Inicio ViajesDestinos Turisticos En la Ruta 66 la inocencia americana sigue existiendo.

En la Ruta 66 la inocencia americana sigue existiendo.

por Carlos Dragonné

En las vitrinas de museos en la ruta 66, como el Litchfield Museum, hay mapas antiguos, fotografías descoloridas, viejos surtidores de gasolina. Recargadas entre exhibiciones y fotografías hay dos bicicletas. Una Schwinn de 1956 y una Western Flyer de 1950, bicicletas que son más que objetos. Verlas es pensar en veranos de los “Días Felices”, antes de la Guerra Fría, antes de la era post 9-11. Hoy vivimos con la manía enclaustrada de no confiar en nadie. Esas bicicletas recargadas en el museo, medianamente restauradas —a propósito con un poco de óxido, estoy seguro—, son simbolismo de una era inexistente. Aquellos años en los que las calles se llenaban de niños corriendo para llegar primero, no para ver quién llega vivo.

en la ruta 66

Estas bicicletas tienen, además, un lugar especial en la literatura norteamericana y, con ello, en la psique del país entero. En novelas como It de Stephen King, sirven para huir de Pennywise con Stan Uris aferrado a Bill Denbrough. Holden Caulfield pudo soñar con ella como su regalo adolescente, antes de enfrentar la angustia del mundo adulto de Salinger. Y Cormac McCarthy seguro imaginó una juntando óxido en el rincón como el último juguete abandonado en sus escenarios de la fragilidad social.

La historia que se fue y que lucha por ser recordada en la Ruta 66

La posguerra trajo a estos pueblos la posibilidad de imaginar. Con la Segunda Guerra Mundial en el retrovisor los jóvenes tuvieron 10 años llenando los cafés con rocolas y sueños nuevos. Las generaciones de la postguerra buscaban música y aventuras de carretera, más allá de las vías del tren, diners y pueblos, recorridos buscando la identidad americana. Fueron, insisto, los  “días felices”con notas de Chuck Berry, Roy Brown, Les Paul y Jim Atkins.

la ruta 66

Pero la historia es una línea que se curva. En los 60’s, con Vietnam dejando cicatrices y nombres en placas de bronce, los pueblos volvieron al silencio y muchos soldados no regresaron. Otros lo hicieron con un silencio que, al día de hoy, sigue sin atenderse. Pero las rockolas seguían allí. En cada esquina, en cada café. Seguían tocando como si pudieran con su música suturar las heridas.

En esa ruta 66 que acumulaba kilómetros de historias no contadas, Robby Robinson, nacido en Litchfield, afiló su oído y su pasión. El chico que miraba a través de la ventana del Ariston Café se convirtió en el director musical y tecladista de Frankie Valli & The Four Seasons. Y uno se permite imaginar que quizá Can’t Take My Eyes Off You surgió primero como una melodía tímida en su cabeza, inspirada por alguna joven que pasaba frente al ventanal sin saber que sería la musa anónima de una de las canciones más icónicas del siglo XX.

Ese café sigue ahí. La ventana también. Y si uno se sienta el tiempo suficiente, puede que escuche los acordes de una historia que no ha dejado de sonar.

la ruta 66

Los rostros de la Ruta 66 que nos siguen tras la ventana.

Cada parada en la Ruta 66 guarda un rostro, pero más que eso, guarda una historia a medio escribir. El señor frente a una gasolinera cerrada hace décadas, que ritualmente repara un auto que no intenta dejar listo. Su ritual no responde a una urgencia mecánica, sino a una disciplina por seguir un propósito, aunque quienes observamos desde el privilegio del futuro que aún viene no entendian. Hay viajeros que lo ven como parte de la decoración. Esos son los que se pierden el camino entero, aunque viajen en grupo dentro de un autobús con decenas de periodistas que juegan a entender la melancolía pero regresan a su instagram al primer sonido del motor arrancando.

En Collinsville, a nuestro paso rumbo a la atracción turística del itinerario, una mujer hornea galletas con recetas de libros viejos que no compró en una tienda de antigüedades, sino que ha cuidado por generaciones, con letra manuscrita en hojas amarillentas. El aroma para algunos parece pintoresco, pero es legado de secretos que nadie nos va a contar, a menos que esas recetas lleguen, por azares de una tienda de recuerdos, a nuestra colección en algunos años.

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Más que simples estampas, son historias.

Algunos miran esto como parte del decorado, como un personaje que actúa una postal de lo que fue. Pero pierden la visión de un hombre que se mantiene atado a la realidad a través de una rutina que, para ellos, juega un papel decorativo. El mecánico cíclico y la cocinera casera no tienen prisa. Solo una melancolía que reprocha la llegada del inevitable olvido. Cada acción en estos espacios parece una súplica a no olvidar el tiempo en que las recetas conectaban manos e historias, y los motores tenían la meta de llevarnos a nuevas aventuras. Porque hace apenas unos años era lo único que importaba.

Son más que postales humanas. Son los hilos invisibles que mantienen unidos los fragmentos de un Estados Unidos que aprendió a contar su historia desde el margen de la carretera. Lejos de las historias repetitivas que nos insisten en que estamos divididos sin posibilidad de rescatarnos. Son figuras que se niegan a desaparecer, como lo lleva haciendo la ruta 66 desde que fue oficialmente clausurada en el gobierno de Ronald Reagan, víctima del voraz modernismo, ese que desecha todo sin entender lo que se pierde.

No es sólo un viaje romántico, la ruta 66 esconde algo.

“Evito mirar el reloj, temiendo el lento paso del tiempo, que aún se me haría más lento si observase su evolución. Hasta cierto punto funciona”, dice Lía, el personaje de Michelle Zink en “La Profecía de las Hermanas”. Y parece funcionar para muchas cosas. A veces, si no miramos el reloj, el celular y todas las máquinas de nuestra tecnofilia, podemos encontrar estos lugares como si fuéramos James Marshall en las colinas de California en 1849 viendo las primeras pepitas de oro.

Pero los pueblos de la Ruta 66 no tienen a sus migrantes buscando oro en masa. Aquí más que historias de Pleasentville en las que la paleta de grises se colorea cuando alguien mira de verdad; parecemos más enclaustrados en el polvo del desierto de Giant, con los fantasmas de un progreso que nunca llegó.

Pero esa es la mirada del pesimismo. Hay una más alegre. Esa que ve a los gigantes que regresan a Atlanta, Illinois para la justa celebración de un centenario digno. Es en los márgenes de la ruta 66 que nos invitan a todos a verlos convertirse en destino de nuevo. A pesar de que hoy el viajero no esté buscando gasolina, comida, respuestas o una cama para descansar. Porque lo que ofrece la ruta 66 es algo que nos hace falta. La ruta 66 de hoy ofrece sueños renovados y recordatorios de una búsqueda espiritual que, aunque decorados como American Graffiti con la promesa del futuro, son en realidad neones eternos de bienvenida que tienen historias que merecen ser escuchadas.

¿Quién escribe las historias de la ruta 66?

No nos engañemos. Los viajeros ya no dejamos que los viajes nos dejen cicatrices, como decía Anthony Bourdain. Parece que escapamos de las lecciones que nos tienen que dar los espacios que visitamos. Para muchos, este viaje por la ruta 66 será uno más a la colección de fotos en la nube y, en unas semanas, no importará nada en su memoria porque ya estarán mandando su media kit a otros destinos, en espera de ser aprobados para seguir esta constante carrera en contra de la realidad de una vida que no les gusta y por la que tienen que estar constantemente en la dinámica de las vidas prestadas.

Pero los personajes de la Ruta 66 no tienen vidas de intercambio. Están ahí, con la misma vida que imaginaron sería diferente pero terminó siendo así de franca. Esta carretera ha sido reflejo del sueño americano. En lo bueno y en lo malo. Por muchos años fue el camino que los hombres tomaban para atravesar la nación en busca de la venta final, del nuevo trabajo, del futuro feliz que parecía estar cada día más cerca. Después, se convirtió en las contradicciones de ese mismo sueño americano.

La ruta 66 es, ante todo, una invitación a mirar más lento, a escuchar con más atención y ver con los ojos más abiertos. Esta ruta 66 vive más allá de los mapas —porque el algoritmo de Google Maps no te llevará a ella nunca—, entre lo que queda de las pausas que ya nunca nos damos. Es cafés, restaurantes, museos y pedazos de historia. Es un camino lleno de conversaciones breves que, si se animan, les prometo que les dejarán huellas imborrables. Porque, aunque parezcan olvidados, quienes aquí viven tienen muchas historias por contar y, con ello, dejar las primeras letras de nuevas crónicas de las que ustedes serán los autores.

La ruta 66 y el marco de una historia constante.

Es en este avance que la ruta 66 atraviesa Springfield, en esa esquina en donde se miran cara a cara el pasado de Lincoln y el futuro de Tammy Duckworth. Es en estos espacios donde la tierra está llena de ideales que hoy, más que nunca, necesitamos retomar si queremos volver a creer en el sueño americano, ese que aunque no perseguimos, siempre vimos como ejemplo.

En la capital de Illinois no sólo hay archivos históricos. Hay raíces de una memoria gloriosa con un estado que se divide siempre entre el legado progresista de sus figuras y la supervivencia conservadora de su gente rural. Springfield es el ejemplo de lo que Illinois puede llegar a ser y es, en cada restaurante histórico y esquina con gente observando el tiempo, una promesa de lo que puede ser si volvemos a escucharnos a pesar de las diferencias.

La vida es, al final del día, lo que uno quiere observar y entender de ella.

Me falta mucho por descubrir de la ruta 66, la ruta madre. Pero una cosa puedo decirles sin equivocarme. Empezar este camino para redescubrir Estados Unidos desde el medio oeste es, por mucho, una gran decisión. Sarah Kendzior dijo que “Cuando empiezas desde el centro, puedes ver Estados Unidos desde todos sus lados”. Y tiene razón. Es decisión de cada viajero lo que está dispuesto a descubrir.

Algunos querrán buscar las figuras góticas de los granjeros de Grant Wood, mientras que otros estarán al acecho de descubrir la soledad pintada por Edward Hopper. Pero, en realidad, yo recomiendo ir a los caminos de las poblaciones rurales. Es ahí, en las carreteras alternas donde se cuentan las historias. Y quizá tengan la suerte de encontrar el espíritu que Rockwell capturó a la perfección. Porque, como dijo Murakami en Kafka en la Orilla: “Hay recuerdos que, por mucho tiempo que haya transcurrido, por muchas cosas que nos hayan sucedido, no podemos olvidar jamás. Hay recuerdos que no palidecen.” Solo puedo esperar que la Ruta 66 sea para ustedes uno de ellos.


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