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Melipona, selva y sabiduría en Maní

por Carlos Dragonné

Maní nos recibió dos veces con lluvia. La primera, cuando apenas bajábamos de la camioneta para visitar el Convento de San Miguel Arcángel. La segunda, en un pequeño claro de selva donde la abeja melipona maya se volvió el centro de un sueño. Un sueño que es parte leyenda y parte proyecto vivo. Sobra decir que el agua no nos detuvo. Y creo importante el anecdotario de que ella, mi cómplice perfecta, traía no una, sino dos sombrillas en el equipaje… donde se quedaron guardadas para poder mojarnos a placer porque a veces la prisa se combina con el olvido.

Pero el agua abre el camino siempre. Es, quizá, una compañía hacia una experiencia íntima y transformadora. Porque el lugar al que llegábamos, U Naajil Yuum K’iin, no es un “tour” ni una atracción para pasar el rato. Es un meliponario como pocos, sostenido por el anhelo de un hombre que cree, profundamente, que las abejas pueden sanar cuerpos, culturas e historias.

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Preguntar y aprender de melipona es gratis…

El Padre Luis no cobra por mostrar su meliponario. Con una sonrisa serena y una voz pausada, recibe a quien llega con ganas de escuchar, de aprender. Aquí no hay espacio para las selfies y los hashtags que juegan a hacer creer que escuchan pero les urgen los likes y shares. Porque para el Padre Luis —que dejó el sacerdocio hace más de una década, pero a quien todo mundo respeta y quiere y aún se dirigen a él como Yuum K’iin, el Padre— lo importante no es comercializar. Su espacio no fue concebido como un negocio turístico, sino como un proyecto académico de recuperación cultural y sostenbilidad. Y desde ahí ha crecido en una filosofía comunitaria que pone por delante el respeto y la continuidad de la sabiduría maya.

Mientras el agua caía de nuevo con la fuerza de una tormenta clásica del suroeste, el Padre Luis caminaba sin prisa, bajo el resguardo de las ramas, explicando cómo cada tronco hueco, llamado jobón, alberga una colmena de abejas meliponas. Porque esa es la forma original de tener a la abeja melipona. Esa abeja sin aguijón, endémica de la región, y considerada sagrada por las comunidades mayas desde tiempos ancestrales. Pero, además, al fondo se ve la zona donde el Padre junto a dos asistentes crean nuevos jobones para poder ampliar y llegar al sueño. Ese gesto encierra una visión ambiciosa.

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Cinco jobones de melipona por familia

El Padre Luis sueña con que cada casa en Yucatán tenga al menos cinco jobones. No por nostalgia ni por romanticismo ecológico, sino por una razón muy concreta: si cada familia conserva sus propias colmenas de meliponas, se garantizará la supervivencia de una especie clave para el equilibrio ambiental, cultural y económico del estado.

“El problema de la melipona no es solo que está en riesgo” —explica—, “sino que estamos perdiendo un símbolo de identidad. Esta abeja es nuestra. No solo porque sea endémica, sino porque guarda la sabiduría de nuestros abuelos. Es parte de lo que somos. Y si la cuidamos, nos estamos cuidando a nosotros mismos”.

La propuesta es simple y poderosa: enseñar a las personas a construir jobones, a ubicar los troncos en lugares adecuados, a protegerlos, a recolectar la miel sin dañar la colmena. Si la producción aumenta, la miel melipona podrá circular más, sus precios bajarán, más personas podrán consumirla y se creará un círculo virtuoso de producción, salud y cultura viva.

Acá hay miel melipona

Tenemos miel del Padre Luis en la tienda. Y chocolate de Chiapas, café de Oaxaca...

La leyenda del rostro en los panales de la melipona

Hay una leyenda que hace que uno piense en la infalibilidad del tiempo. Y que me hace pensar en que el Padre Luis tiene más prisa de lo que parece. Además, separa a otros meliponarios en más de un sentido. Se dice que, llegado el momento, las abejas dibujan en sus panales el rostro de quien las ha cuidado. “Pero no en uno o dos”, —dice seguro. “En todos o casi todos, ellas dibujan el rostro de su cuidador. Es la forma en que te dicen que tu tiempo ha llegado y que vas a morir y te avisan para que elijas a un sucesor. Pero en realidad son ellas quienes eligen quién quieren que las cuide cuando ya no estás”. Esto es nuevo. Nunca había escuchado la leyenda. Pero así son los legados en las comundades, porque se trata de transmitir no sólo conocimiento, sino asegurar un linaje meliponero que trasciende a la abeja reina y su enjambre.

Las abejas, dice la leyenda, escogen al cuidador del jobón con un ritual. Las manos de los posibles candidatos se meten en el jobón y las abejas eligen al heredero de la colmenta según cuántas se suban y se queden en la mano de quien mejor les plazca. Yo metí mi mano. No sin nervios, debo confesar. Siempre he tenido una relación incómoda con los insectos. Y para mi sorpresa, las abejas llenaron mi mano de una forma que no esperaba. Con una delicadeza vibrante que se sentía más como un masaje que como un contacto animal. Me rodearon los dedos, subieron por la muñeca y luego, simplemente, se fueron casi todas. Solo un par se quedó jugando cerca de un minuto entre mis dedos para luego volver a su jobón. “Les gustó tu mano. Está caliente”, escucho que dice el Padre Luis. Pude haber reído, pero en realidad este no es un juego. Es un acto de confianza.

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La melipona y la medicina ancestral

La miel de melipona es distinta. Más líquida, más aromática, menos empalagosa. “Esta miel no es para endulzar el te. Es para curar el cuerpo”, nos dice el Padre en la zona donde tiene la miel de sus enjambres, mientras la lluvia afuera seguía llenando de aromas a selva el primer día de lo que ya pintaba como uno de los mejores viajes a Yucatán. El sabor de la miel, como en cada colmena, cambia según la vegetación a la que acceden. Pero en esencia es suave, más que néctar. Suena absurdo, quizá. Pero se siente un eco de tierra, de memoria. No es la miel que acostumbramos.

En la realidad, la miel melipona tiene propiedades medicinales reconocidas: ayuda a cicatrizar heridas, fortalece el sistema inmunológico, mejora problemas respiratorios y digestivos. El mismo Padre Luis asegura que las abejas le salvaron la vida después de un infarto. Desde entonces, ha convertido su agradecimiento en misión y convicción: la melipona no es solo medicina para el cuerpo, sino para el alma colectiva de un pueblo.

Yucatán, después de todo, es una tierra donde la vida y la muerte se entretejen sin dramatismo. La longevidad de sus habitantes —que supera el promedio nacional por varios años— no se explica por los rangos hospitalarios o económicos. No olvidemos que la desigualdad de Yucatán en sus comunidades rurales no puede ocultarse bajo las campañas turísticas o la belleza de la cosmovisión maya. Pero quizá algo tiene que ver la dieta, el clima y una especie de equilibrio invisible entre naturaleza y sabiduría. Aquí, más que en muchos lugares de México, las herbolaria mexicana tiene una fuerte presencia que empieza en la tierra y, a veces, termina en un jobón de la selva.

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El silencio de la selva acompaña la melipona.

El meliponario no está en el centro de Maní, sino en una pequeña desviación que atraviesa áreas menos transitadas. En pleno verano, no encontramos multitudes ni filas de turistas. No había tiendas de souvenirs ni guías tomándose selfies. Lo que había era selva. Una sola persona nos esperaba entre los árboles que sirven de resguardo y las abejas en estas estructuras de jobones formados en un triángulo de orden con más lógica que muchas otras cosas es lo que llenaba el ambiente.

Uno se siente pequeño en el esfuerzo de lo que pasa en este espacio. Parece, a veces, que estamos interrumpiendo la plática, el ritual entre el Padre Luis y sus abejas. La madera, la tierra mojada, el polen, el tiempo y la técnica que se empieza a adaptar a la modernidad de manera respetuosa no puede reproducirse en videos promocionales. Porque aquí no hay un decorado que pinte de colores la campaña de Yucatán. No hay escenografías. Este no es un espacio de entretenimiento, sino un altar cotidiano. Una especie de santuario de lo real. Y con ello es una historia oculta en la selva yucateca que deberíamos contar más y más.

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Más allá del turismo superficial

En una región que ha sido víctima constante del turismo superficial —ese que maquilla aldeas, mercantiliza la pobreza, recorta la historia y la vende como experiencia “auténtica”—, Maní representa una excepción digna de aplausos. No es que el turismo no exista aquí. Mucho menos que no se requiera o se rechace en este movimiento, ahora tan de moda, en donde se rechaza el turismo. Pero la llegada del viajero a Maní parece haber sido lenta, cautelosa, y, sobre todo, respetuosa.

A diferencia de otros lugares en los que el mercado se pinta de colores y folclor de papel y oropel, la comunidad está protegiendo todo el tiempo su conocimiento. La lengua maya sigue viva, hablada entre risas, negociaciones y saludos cotidianos. Las mujeres bordadoras y los meliponeros no posan para las cámaras: trabajan. Y en ese trabajo hay una lección de dignidad.

El meliponario U Naajil Yuum K’iin no está lleno de slogans ni de hashtags. Uno puede pasarlo de largo, sin saber lo que hay ahí. No se promueve con carteles de bienvenida, ceremonias de limpia energética antes de ver cajitas de madera, no vende cochinita junto a las abejas. El trabajo que hay en el meliponario no regala más que conocimiento. Y ese siempre será invaluable. Aquí lo que se encuentra es la oportunidad de reconectar con una parte olvidada de nuestro país. Esa que no necesita que la validen desde fuera para entenderse fundamental en la cosmovisión no sólo maya, sino de un México entero.

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Un ritual de continuidad de la melipona.

Quizá por eso la leyenda del rostro en los panales me hizo tanto eco. Nunca le he tenido miedo a la muerte y me imagino qué pasaría si fuera mi rostro en los jobones. Este no se trata de un mito lejano, sino de una metáfora. Lo que el Padre Luis busca con su cucharada diaria de miel medicinal no es alargar la vida, sino atender el llamado de la continuidad. Porque en la cultura maya es, en muchos aspectos, donde tenemos que mirar con mucho más atención que en cualquier otro rincón del país. Ellos que han sobrevivido a conquistas, a colonizaciones, a evangelizaciones violentas, a políticas extractivas, a la indiferencia institucional y a la explotación turística son los que construyen el panal con el rostro de todos nosotros. Son ellos los que nos sobrevivirán y elegirán a quienes se quedan para continuar la historia y perdurar a pesar de nuestras propias carencias.

Es responsabilidad nuestra decidir si aceptamos el llamado. Si metemos la mano, si aceptamos el zumbido de una historia que no quiere desaparecer, sino multiplicarse. Como el Padre Luis, las abejas no están buscando voluntarios. No están pidiendo ayuda. Pero en el zumbido constante de los troncos están en espera de que alguien tenga el valor suficiente de entender que siempre hay una generación que viene atrás y que, al final de las historias, cuando el panal cambia, es responsabilidad de quienes todavía estamos, dejar la mejor miel posible. En un estado que se puede definir por la resistencia a la ruptura de sus historias internas, mantener vivo el conocimiento va más allá de la inmediatez del turismo de los impactos de 24 horas y los reels que se pierden en el algoritmo. Porque, al final, trascender es, por definición, la verdadera forma de resistencia. Porque el enemigo de la cosmovisión es y será siempre el olvido.

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