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De cómo Flagstaff abraza la historia para escribir la propia.

Por: Carlos Dragonné

Las verdadera razón de mi viaje al norte de Arizona se vio un poco modificada por el calentamiento global. El invierno que nunca llegó me alejó de la montaña y me hizo guardar los esquís por otro año más -aunque tengo en mente un destino antes de que acabe la temporada- pero me dio la oportunidad de descubrir los espacios que oculta un destino que, para muchos, es una simple escala y que, irónicamente, para muchos fue el punto donde, en plena montaña, instalaron la cultura que daría base y fortaleza para muchas otras cosas. Bienvenidos a Flagstaff.

El amanecer en el Coconino Forest tiene el encanto romántico que le atribuimos a cualquier despertar en medio de la montaña en invierno. El vapor que sale de manera natural de la taza de café con la que le damos la bienvenida al día; los animales visitantes en la cornisa de la ventana; el frío que te motiva a buscar refugio… Pero hay que salir y recorrer la Histórica Ruta 66 y alejarse unos 15 minutos de la pequeña ciudad universitaria para llegar al Walnut Canyon State Park.

Aquí, hace cientos de años, las comunidades de nativos americanos -Hoppi, Zuni y Navajo para ser más específicos- establecieron su hogar en el escarpado del cañón, creando un espectáculo que juega con nuestra imaginación intentando abrazar la idea de lo que tenían que vivir para lograr el día con día. Habiendo escuchado previamente un poco de este episodio de la historia de Arizona en Riordan Mansion, debido a los esfuerzos de los hermanos por salvaguardar los vestigios que solían ser saqueados por quienes fueron poblando Flagstaff, bajar y encontrarme sentado en espacios que sirvieron de hogar para familias en condiciones que hoy llamaríamos “agrestes” me hace preguntarme el sentido de lo que estamos dejando de aprender.

Y es entonces que entiendo que este viaje se ha tratado de reconectar con la base de aquello que nos hace no inmediatos, que nos construye como familia y que nos da identidad como sociedades. Los Hoppi construyeron su historia a través de las palabras que se contaban en estas cuevas y las tradiciones que fueron sobreviviendo cada vez con mayor complicación y desapareciendo con cierta facilidad en la vorágine del siglo XIX y el principio del XX.

Aquí, en estas piedras que eran casas, en estas cuevas en las que no se puede escapar del frío, me puedo imaginar la calidez de familias enteras alrededor de sus leyendas, con la protección de los espíritus que representaban en las Kachinas, una especie de equivalente a nuestros nahuales, preocupados por el día con día y, al mismo tiempo, por la trascendencia de su cultura y sus familias.

Y me pregunto dónde quedaron las tradiciones y la defensa de las historias contadas y por contar de las tribus nativo americanas de Estados Unidos. Entonces, cuando vengo de regreso hacia la ciudad, con la mente en la búsqueda de respuestas, me desvío y tomo el camino que miles de mexicanos rumbo al Gran Cañón han tomado. Sólo que apenas unos 5 kilómetros después de empezar, me detengo en mi destino: Northern Arizona University Museum.

Creo que para nadie es un secreto que no soy muy aficionado de pasar mis días dentro de museos. Sin embargo me habían advertido que la misión de ésta división de NAU era justo la conservación y difusión de las tradiciones de las tribus que me interesaban. Y a eso había que sumarle que, de origen, al ser parte de una institución educativa, la importancia de la difusión de la diversidad estaba inscrita en su ADN.

Este espacio es un recorrido sobre tradiciones que nos llevan a las vidas de las culturas que me han llamado y que me han traído aquí. Entonces es que me doy cuenta que, conforme voy avanzando, las fotografías que me enseñan tradiciones de crecimiento, ritos de paso, evoluciones y aprendizajes son recientes, muy recientes. Incluso de los últimos años y entiendo la grandeza de estas comunidades que han sabido adaptarse y mantener su legado vivo en medio de un siglo XXI que, por momentos, parece empeñado en dejar atrás todo sin haber aprendido nada.

Flagstaff

Ahí, en los pasillos del NAU puedo ver de cerca la representación de esos espíritus que alimentan a los viejos y los sabios de diferentes tradiciones; los collares de plata que representan el crecimiento de cazadores o la conquista del corazón de las mujeres que habrán de tomar con fuerza las riendas de la familia. Ahí, entre fotografías de mujeres nixtamalizando como parte de los rituales de la adultez, entiendo que Arizona es, a la vez, el lugar donde entender el origen y el reto que enfrentan a cada día los sonidos de tribus que se niegan a ser apagados.

Porque ese parece ser uno de los retos que cumple NAU, como parte de la filosofía universitaria que alimenta la vida y el palpitar de este lugar: acortar las distancias no sólo con el pasado, sino con los presentes que, parecen, querer apartarse cada día más. He ahí el valor turístico de un lugar como Flagstaff, pues más que mostrar lo más hermoso y maquillado de un destino grandioso de Arizona, lo que sucede es un día con día de lo que habrá de generar las visiones de quienes llenan las calles y las aulas al mismo tiempo.

Subo así el camino que me lleva al punto más elevado de Flagstaff: Lowell Observatory. Desde el mismo lugar donde se descubrió Plutón en 1930, observo cómo se ha extendido debajo de esta montaña. Y pienso que desde 1876, cuando se fundó el primer asentamiento de esta ciudad, hasta el día de hoy en el que la investigación ha llevado a catedráticos a definir las coordenadas del Mars Rover desde el edificio universitario que alcanzo a ver a pesar de la noche, hay algo que no ha sido ni será olvidado: la historia. Porque, después de todo, no puedes seguir haciendo historia si no respetas el origen de la propia.


Para leer algo más de nuestro viaje a Arizona, den clic aquí.

About Carlos Dragonné

Cineasta, escritor y cocinero. Sufro de analisistis aguda, con cuadros de humor negro crónico recurrente. Músico con un piano cerca. Reconstructor de fantasías

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