Despertar en el lago Coatepeque y tomar carretera un 15 de septiembre es toparse, a la vuelta de cada pueblo, con un desfile. Los hay de todos los tamaños: desde el colegio que saca a veinte niños con tambor hasta el cortejo que corta el tránsito a cuanto autobús o auto está en el camino. Importante destacar que no escuché un solo cláxon quejándose. A nosotros nos tocó uno pequeño: escoltas y cuadros de escuelas públicas marchando con las banderas en alto, orgullosos, tiesos de solemnidad infantil. Pero no enarbolaban solo la bandera azul y blanca de El Salvador. Llevaban también las de Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Cinco banderas en una misma calle de tierra.

Tardé un segundo en entenderlo, y cuando lo entendí no pude evitar sonreir por lo distante que parece dicho simbolismo de lo que pasa hoy en día. Lo que se celebra el 15 de septiembre no es la independencia de un país: es la firma, en 1821, del Acta de Independencia de América Central. Una sola acta, cinco naciones que entonces eran provincias de una misma casa. Esos niños no estaban cargando banderas ajenas. Estaban cargando su propia acta de nacimiento, la que comparte Centroamérica y la que, insisto, nos convierte en territorio que borra las fronteras.
Para un mexicano que es testigo, la historia es íntima e incómoda.
El empujón que ayudó a Centroamérica a romper con España tiene mucho de México. Fue el Plan de Iguala, en 1821, el que dio fuerza al clamor independentista del istmo; y fue el recién nacido Primer Imperio Mexicano, el de Agustín de Iturbide, el que enseguida quiso tragarse la región entera. Entre 1822 y 1823, buena parte de Centroamérica quedó anexada, temporalmente, a México. Intentamos absorber todo.
Lo que pasó después es la parte que El Salvador cuenta con la cara en alto, y con razón. Cuando la junta de Guatemala aceptó la anexión al imperio, San Salvador se declaró en rebeldía. No fue un berrinche diplomático: fue guerra. La provincia resistió con las armas los decretos que llegaban desde Guatemala, peleó en el Llano El Espino, y en su desesperación por no ser mexicana llegó incluso a pedir su incorporación a Estados Unidos antes que ceder.

Fue necesario que el general Vicente Filísola la sometiera por la fuerza, el 9 de febrero de 1823, para doblegarla. Y duró poco: al abdicar Iturbide, el imperio se deshizo, y el 1 de julio de 1823 las provincias proclamaron su independencia absoluta de España, de México y de cualquier otra potencia. A la cabeza de esa dignidad estuvieron dos salvadoreños: el presbítero José Matías Delgado y el general Manuel José Arce, que años después sería el primer presidente de la federación centroamericana.
Este país se ha construido con esa terquedad
Es, hasta lo que he descubierto, un pueblo con una identidad regional profunda —se sabe parte de un istmo, marcha con cinco banderas— pero que, a la primera, defiende con los dientes su identidad propia. Y confirma, otra vez, la idea que no he soltado: no somos países, somos territorios. Territorios ligados por el nacimiento, atravesados luego por diferencias y fronteras, pero empeñados cada uno en construir su rostro. El Salvador no rechazó a México por desprecio a la unión; la rechazó porque entendió, temprano, que unirse no es lo mismo que rendirse.
Toda esta lección me llegó días después, cuando la historia me fue recordando lo sucedido y las voces de la gente me iban contando de la fuerza de sentirse salvadoreños. Ese día, sin embargo, subimos a Concepción de Ataco, corazón de la Ruta de las Flores. Nuestro paso fue corto, pero de los que dejan buen recuerdo y una lista de cosas pendientes por hacer para la próxima vez. Porque eso tienen los mejores viajes: planes de volver. Ataco es de esos pueblos donde el comercio todavía tiene cara y conversación.

Dejen de regatear, carajo. Respeten el destino.
Lo confieso. Aún me hierve la sangre de escuchar viajeros —y no faltó el del grupo con el que viajé— regatear al artesano. Estos lugares nos recuerdan que el arte se crea con las manos y que, como le dije al personaje en cuestión: “Si en Starbucks no les dices que hoy solo quieres pagar 30 pesos por tu Caramel Macciato, ¿por qué le dices al artesano que quieres sólo pagar 20 dólares si te piden 30?” Regatear no es el arte de la negociación, es el arte de la mezquindad. No lo hagan. Porque por cada dólar que ustedes quitan del precio, la economía no genera la recirculación necesaria.
Volviendo a Ataco, aquí no te venden un café cualquiera; te venden el café que El Salvador produce y del que se enorgullece. El Bourbon de altura, que el país sigue cultivando cuando media región lo abandonó. El Pacamara, su variedad emblemática, esa criolla robusta y compleja que es puro carácter nacional. Y la joya: el Geisha. La misma variedad que Panamá volvió la más cotizada del planeta se siembra hoy en estas cordilleras volcánicas, y no como imitación, sino como rival.
En la Taza de Excelencia, el certamen más prestigioso del grano, los Geisha salvadoreños han barrido: en 2018 una finca del volcán de Santa Ana se llevó el primero y el segundo lugar con puntajes por encima de los 90; en subastas recientes el mejor café del país ha rozado los 122 dólares por libra, compitiendo de tú a tú con los lotes panameños que superan los cien. Bajo la denominación de origen Apaneca-Ilamatepec, el café salvadoreño dejó de ser materia prima anónima para volverse en una marca con historia que tiene que contarse.

Pero hay una plática en El Salvador que se repite.
Me detuve en Ataco por algo más que el café. Tuve una plática sobre luz. Le pregunté a una señora por el Día de los Farolitos. Cada 7 de septiembre, víspera del nacimiento de la Virgen María, estos pueblos apagan la penumbra y encienden las calles con miles de farolitos de papel, madera e izote. La tradición nació alrededor de 1850 —después de un terremoto, cuando las familias, obligadas a dormir a la intemperie, alumbraron la noche con candiles y se encomendaron a la Virgen Niña— y lleva, por tanto, cerca de dos siglos iluminando el ambiente salvadoreño.
No es poca cosa que haya sobrevivido: durante los años más oscuros del país la costumbre casi se apagó, y fue un grupo de vecinos el que, en 1986, volvió a encenderla. Hoy es Patrimonio Cultural Inmaterial de El Salvador. Piensen en el enorme simbolismo que representa de todo lo que hemos platicado de este país: un pueblo, en su peor noche, decidió que la respuesta era más luz.
Nos fuimos yendo hacia la costa, bajando la montaña y recibiendo la fuerza de la brisa del mar rumbo a Salinitas. La arena aquí es grisácea, volcánica, rocosa; no es la postal caribeña de folleto. Pero es honesta, directa con lo que tiene para dar y, para nuestra suerte, fue un atardecer digno de postales.

El atardecer en El Salvador es otro motivo para salir
A las seis de la tarde en punto, la arena se llenó de gente local. No de turistas: de vecinos, de los que tienen ese mar todos los días de su vida. Uno pensaría que la costumbre gasta el prodigio, que quien lo ve a diario deja de verlo. Aquí es al revés. Lo disfrutan como turistas, como románticos que no necesitan Instagram para presumir sus colores. Parece, incluso, una especie de ritual de un país que antes tenía miedo de salir sin luz. La tarde, para los privilegiados que no vivimos la era del miedo, parece tener una especie de reflexión sobre lo que se fue y una espera del siguiente día.
Ahí terminé de entender un poco más El Salvador. Un país que parece vivir, permanentemente, el ciclo del atardecer-amanecer. Aquí hay una extraña combinación de calma sin melancolía, sin la típica narrativa cansada de los atardeceres porque, insisto, hace apenas unos años nada podía darse por sentado salvo una cosa: la noche estaba prohibida. Durante mucho tiempo, cuando caía el sol se cerraba la frontera de lo invisible y se creaba la costumbre del miedo. No más. Hoy, en uno de los ejemplos más grandes de lo que el turismo puede y debe hacer, la gente ha recuperado el espacio público y, con ello, ha comenzado la recuperación del tejido social.


