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Denton

Denton, Texas: Las identidades que nos unen.

Por: Carlos Dragonné

Bien lo dijo Twain: Viajar mata los prejuicios y la ignorancia. Y es que descubrir lo que está dentro de cualquier destino es salirse de las guías de viajero, de las ciudades maquilladas por oficinas de turismo preocupadas por dar la mejor imagen. Es irnos a meter a las ciudades aledañas, los pequeños pueblos, esos rincones donde se esconden las tradiciones, la esencia de la gente, la sonrisa de quien lleva habitando ahí por generaciones y generaciones. Es así como se descubren los destinos que lo enamoran a uno y, como les dije en un artículo anterior, donde se guardan las marcas de los viajes. Por eso me salgo de Dallas cuando voy. Porque aunque me gusta una de las tres puntas del triángulo texano, la realidad es que el estado de la estrella solitaria es tan grande que siempre me quedan pendientes para descubrir. Y ahí íbamos: hacia el norte, a Denton, a descubrir todo lo que nos une y lo que nos gusta de estar, como dice June Hershey, Deep in the Heart of Texas.

Denton

Ahí estábamos, en el aeropuerto de Dallas, recogiendo un auto con el que llenaríamos más millas en las historias. Ella y yo, nuestras siempre grandes maletas no por el enorme equipaje con el que viajamos, sino por las cosas que siempre traemos en espera de poder guardar un pedacito más de lo que hacemos cuando viajamos. Tomamos camino a Denton, una ciudad de la que yo sabía poco, pero que con eso me bastaba para querer ir. Les cuento los dos datos que tengo claros.

Cuando uno piensa en jazz, la primera imagen que viene a la mente es Louisana, seguida por esos espacios en Brooklyn donde hasta Woody Allen aparece con su New Orleans Jazz Band. Pero en Denton está el campus de University of North Texas, la primera escuela con un programa de jazz de todo Estados Unidos. Sí… así. En este pequeño lugar donde el rodeo es ley, los sombreros siguen siendo símbolo de lo que te construye y la cerveza artesanal se levanta con orgullo en medio de la plaza principal de un lugar establecido en 1846 e incorporado en 1866, el jazz es parte de la vida.


Entonces, cobra sentido caminar por el centro en donde las tiendas de música son catedrales -importante entrar a Recycled, que se quedó con parte de mi presupuesto en su colección de viniles y libros, para variar-, tomarse un café mientras en la oficina de visitantes se transmite un podcast/streaming en vivo sobre la vida de Denton, la música y el día a día que le da identidad a un lugar con una vibra como los destinos universitarios han constantemente mostrado en nuestros viajes.

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El segundo dato: North Texas State Fair and Rodeo. Toda mi vida había querido ir a una feria estatal en Estados Unidos. El imaginario personal está lleno de momentos que el cine y la televisión me han dado de esos espacios en los que la comunidad se une, donde los amores adolescentes surgen, donde la carcajada de camaradería se perpetua en la memoria. ¿Quién no ha visto The Sandlot, Only You, Grease, Meet Me in St. Louis o Big? Si, como yo, son fanáticos del cine de suspenso y terror, entonces es inevitable pensar en Carnival of Souls, Strangers on a Train, The Funhouse, IT (la original, con la feria corriendo detrás cuando descubren a Pennywise en el álbum fotográfico), la grandiosa Something Wicked This Way Comes o la más reciente y experimental -y no menos extraordinaria- Escape From Tomorrow.

Pues en Denton hay una feria que este año cumplió su 90 Aniversario. Y, como en muchas ocasiones, uno descubre que las cosas suceden en su tiempo y con su ritmo. Porque antes de atravesar las rejas del rodeo y vivir una experiencia que no me decepcionó, aunque fugaz y, para muchos, banal, tuve oportunidad de conocer algo que la superficialidad de los juicios ignorantes han querido pintar como negativo pero que se convierte en una experiencia de aprendizaje mayor de lo que esperaba. Pero, más que eso, Tom McCutcheon es un vaquero en toda la extensión de la palabra.

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Entrar a McCuthcheon Reining Horse Ranch antes de ir a la State Fair & Rodeo es el equivalente a hacer un recorrido de tacos y garnachas antes de entrar a un restaurante de alta cocina mexicana. Tienes que entender la base para disfrutar el resultado final. Tom es un campeón, sus caballos son de una belleza que nunca había visto, soberbios, elegantes, fuertes y llenos de una nobleza que logró hasta reducir el miedo y convertirlo en un profundo respeto.

Y entonces se da el momento en que veo el detrás de escenas de un entrenamiento duro, internacional, de un programa de protección y cuidado animal que tiene todo el sentido, pues la comunicación entre hombre y animal no se logra a base de tortura, sino a base de un vínculo más profundo del que la banalidad de la condena ignorante llegará a comprender jamás. Esos movimientos se trasladan a la arena en el rodeo, al dominio de un arte que se acerca más a una danza y se aleja del burdo ejemplo que el prejuicioso cliché tiene en repetición constante. Ahí veo a cuanto jinete se imaginen, desde los venerables vaqueros que llenan las espuelas con esa bravura típica de novela de la conquista norteamericana del oeste hasta pequeñas niñas de 7 años dominando lo que para mi, a mis @x*+$/! (ajá, todos esos) me sigue pareciendo una bestia imposible de siquiera acercarme con confianza.

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Y cuando la noche va cayendo en Denton, el rodeo da paso a la feria. Es aquí donde las diferencias se borran y las nacionalidades desaparecen. Camino entre los juegos mecánicos y los puestos de comida para sentirme, sin darme cuenta, en cualquier feria patronal en México. Sí, la organización es distinta y, aunque nos moleste admitirlo, la limpieza y organización es ejemplar si la comparamos con casi cualquier feria de nuestro país que termina siempre en desmanes. Pero la comida y los juegos, la actitud, las risas, el ambiente y, en general, lo que sucede, parece lo que conocemos a profundidad de tantas ferias patronales a las que hemos ido, desde la colonia de junto hasta la enorme FENAPO en San Luis Potosí.

Es entonces que pienso que no somos tan distintos. Que muy en el fondo, como lo concluye cualquiera que haya leído la magna obra de Joseph Campbell, El Héroe de las Mil Caras, la coincidencia de las culturas es mucho mayor que la suma de sus diferencias. Somos una enorme diversidad de razas convergiendo en la misma búsqueda de la felicidad y la compañía, entre nuestros propios mitos y nuestras tradiciones personalísimas. Porque mientras unos escuchan jazz, otros country y unos más banda, la realidad es que todos nos movemos a ritmo de abrazos y de brindis, de compadrazgos y vaqueros, de antojitos y juegos mecánicos. Todos estamos en la búsqueda de la tribu que forma comunidad y, de ahí, de la comunidad que forma identidades. Denton es, por mucho, un pedazo de la enorme identidad marcada que tiene Texas. Y, si bien puede parecer una conclusión apresurada en un viaje que me habrá de llevar lejos de las grandes ciudades y muy al fondo de los pueblos que construyeron el mito de la estrella solitaria, es esta identidad que tienen la que nos une más. Y en estos tiempos de división en los que estamos, nada alimenta más la esperanza que ver que, después de todo, hay más puentes construidos que muros imaginados. Bienvenidos a Denton. Esto pinta para ser un viaje épico.

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About Carlos Dragonné

Cineasta, escritor y cocinero. Sufro de analisistis aguda, con cuadros de humor negro crónico recurrente. Músico con un piano cerca. Reconstructor de fantasías

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