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Hunucmá: Henequén y piedra en su lugar de origen.

por Carlos Dragonné

Antes de contarles de Hunucmá, quiero hacer una pregunta. Seamos honestos. O ustedes… porque no veo que me vayan a contestar, aunque estaría interesante que lo hicieran en nuestra cuenta de Instagram. ¿Cuántas veces has vuelto de un viaje a Yucatán, o a cualquier rincón de México, con una pieza “artesanal” que compraste en el hotel boutique, en esa tienda elegante de un centro comercial de lujo o en un aeropuerto? Te felicitaste por tu buen gusto, por apoyar “lo local”, por llevar contigo un pedazo auténtico de la cultura. Ahora hazte la pregunta incómoda: ¿Cuánto de ese dinero que pagaste —$3,000, $4,000, $8,000 pesos— llegó realmente a las manos del artesano que la creó?

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La respuesta es simple: una fracción mínima. El sistema está diseñado para que tu romantización de lo auténtico financie, en realidad, una máquina de gentrificación cultural. Pagas por la ilusión de autenticidad, por la etiqueta de diseño, por el empaque bonito y la ubicación privilegiada. Mientras, el verdadero creador, en su taller en un pueblo del que probablemente nunca oíste hablar, sigue recibiendo la misma cantidad irrisoria por su trabajo. Como viajeros, hemos ido olvidando lo auténtico —lo que huele a esfuerzo, a tierra, a comunidad— para abrazar un turismo más “vendible”, más Instagrameable, pero infinitamente menos sostenible y justo.

El primer taller de Hunucmá. El henequén como historia viva.

En este viaje, nuestro quinto día recorriendo Yucatán fue una búsqueda deliberada por deshacer ese error. Nos fuimos de Mérida por la carretera a Hunucmá. No hay letreros luminosos que lo anuncien, ni tours masivos. No hay camiones de colores con tour operadores gigantescos llevando en masa a grupos con guías y sombrillas que los identifiquen. El encanto es otro: es un pueblo de silencios elocuentes, donde la verdadera acción sucede detrás de las puertas de los talleres, en el ritmo paciente de quienes mantienen viva una cultura que se niega a ser empacada como souvenir.

Nuestra primera parada fue el taller de Moisés Poot. Al cruzar la puerta, el aire cambia. Huele a fibra natural, a tierra, a trabajo de día con día. El ruido no es el de un taller de creación en masa, sino el de risas y pláticas entre los artesanos que funcionan con la sincronía silenciosa de una familia que sabe que cada movimiento cuenta. Aquí no hay máquinas automatizadas; el lujo es la precisión de las manos. Unos separan la fibra del henequén con un ritmo ancestral, otros la peinan, la convierten en hilo y, finalmente, la tejen en telares y la van convirtiendo en bolsos, zapatos, sombreros. Aquí, aunque estandarizado el proceso, cada pieza es única.

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La excepcionalidad de Moises Poot y el taller en Hunucmá.

Lo que hace excepcional el taller de Moisés Poot es que el proceso completo de creación sucede dentro de esos mismos muros, en un ciclo completo de transformación que es raro ver hoy en día. Todo comienza junto a grandes ollas donde hierven tinturas naturales—corteza de árbol, hojas, semillas—que teñirán las fibras de henequén peinado con los colores de la tierra yucateca: rojos terrosos, amarillos oscuros, verdes profundos. El olor es una mezcla compleja que define el lugar: el aroma vegetal y un poco amargo de las fibras naturales se mezcla con el olor de los pegamentos artesanales, las tinturas húmedas y, de fondo, el cuero y otros materiales que se convertirán en suelas de zapato o refuerzos para bolsas.

Moisés supervisa cada etapa con una mirada que ha visto décadas de este proceso. No solo crea; guía, enseña, mentorea. Sabe que este proyecto—este legado—lo sobrevivirá. Su taller es más que un negocio; es una escuela taller donde se asegura de que el conocimiento no muera con él, sino que se fortalezca en las manos de su familia y su comunidad. Cada puntada, cada corte, cada diseño es una lección que cruza generaciones.

Dejemos de explotar la artesanía como prop, sin darle el lugar que merece. 

Esta artesanía es parte fundamental de la cosmovisión de Yucatán, un recordatorio vivo de una historia dual. El henequén, el llamado “oro verde”, fue la base económica de la región en el siglo XIX, construyendo fortunas para unos pocos en las haciendas sobre la explotación de muchos. Esa historia está grabada a fuego en la memoria colectiva. Hoy, irónicamente, muchas de esas mismas haciendas se han convertido en lujosos hoteles y escenarios para bodas exclusivas y filmaciones, donde la autenticidad se renta por una noche.

En esos lugares, la cocina de maíces criollos se gentrifica y se sirve como experiencia gourmet, y la artesanía—quizá hasta una pieza de Moisés—se reduce a decoración, a un accesorio que da color local sin honrar su profundidad identitaria. Moisés, desde su taller humilde pero lleno de vida, teje sobre esa historia. Su trabajo es un acto de reapropiación cultural: toma la misma fibra que una vez simbolizó explotación y la convierte en un símbolo de creatividad, soberanía y orgullo comunitario. Cada bolso o par de zapatos que sale de sus manos es una respuesta silenciosa pero poderosa a la gentrificación; es la autenticidad hecha objeto, sin concesiones.

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Moisés es el patriarca de un negocio familiar que entendió que su tradición era demasiado valiosa para morir. Empezó solo y, al crecer, involucró a toda su familia. Su hija fue quien nos guió, explicando con orgullo cada paso. Esta no es una fábrica; es una casa donde el oficio se hereda, donde la trascendencia se mide en el conocimiento pasado a la siguiente generación. Es resistencia en acto puro.

No solo de henequén vive el arte.

Pero la artesanía en Hunucmá no solo se teje, también se talla. A poca distancia, La Casa del Artesano sirve como un faro comunitario. En el espacio pequeño, muy pequeño, pero funcional, hay una combinación de la elegancia fría de la piedra y la calidez del henequén. Metates, lavabos de mármol, esculturas en cantera. Pero el verdadero shock no es la belleza; son los precios. Aquí, una pieza tallada a mano cuesta una fracción de lo que pagarías en una tienda de diseño. La Casa es una cooperativa, un modelo que elimina a los intermediarios y permite que los creadores pongan precio a su trabajo. Es un acto de justicia económica. Uno de esos movimientos que cada vez hacen más falta y eliminan el abuso de las prácticas de las que hemos todos, sin falla, sido parte, conscientes o no de serlo.

Esta es la verdadera lucha. No se trata solo de que un diseñador urbano tome un motivo maya, lo estampe en una playera hecha en serie y la venda como “artesanía inspirada” (y sí, te estoy viendo a ti, Frida Kahlo en todas tus formas y explotadas mercancías). Se trata de un sistema que roba la autoría y la ganancia al artesano original. Es un colonialismo comercial. Y este se evita luchando. Con una pequeña diferencia: los que luchamos somos nosotros, los viajeros. Es muy fácil hacer la lucha.

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Aquí las piezas son siglos de lecciones y generaciones que siguen la tradición.

Las piezas de Hunucmá, ya sea el henequén de Moisés Poot o la piedra tallada de sus vecinos, están inspiradas en siglos de tradición maya. El henequén fue un símbolo de explotación. Hoy, en estas manos, es un símbolo de soberanía creativa.

Salir de Hunucmá con una pieza comprada directamente no es solo comprar un recuerdo. Es reparar un error. Es votar con la cartera por un modelo donde el valor se queda en la comunidad, donde la autenticidad no la define una etiqueta de precio inflado, sino el polvo de henequén y piedra bajo las uñas de quien lo creó.

La próxima vez que veas una artesanía maya con un precio exorbitante, recuerda Hunucmá. Y pregúntate: ¿estás comprando cultura o solo financiando su apropiación?

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