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Evel Pie. Un homenaje a la pizza y al primer gran showman.

por Carlos Dragonné

La comida es y siempre ha sido un espacio de confort. Nos resguarda, nos abraza y nos lleva a lugares seguros. Como publicó hace poco nuestra colaboradora Natalia Fonseca, el hambre es de las últimas razones por las que comemos. La comida nos hace sentir seguros y, en gran medida, muchos de los platillos que estamos acostumbrados a comer tienen que ver con una seguridad emocional que otros espacios no nos dan. Pensando en ello, descubrí que no se trata de tacos, moles o enchiladas. No son los pasteles cumpleañeros o la sopa de pasta de mamá —como tanto nos quiso vender Knorr en sus comerciales muy bien logrados de hace unos años—, sino de algo más simple. La pizza. La pizza es, por mucho, el platillo de mayor vinculación y refugio emocional que tenemos. Y eso lo descubrí en mi visita a Evel Pie, un espacio en Fremont Street al que no había entrado por extrañas razones y al que, ahora, no dejaré de visitar en cada ida a Las Vegas. Por varias razones.

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Evel Pie: primero la nostalgia por el ícono del showman.

Las Vegas es la definición del espectáculo. Y no hay personaje que defina más el concepto de showman que Robert Craig Knievel, conocido como Evel Knievel. Este motociclista acrobático fue de los primeros personajes que representaban el concepto “detuvo una nación”. Sus intentos —uno más arriesgado que el anterior— detenían, literalmente, el ciclo televisivo para verlo intentar, en las pantallas alrededor de Estados Unidos la nueva locura que hubiera pensado. Ya fuera brincar leones y serpientes en 1965, una hilera compuesta de 17 autos en Gardena, California o 14 autobuses en Kings Island, Evel fue el primer gran showman que cambió la manera en que veíamos en la televisión un evento especial.

Hay un antes y un después de su intento de saltar las fuentes del Caesars Palace en la noche de año nuevo de 1967, intento que no logró y del que salió sin lesiones, aunque la caída es épica. Pero Knievel dejó huella en la ciudad del pecado. Al final, David Copperfield desapareciendo la Estatua de la Libertad en 1981 o levitando sobre el Gran Cañón en 1983, el sueño de Sigfried y Roy o los múltiples trucos de Penn & Teller y David Blaine fueron posibles gracias al precedente de Knievel quien se retiró tras sufrir la última de muchísimas lesiones en su carrera, esta vez tratando de saltar un tanque lleno de tiburones en Chicago. Knievel murió en 2007 con fibrosis pulmonar y diabetes. Sobrevivió a todos menos a las enfermedades que, invariablemente, nos llevarán a todos.

El homenaje a un ícono emocional en Evel Pie.

Avancemos en el tiempo a hace apenas unos años y a un neoyorquino con raíces puertoriqueñas de nombre Víctor Mercado. Víctor terminó, como muchos, en la ciudad del pecado por el enorme abanico de oportunidades que representa una ciudad en constante metamorfosis. Y entre sus recuerdos de infancia está estar frente al televisor viendo a Evel Knievel intentar sus saltos icónicos de finales de los 70’s en Wembley, Ohio o Seattle. “Todo se detenía. Era el momento de verlo. Las televisiones eran distintas y la forma de disfrutar el momento era diferente. La inmediatez era algo que valorábamos porque estar ‘en vivo’ significaba un esfuerzo monumental para todos”, me dice y, al mismo tiempo me recuerda que algunas canas empiezan, orgullosamente, a asomarse en la barba. Así, cuando le ofrecieron ser el VP de Operaciones de este lugar, no lo pensó dos veces.

Evel Pie es una pizzería como todas y, al mismo tiempo, como ninguna otra. El concepto está basado en la calidad del ingrediente y en servirle a locales, aunque sean parte de la avenida más concurrida de Downtown las Vegas. “Esta fila de gente que no para es de locales que saben que aquí encuentran la pizza que quieren. O de turistas que vinieron una vez hace años y descubrieron que este es un puerto seguro para comer bien”, dice Morales. Y es aquí donde me cae el veinte de algo.

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Evel Pie y la pizza como resguardo emocional.

Comer pizza es, por mucho, uno de los ejemplos más claros de la seguridad emocional. Al menos de este lado del Oceáno Atlántico. Sin importar la cultura en la que creciste, la pizza siempre representaba un premio. En México, cuando éramos niños, la pizza era o un lugar para la fiesta de cumpleaños —sí, soy generación Showbiz Pizza—, o la comida que mamá y papá nos daban porque habíamos tenido una buena semana. Es, también, la comida con la que felizmente convivíamos en la familia, alrededor de la mesa, coincidiendo en sabores.

Mientras que en Estados Unidos las grandes franquicias como Chuck E. Cheese o Peter Piper Pizza merecen un lugar en el imaginario colectivo de la convivencia familiar de fin de semana —vaya, hasta en Toy Story se hace un bello homenaje a lo que estos espacios representan con Pizza Planeta—, también es el alimento que, en complicidad (normalmente) padre e hijos tenían cuando mamá tenía que salir y papá quedaba a cargo de la alimentación, la tarea y el “no dejar ver películas de terror a los niños”. ¿Cuántas veces han escuchado en series o películas la frase: “No le digan a mamá que pedimos pizza”.

Como adolescentes “Hay pizza en el refri” era el mensaje claro de que mamá nos esperó a llegar y la venció al cansancio. Las cajas apiladas de diferentes sabores acompañaron fiestas, reuniones de videojuegos, noches de estudio previas a exámenes finales, sesiones de deportes y hasta reuniones con amigos inesperadas en las que nadie quería el arroz blanco y pollito con mole que había en la casa.

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Como adultos, la cosa no cambia.

Ver series sin parar, recibir amigos, preparar la pizza para la cena —porque como adultos responsables aprendemos a cocinar— o calentar la pizza del día anterior es, por mucho, una actividad que pone de buen humor. Porque la pizza nos lleva de regreso a los lugares seguros de nuestra infancia y adolescencia. De ahí que como adultos buscamos algo más que Domino’s o Pizza Hut. Buscamos pizza de calidad, pizza que nos de esa sensación de comer bien y comer rico que, tristemente, no siempre es lo mismo. Esa es mi teoría. La pizza es más que un platillo cultural, es un espacio emocional que nos lleva a donde sea que éramos más felices.

Comer pizza se ha convertido, en muchos sentidos, en un ritual que llena huecos particulares. En Las Vegas, sin embargo, encontrar buenas pizzas termina siendo complicado porque, aunque hemos hablado de la maravilla que hace Eduardo Pérez en Brera Osteria, no deja de ser un restaurante en el Strip y en el que se suma el protocolo correcto. Aquí, el ritual se vuelve memorable en diferentes aspectos.

Siempre se ha tratado de diversión. De un lugar seguro para reír. Evel Pie lo entiende.

Además de este —para muchos— simplista antojo, también hay un respeto a un pedazo de la historia que terminó por marcar a una generación que algunos pensarían que está desapareciendo, pero que es, en realidad, quienes llenan Las Vegas para ir una y otra vez a la memoria de lo que hicimos o lo que crecimos queriendo hacer. No quiero contarles gran cosa de la terraza, pero tienen que verla para entender que apela a esa generación de la que somos parte.

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Es en los toppings donde Evel Pie hace maravillas por el platillo de los recuerdos Nombres como The Barry White Pie, Birria AKA The Loco Goat, Goblin Sausage (mi favorita) o Gang Green que también está entre las que, sin duda, tendría que pedir en mi próxima visita. De ahí la ventaja de poder pedir por rebanada.

Refugio de muchos. Por eso es un estandarte local.

“Las Vegas es una ciudad de refugiados culturales. Piénsalo. Pocos locales están aquí y somos migrantes de todos lados que hemos construido esto”, me dice Morales. Y claro, de ahí la esencia que conquista a todos en Las Vegas y que hace que los pesimistas no crean en su belleza. Para unos —los del vaso vacío—, la ciudad del pecado no tiene identidad. Para otros, tiene tantas identidades que ese crisol genera una tan variada que parece única. ¿Cómo unirlas? ¿Cómo generar algo que atraiga a todos a un espacio en donde se sientan seguros por un momento o recuperen algo de la seguridad que se va perdiendo con los años? Con una rebanada de pizza que nos regrese a esos espacios y, por supuesto, con el homenaje a algo que quizá pocos conozcan pero que muchos entienden.

En el camino de regreso al hotel me quedé pensando en la frase que me definió Las Vegas de una forma tan clara como nunca, a pesar de mis múltiples visitas. Y entonces entendí que una de las cosas que me gusta de esta ciudad no sólo es la comida, el espectáculo o las historias que uno encuentra. Es que su espectacularidad se basa en hacer grandilocuente su iconografía. Y si con el signo de “Welcome to Las Vegas” se han hecho tantas cosas, con el gran showman que representó a Estados Unidos por tantos años no podía esperar menos.

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