestra el anuncio es el viaje de obstáculos que comienza al hacer clic en “comprar”. El pasajero se enfrenta entonces a una cascada de cargos adicionales —selección de asiento, equipaje de mano que en cualquier aerolínea seria va incluido, maleta documentada, tarifa por pagar con tarjeta— que, sumados, pueden elevar el costo final entre un 120% y un 200% sobre la tarifa base promocionada.

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LA PREVIA COMPARATIVA SE REALIZÓ CON LAS MISMAS FECHAS, AL MISMO DESTINO, VOLANDO CON MALETA CARRY-ON DE 15 KILOS, SIN TARIFA DE REEMBOLSO, PAGANDO EL TUA, ESCOGIENDO EL ASIENTO 20D EN TODOS LOS VUELOS. VEAN LA DIFERENCIA.

Este modelo de “precio desnudo” no es innovación, es una trampa de psicología comercial. El cerebro, atraído por la cifra más baja, minimiza el impacto futuro de los add-ons. Para cuando el viajero se da cuenta, ya ha invertido tiempo y expectativas, y el costo de abandonar la compra (buscar de nuevo, comparar) parece mayor que el de aceptar la estafa paulatina. El resultado final: se paga un precio cercano o incluso superior al de una aerolínea de servicio completo, como Aeroméxico, pero a cambio de un servicio espartano, aviones con mantenimiento cuestionable y la permanente sensación de ser un número, no un cliente.

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Flex-Sí-bilidad: el “Sí” más condicionado de la aviación

En un intento por lavar su imagen, Viva Aerobus incluso se renombró a secas como “VIVA” y lanzó con bombo y platillo su nueva bandera: la “Flex-Sí-bilidad”, presentada como “el boleto de avión más poderoso de México” que empodera al cliente. La promesa, liderada por su director general Juan Carlos Zuazua, era cambiar los “No” por “Sí”.

La realidad es un manual de marketing engañoso. La aerolínea enumera beneficios como cambio de nombre, corrección de datos, cambio o cancelación de vuelo, e incluso “vender tu boleto a Viva”. Lo que se omite de manera flagrante es que el acceso a esta flexibilidad no es universal: está atada a la compra de sus tarifas más caras, como SMART. La gran mayoría de los pasajeros, aquellos que compraron la tarifa básica pensando en ahorrar, encuentran un muro de “No” cuando necesitan un cambio de última hora.

Peor aún, beneficios como la “cancelación de vuelo o cambios de nombre sin costo son sólo válidos por 24 h después de la compra” son, en la práctica, una ventana inútil. ¿Qué pasajero, a las 24 horas de haber planificado un viaje, sabe que tendrá un imprevisto? La verdadera necesidad de flexibilidad surge días o horas antes de la salida, momento en el que la aerolínea aplica cargos exorbitantes o simplemente niega el cambio. Es un “Sí” vacío, diseñado para el titular de prensa, no para la problemática real del viajero.

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Puntualidad y servicio: el abismo entre el ranking y la realidad

Mientras Aeroméxico se jacta de aparecer en rankings internacionales de puntualidad, Viva Aerobus opera en un universo paralelo de excusas. La narrativa recurrente de su personal en tierra —culpar al “movimiento” del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM)— se desmorona ante un hecho. El mismo estudio establece CON ESTADÍSTICAS Y DATOS que, a pesar de sus problemas, el AICM ha sido catalogado como uno de los aeropuertos más puntuales del mundo.

La evidencia de un problema estructural no es anecdótica. Entre 2014 y 2017, Viva Aerobus acumuló tantas reclamaciones por cancelación, sobreventa, cambio de itinerario y demora que la PROFECO se vio obligada a interponer una demanda de acción colectiva en su contra. El caso, que afectó a 733 consumidores, solo se cerró en agosto de 2022 tras un convenio judicial donde la aerolínea se comprometió a compensar a los afectados. Este no es un incidente aislado, es un patrón de operación donde la irregularidad parece estar presupuestada.

Las redes sociales son el amargo testigo de esta realidad. Son el tribunal de última instancia para ciudadanos desesperados ante la inoperancia de las vías formales. En Facebook, usuarios relatan casos como el de una pasajera a la que, tras haber pasado seguridad y migración, personal de Viva le impidió abordar con su mascota de apoyo emocional —aunque su normativa la permitía gratis— exigiendo un pago de 250 dólares.Esto es una violación a mis derechos como pasajera aérea, discriminación por condición médica, abuso con fuerza intimidatoria”, denunció la afectada, quien destacó la ausencia de un módulo de PROFECO en el aeropuerto de Mérida.

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PROFECO: el gigante burocrático de pies de barro

Frente a este panorama, la Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO) se erige más como un símbolo de la impunidad que como su solución. Su propio cuadro comparativo de políticas de compensación, disponible en línea, es un monumento a la complejidad inútil. El pasajero común, en medio del caos de un vuelo cancelado, debe navegar un laberinto de cláusulas para descubrir que, por un retraso de 2 a 4 horas, su compensación podría ser un “descuento de al menos el 7.5% del valor del boleto”. Una limosna, no una indemnización.

La ley existe. Desde 2017, reformas a la Ley de Aviación Civil y a la Ley Federal de Protección al Consumidor obligan a las aerolíneas a dar un servicio eficiente e informar claramente los derechos del pasajero. PROFECO incluso recuerda en redes que, ante retrasos o cancelaciones, se tiene “derecho a una compensación”. Pero entre el “deber ser” y el “es” media un abismo de inacción, lentitud y recursos limitados.

El mecanismo más contundente de la Procuraduría, la acción colectiva, es un proceso tan lento y engorroso que se convierte en un desincentivo. La propia resolución del caso contra Viva Aerobus tomó años, y los consumidores beneficiados tuvieron un plazo limitado, hasta febrero de 2024, para reclamar su compensación, presentando documentación y enfrentándose a un proceso administrativo. Para un problema inmediato, la justicia llega, si llega, como un rescate tardío e insuficiente.

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La doble moral de las políticas “excepcionales”

La actitud de las aerolíneas se revela con claridad en situaciones de crisis. Durante los bloqueos de mayo de 2025 en el AICM, tanto Aeroméxico como Viva Aerobus activaron políticas de protección especiales. Viva ofreció cambios de fecha o ruta sin cargo administrativo para los afectados de ese día. Esto demuestra, de manera irrefutable, que sí tienen la capacidad técnica y operativa para ser flexibles y absorber costos cuando su imagen pública está en riesgo inmediato.

Esta reacción ágil y conciliadora contrasta violentamente con la rigidez glacial que muestran ante el imprevisto individual de un pasajero común. Un bloqueo vial les obliga a actuar. Una enfermedad familiar, un error en la reserva o una emergencia laboral del cliente, son tratadas como transgresiones que deben monetizarse. El mensaje es claro: su disposición a decir “Sí” depende no de la necesidad del cliente, sino de la presión pública y mediática que pueda generarle.

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La única ruta posible es la exigencia colectiva

El viajero mexicano no está condenado a ser ciudadano de segunda, pero ha sido abandonado en una pista sin señalización. Está atrapado entre un duopolio de facto que ha perfeccionado el arte del revenue management abusivo y una autoridad regulatoria que opera a velocidad de turbohélice en la era del jet.

La solución no pasa necesariamente por nuevas leyes —las actuales, en el papel, son suficientes— sino por una aplicación rigurosa, expedita y con dientes reales. Multas que dupliquen o tripliquen el beneficio obtenido por la mala práctica, no las multas simbólicas actuales. Módulos de PROFECO con poder de resolución inmediata en todos los aeropuertos, no solo en los principales. Transparencia brutal: que cada aerolínea esté obligada a publicar, en tiempo real, sus índices de puntualidad, cancelación y sobreventa, con sanciones por manipulación.

Finalmente, la ruta más crítica despega desde el propio pasajero. Dejar de premiar con su compra el precio anzuelo y empezar a valorar el costo total y las condiciones reales del viaje. Usar las redes sociales no solo para desahogarse, sino para documentar, etiquetar a autoridades y organizar quejas masivas. Exigir, en el momento del problema, el folleto de derechos que PROFECO debe proporcionar y negarse a aceptar un “no” como respuesta definitiva.

El cielo mexicano es de todos. Recuperar la dignidad de volar dentro de nuestro propio país no es un lujo, es un derecho. Y como todo derecho, no se concede, se arranca con la fuerza de la exigencia colectiva y la negativa a seguir siendo tratados como carga, no como clientes.

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