Llegué sin saber mucho. O, más bien, llegué sabiendo solo lo necesario: que Italian Village tenía casi cien años, que estaba en el corazón de The Loop, y que una cuarta generación, encabezada por Giovanna Capitanini, estaba escribiendo un nuevo capítulo sin borrar los anteriores. Lo demás —la decoración, los sabores, las historias de los meseros que han visto pasar generaciones enteras— tendría que descubrirlo en la mesa.
Y vaya que lo descubrí.

Italian Village: El original y vivo espíritu de la diáspora italiana.
Subir las escaleras hacia el restaurante es, valga el lugar común, atravesar un portal. No hay manera más honesta de decirlo. La sala principal, con sus murales que recrean un pueblo toscano, sus vitrinas con luces que parpadean como ventanas de otro siglo, y esos reservados con botones de llamada que hoy parecen piezas de museo, podría parecer anacrónica a los ojos de quienes buscan el minimalismo transgresor que ha dominado la escena gastronómica de la última década. Pero yo encontré otra cosa: encontré la visión de un hombre, Alfredo Capitanini, que en 1927 decidió construir un pedazo de Italia en Chicago y se negó a pedir disculpas por ello. La decoración sobresaturada no es otra cosa que el sueño de un inmigrante mantenido intacto por cuatro generaciones. Y eso, en un mundo que cambia a velocidad de vértigo, es casi una forma de resistencia.
La mesa como archivo familiar
Cenamos con Giovanna. No como una entrevista formal, sino como una conversación entre conocedores de ese lenguaje universal que es la comida y la familia. Abrimos una botella de champaña que teníamos de nuestra estancia en The Wade y que habíamos guardado buscando una ocasión para brindar. Les confieso que el primer libro que compré hace más de 33 años con dinero propio —viniendo de una familia con una biblioteca de miles de títulos— no fue una novela, un comic o una fantasía, fue un libro de recetas: La Cuchara de Plata, considerada la biblia de la cocina italiana. Así que mi amor por su gastronomía siempre ha sido un hecho y se me ocurrió que este espacio, en los últimos días de viaje por Chicago, sería el lugar perfecto para descorchar y compartir esas burbujas.

Mientras llegaban los platos, Giovanna nos iba contando la historia de los Capitanini: cómo su bisabuelo Alfredo, un inmigrante toscano, empezó lavando platos y tres años después abría este lugar. Ella, como cada generación de su familia, encontró también su camino de regreso a la cocina, a veces sin pensarlo, como si el ADN llevara impresa la dirección de 71 West Monroe Street. Escuchamos anécdotas de su madre, Gina, y sus tíos, sorteando crisis que nadie imaginaba, desde la Gran Depresión hasta una pandemia que, seis años después, aún deja cicatrices en la forma en que nos acercamos al día a día.
“En la pandemia pensamos que no llegaríamos al centenario”, me confesó Giovanna en un momento. Y esa frase, dicha con la naturalidad de quien ha aprendido que la supervivencia no es un derecho, sino una construcción diaria, me quedó rebotando en la cabeza durante toda la cena.
Porque Italian Village no solo ha sobrevivido. Ha resistido. Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

El sabor de la memoria de Italian Village
Todo lo que probamos sabía a lo que uno espera de un clásico italiano en Chicago, pero también a algo más: a esa Italia que no es la de las guías turísticas ni la de los restaurantes que confunden la tradición con pizzas de masa gruesa y pastas Alfredo. Es la Italia de las nonnas, de las mesas de madera desgastadas por el uso, de los cucharones que golpean las ollas con el ritmo de una banda sonora familiar. De las cucharas de metal raspando esa madera en Puglia mientras hacen orecchioni que se dejan salar al aire que llega de la costa.
Las albóndigas llegaron primero. Y ahí, en ese plato aparentemente sencillo, entendí por qué son la carta de presentación de la vastedad de la cocina italiana. O, al menos, por qué siempre lo he pensado así. Pienso en Big Night y la escena donde Primo (Tony Shalhoub) define la cocina italiana con un “Comer buena comida es estar cerca de Dios”. Pienso también en Goodfellas y la escena en la que Paulie (Paul Sorvino) prepara diligentemente las albóndigas que son, además, la receta original de la familia del director Martin Scorsese.
Porque una albóndiga bien hecha no es solo carne molida condimentada; es el resumen de generaciones enteras de mujeres que supieron estirar el presupuesto sin sacrificar el sabor, que convirtieron la necesidad en arte, que crearon, sin saberlo, el imaginario colectivo que luego el cine y la literatura se encargarían de perpetuar. Las albóndigas de Italian Village son las que uno imagina cuando lee una novela de familias italoamericanas o cuando ve justo esa escena de Scorsese. Son, en esencia, la prueba de que los arquetipos existen porque alguien, en algún lugar, los hizo reales.

Italian Village, sus gnocchi, ragu y el postre en la voz de quien vio todo.
Probamos calamares fritos, gnocchi, pasta con ragu, una sopa minestrone y un tiramisú que me devolvió la fe en cocineros que siguen queriendo reinventar este postre y se les olvida la grandeza de las recetas clásicas. O, como dirían los mismos norteamericanos: si no está roto, no lo arregles. Porque vaya que me he tenido que torturar con ciertas reinterpreteaciones de tan simple y perfecto postre que sacan de sus casillas a cualquiera. Pero el cierre no necesita solo buena comida. Necesita historias y palabras. Y es ahí que Giovanna nos presentó a alguien que cambió la forma en que veo el restaurante.
Traje oscuro, ademanes pausados, la mirada de quien ha visto demasiado como para sorprenderse, pero no tanto como para dejar de emocionarse. Me odio en este momento por no recordar su nombre. Pero él comenzó a trabajar en Italian Village en tiempos del bisabuelo Alfredo. Vio crecer a la segunda generación, luego a la tercera, y ahora atiende las mesas de la cuarta con la misma dedicación que el primer día.

“Somos familia”, dijo simplemente cuando le preguntamos por su larga trayectoria.
Y en ese “somos familia” cabe todo: las cenas de Navidad, las bodas, los funerales, las crisis económicas, una pandemia que amenazó con borrar del mapa a decenas de restaurantes históricos, y la certeza de que, pase lo que pase, las puertas de Italian Village seguirán abriéndose. Porque un lugar así no es solo un negocio; es un archivo vivo de historias, un refugio para quienes buscan algo más que una comida.
The Loop: el barrio que quiere renacer
Italian Village está en The Loop, ese corazón financiero y teatral de Chicago que durante décadas ha sido el epicentro de la vida corporativa de la ciudad. Pero The Loop está cambiando. La pandemia aceleró un proceso que ya se veía venir: la necesidad de convertir este distrito en algo más que un lugar al que se va a trabajar de nueve a cinco. Los Capitanini lo saben. Giovanna lo tiene claro: su misión no es solo mantener vivo el legado familiar, sino convertirse en un imán que ayude a transformar The Loop en un barrio con identidad residencial, con vida los fines de semana, con comunidad.

Por eso han abierto Sotto y Bar Sotto en el sótano del edificio, un espacio más moderno, pensado para atraer a ese nuevo público que busca experiencias diferentes sin renunciar a la calidad. Un espresso martini con vodka infusionado con parmesano puede sonar a herejía para los puristas, pero en realidad es la misma apuesta que hizo Alfredo en 1927: adaptarse sin traicionarse.
La lección de los 100 años
Seis años después de aquella pandemia que nos marcó a todos, aún hay secuelas en la forma en que nos acercamos al día a día. Los restaurantes cerraron, muchos no volvieron a abrir, y los que lo hicieron lo lograron a costa de reinventarse de maneras que a veces diluyeron su esencia. Italian Village no fue la excepción. Pero algo en su ADN les impidió sacrificar lo que los había construido.
Esta cena me dejó en claro que, cuando sabes de dónde vienes, no necesitas rendirte al mercado en una búsqueda incesante de audiencia. Cuando lo haces, hay ocasiones que ganar un comensal nuevo implica perder parte de tu identidad. Y la identidad, cuando se construye durante casi cien años, es un activo que no tiene precio.

Italian Village ha logrado mantenerse firme en eso. Su decoración no es anacrónica; es historia viva. Sus recetas no son reliquias; son testimonios. Y su familia no es solo la de sangre; son también los meseros que llevan medio siglo sirviendo mesas, los clientes que vuelven generación tras generación, los viajeros que como yo llegamos sin saber qué esperar y nos vamos con una lección aprendida.
Porque al final, las crisis se superan cuando cierras filas. Cuando te abrazas a lo que eres. Cuando entiendes que la comunidad no se construye con estrategias de marketing, sino con presencia, con autenticidad, con ese plato de albóndigas que sabe a la Italia que llevamos dentro, aunque nunca hayamos pisado sus suelos.
Italian Village cumple 100 años. Pero más que un centenario, esto es un testimonio de resistencia. Una prueba de que, contra todo pronóstico, hay cosas que merecen la pena ser preservadas. Incluso —o sobre todo— cuando el mundo entero parece empeñado en convencerte de lo contrario.

Italian Village Chicago
Dirección: 71 W Monroe St, Chicago, IL 60603
Tres espacios: The Village (1927), Vivere (1961), Sotto (2024)
Web: italianvillage-chicago.com
Reservaciones: Recomendadas con anticipación, especialmente para Sotto.


