El Salvador no estaba en mi lista. No por desdén, sino por esa pereza mental con la que archivamos países enteros bajo una sola palabra —en su caso, durante años, una palabra fea— y dejamos de mirarlos. Y de pronto llevo dos visitas en dos meses. Uno no vuelve dos veces en sesenta días a un lugar por casualidad: vuelve porque algo lo llama, porque intuye que está presenciando el raro momento en que un país se reintroduce al mundo y quiere verlo con sus propios ojos antes de que todos lo descubran.

El único espacio UNESCO de El Salvador
Mi primera parada fue Joya de Cerén, y no fue casual. Ahí empieza la reconexión: la certeza de que este suelo y el nuestro son el mismo relato. La llaman la Pompeya de América, romanticismo que me parece un tanto innecesaria pero la entiendo en la mercadotecnia ochentera que aún se cuela por ciertos editoriales. Y es que mientras Pompeya nos dejo a sus muertos; Joya de Cerén nos dejó ver espacios de su vida cotidiana. Hacia el año 600, la erupción de un volcán sepultó bajo ceniza una aldea maya de campesinos —no de reyes, no de guerreros, sino de gente común— y la congeló a media faena: las vasijas con comida, los petates, las milpas, la casa de la chamana.
Recordando lo auténtico que es el contacto con la cocina humana, de hecho se mantiene el rastro de una mano que acababa de agarrar alimento antes de que, según las teorías, todos tuvieran escaso tiempo para huir. Es una ventana a cómo vivíamos en los tiempos de Mesoamérica. Ahí se aprende que había convivencia con el volcán porque la agricultura se hacía aprovechando la fertilidad que da la ceniza. Pero también, esta Tierra de Hamacas ya tenía civilizaciones que convivían con los constantes movimientos telúricos que más que asustar, educaron. Porque aprendieron a leer la tierra y construir pensando en el movimiento. Elsalvadoreño lleva mil quinientos años haciendo las paces con el suelo que le tiembla y parece hasta rasgo de un pueblo que no entiende de miedos eternos, sino de respuestas.

No somos fronteras, somos territorio.
He caminado por Guatemala, México y El Salvador. Y llego a la misma conclusión: somos territorio. Los mayas de Joya de Cerén no sabían que un día habría una raya llamada frontera entre su aldea y Chiapas. El maíz, el añil, los volcanes, la familia de lenguas que va del náhuat al náhuatl: todo eso es un continuo que nuestras fronteras recientes cortaron con una regla. La desunión centroamericana —esa incapacidad crónica de mirarse como una sola casa— es justo lo que nos debilita.
La unión del istmo no debería ser una utopía diplomática, sino el ejemplo primero para entender qué nos falla y qué nos falta como naciones. El territorio antes era uno. Incluso intentamos serlo después de las independencias, pero somos increíbles para cometer los errores de la división.
De ahí nos fuimos a sudar un poco y disfrutar Cerro Verde en una corta pero perfecta para dar un pequeño vistazo de esta parte de El Salvador. El bosque, el volcán extinto y los colores de flores y musgos se envuelven en una neblina fresca que esconde y revela según el humor a Santa Ana e Izalco.
Aprendí, por ejemplo, que en su momento, este último fue llamado el Faro del Pacífico porque durante casi dos siglos sus erupciones guiaron de noche a los navegantes. Yo, poco fanático de las caminatas al aire libre, agradecí la manera en que tan sólo por simple lógica climática, la temperatura desciende unos 10 grados al llegar ahí y el calor abrumador de los últimos días de verano parece desaparecer entre árboles y sombras.

Se baja con hambre, sin duda.
La cocina salvadoreña es de sopas hondas —la de gallina india, la de pata—, de pollo, de hierbas de monte como el chipilín y el loroco, y de la pupusa, esa prima de nuestros tlacoyos y gorditas que basta morder para sentirse en familia. Admito que prefiero la gordita mexicana, sin duda, pero una pupusa debería ser derecho de cualquier paladar. Cocina de maíz al fin, nos hablamos casi en el mismo idioma.
Conviene decir, sin esconder en el discrso, lo extraordinario del asunto: El Salvador es un destino turístico con apenas cinco años de aprendizaje. Cinco. Salió hace nada de una época en que estos caminos no se recorrían a menos que estuvieras huyendo. Hoy se está armando, casi desde cero, una oferta que en otros lados tardó generaciones.
El avance de El Salvador ha sido a una velocidad impensable. Parece evidente la inteligencia detrás del intento, una industria en manos de mujeres, con la promesa de creación de proyectos de recirculación económica que busque el turismo como eje de desarrollo y no sólo como aspiradora de divisas. La idea, al menos hasta ahora, es que el visitante no desplace al vecino, sino que le pague la casa. Si lo logra, El Salvador puede que encuentre en esta visión de turismo estratégico y profesionalizado el camino que al territorio del que hablamos antes se le ha escapado.

Lago con leyenda y hotel con langostas visitantes.
Mi última parada fue el lago de Coatepeque. No pude evitar pensar en Joseph Campbell y la teoría del inconsciente colectivo, de las leyendas compartidas a pesar de las distancias tanto de tiempo como de espacio. Porque dicen los locales que debajo del lago vive una serpiente que cuida el lago. Entonces pienso en Jörmungandr, la gigantesca serpiente marina de la mitología nórdina que creció tanto debajo del agua que terminó mordiéndose la cola.
Pero en esa leyenda vive algo que no ha pasado en 2026 y que esperé tener la suerte de que pasara. Una vez al año el lago se vuelve verde turquesa. Hay quien dice que es una floración de microalgas, mientras otros lo atribuyen al volcán y el aumento de azufre en el agua. No me tocó verlo. Habrá que volver a buscarlo porque El Salvador está prometiendo colores de todo tipo, porque ya no huele a abandono.
Todavía se requieren proyectos que fortalezcan una economía dolarizada en la que el salario mensual de cerca del 60% de la población ronda los 440 USD antes de impuestos. Pero la gente aquí aguanta y espera. Sabe que han pasado peores momentos y que el trabajo, al menos les dicen, sigue haciéndose. Esa esperanza es mejor que la resignación en la que vivían hace años y que es la misma que en ciertos rincones de México se empieza a asentar peligrosamente.

Los nombres y rostros detrás del crecimiento de El Salvador
El trabajo tiene rostro, y es de mujer. Pienso en Morena Valdez, hoy al frente del turismo salvadoreño. Viene del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, pero mucho antes de que el país fuera visitable ya andaba obsesionada con lo mismo: construir una marca-país, una imagen digna, en los años en que “El Salvador” significaba exactamente lo contrario del folleto. Como muchos, creció con la guerra de telón de fondo, criada por su madre y abuela entre los obstáculos de andar por la calle sin saber si volvía a casa. No es casualidad que el turismo tenga fuerza e influencia de mujer.
Platico con gente en la calle y hay un común denominador. Si bien la era de las pandillas sigue doliendo en los recuerdos, también hablan de un país que se ha sostenido en las mujeres que lloraban en silencio pero empujaron para sostener al país en medio de temblores, los de la tierra y los sociales. “Teníamos miedo, pero hasta el miedo se va si uno trabaja” me dice una señora en las calles de San Savador. La reconstrucción de El Salvador es, en buena medida, obra de mujeres que se quedaron.

El futuro en manos de quienes han estado siempre.
Treinta y seis volcanes activos, dice nuestro guía de Salvador Positive Tours. El conteo viene más como narracion de orgullo que como censo estadístico. Porque siempre hemos sabido que la tierra volcánica es fértil. Y entonces hago eco de las mitologías alrededor del mundo y pienso que las diosas de la fertilidad siempre han sido mujeres. Deméter, Pachamama, Tlazoltéotl, Afrodita, Ixchel y, por supuesto, Ixmucané, abuela del Popol Vuh y creadora de la humanidad a partir del maíz. Si desde nuestras mitologías y creencias ancestrales las mujeres han dado vida, tiene lógica que en la realidad el turismo —esa actividad que abraza, educa, fortalece y comparte— tenga voz y fuerza de mujer.
Hace siete años recorrer estos caminos era impensable. La búsqueda diaria era por sobrevivir, no por trascender. Las familias salían corriendo como hace siglos lo hicieron las familias de la erupción del volcán Loma Caldera. Pero, al final, El Salvador parece un país que ha aprendido algo más que sacudirse la ceniza. Ha dominado el arte de fortalecer la tierra a partir de esa ceniza, sin importar lo que otros crean que no se puede recuperar. Eso es más que turismo. Es identidad convertida en invitación.


