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La Tamalería del Eje 8, un restaurante poco común. Crónica

por Natalia Fonseca

El verdadero reto de La Tamalería del Eje 8 no es tratar de llenarla, sino encontrarla vacía. Y aunque sus dueños sí tienen una filial en el Eje Ocho y otras tres repartidas por Coacalco, la joya de esta corona está sobre la calle Benito Juárez, Zacuauhtitla, en el mismo municipio. Allí, Lucía Martínez y su familia tienen un local de más de 80 metros cuadrados, dato relevante si se considera que la forma más tradicional en la que el mexicano consume tamales es pidiéndolos para llevar de un carrito o un puesto de la calle.

Caminando rápido y sin prestar mucha atención, el lugar da la impresión de ser un restaurante por lo menos de almuerzos y desayunos, pues el tamaño y el ajetreo de meseras en el interior dan para pensar eso y más. Pero basta con alzar la mirada al letrero color rosa mexicano del exterior para sorprenderse. Aquí solo venden tamales. 

Eso de “solo” es una expresión, pues el menú es vasto en todo el sentido de la palabra. Sus dimensiones físicas le impiden reposar sobre las mesas y necesita de un caballete de piso para ser leído por los comensales. Además, cuentan con una oferta de 19 tamales diferentes, 10 oaxaqueños, 9 de maíz. Pero ojo, sus recetas son todo, menos comunes.

La hora loca de Tamalería del Eje 8: de 9 a 10 a.m.

La mañana en Tamalería del Eje ocho no da tregua al descanso. Para ello, Claudia, hermana de Lucía, es la administradora del local en Benito Juárez y organiza a su personal con tal gracia que el resultado es un baile perfectamente sincronizado entre el tiempo en que se hacen las órdenes, hasta los primeros bocados. Wendy, Nohemí y Rocío o Chío son las bailarinas principales y con sus uniformes color rosa mexicano siguen paso a paso la coreografía.

La barra es para Diego, hijo de Claudia, como una isla privada de la que difícilmente sale, porque ya tiene todo lo que necesita. Esporádicamente emprende pequeños viajes a la cocina para abastecerse de souvenirs, pero regresa enseguida. La gente que no se sienta a comer, hace fila en la calle solo para tener unos minutos con él, pues ya lo reconocen como el encargado de empacar los manjares que deleitarán a todos en casa. Se lo ve bastante serio la mayoría del tiempo, pero quién sabe, tal vez esa es la clave de su efectividad.

La magia pasa al fondo.

En la parte posterior del local, tras un muro amarillo en el que se lee “vive los sabores de México”, un hashtag muy apropiado para este lugar, se encuentra Liliana, la mujer con una de las tareas más importantes y mágicas de todas. Ella ahoga y gratina los tamales.  

¡Ding dong, ahogado!– exclama.

Enseguida, aparecen Wendy, Nohemí, Chío o cualquiera que se encuentre cerca para llevar al protagonista de la casa a su respectiva mesa. La escena es maravillosa.

El trabajo de Liliana es una osadía a la que no cualquier carácter le hace frente. Ella, sin vacilar, emplata el tamal oaxaqueño y comienza a bañarlo en una de las ocho salsas para finalmente ahogarlo. No hay que filosofar de más en este aspecto, pues todos los pasos de este proceso son estrictamente necesarios. Luego, ubica la más suave rodaja de queso manchego sobre el tamal y dirige el plato hacia el interior del horno, cuyas llamas disuadirían a cualquiera de acercarse, menos a Liliana. Unos 2 minutos después, alguien ya está probando la definición de sabor en su boca.

Los tamales ¡por fin!

Dulces, salados o como usted los prefiera. Claro que en Tamalería del Eje 8 cuentan con los tradicionales de maíz con pasas o piña, pero el público infantil prefiere siempre los de gansito, oreo y chocolate con nutella, porque dicen que saben muy bien. Y bueno, a los niños hay que creerles. 

Los grandes, cuando andan en busca de un sabor postresudo, piden uno de los anteriores o el de queso con zarzamora. Cuando no, se avientan por alguno de los 10 oaxaqueños. Cada tamal tiene su respectiva salsa, el de champiñones con queso va con chile chipotle, el de choriqueso con chile de árbol, el de mole con pollo preferiblemente con mole y así sucesivamente. Ahora, que si algún arriesgado desea intercambiar las salsas, es bienvenido a hacerlo. 

Eso sí, es tradición del lugar acompañar lo que sea que se pida con un atole. El cliente asiduo suele escoger de cajeta o champurrado, pero para los primerizos, conocer sus opciones es toda una experiencia. Lucía, quien cree que la situación económica no está como para malgastar, se dirige a la barra donde sirve en cuatro vasos pequeños, cuatro pruebas de los cuatro sabores en inventario; fresa, guayaba, cajeta y champurrado. Los ubica en un pequeño plato y se los regala a sus clientes quienes catan y deciden.

Ella, que generalmente se encuentra en otra sede, le suma manos al trabajo en Benito Juárez cuando hay mucho trabajo y se la ve rellenando las ollas de atole cuando se acaba. La idea de ahogar y gratinar los tamales surgió de Iván, uno de los sobrinos de Lucía y ha sido un éxito rotundo en la zona. Tan es así, que la Tamalería del Eje 8 se clasificó como uno de los mejores lugares para comer en Coacalco. 

Tamalería de Eje 8. Un negocio familiar

Abuelos, padres, hijos, sobrinos y cualquiera de la familia Martínez hace parte del emprendimiento que nació hace cinco años. Bueno, en realidad hace mucho más, cuando los padres de Lucía salían a la calle en su carrito de tamales a vender en los tiempos de un México que hoy ya no es el mismo. Cada local está pintado de azul, amarillo y, por supuesto, rosa mexicano. Además, tienen murales que hablan de la historia, del maíz y el amor a la tradición.

Al restaurante entra una familia de unas 25 personas entre adultos y niños. Ya listas, Chío, Wendy y Nohemí se apresuran a juntar 5 mesas para formar un comedor largo. Cada uno pide un tamal diferente y esperan ansiosos por su comida, mientras hablan de mil cosas a la vez. Inmediatamente, las voces aumentan el ruido del lugar, pero es un ruido agradable y la vista lo es aún más, pues parece la oda perfecta a lo que el lugar representa, un negocio familiar. 

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