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D4. Brendan McNeill y una ronda por la memoria y pertenencia

por Carlos Dragonné

Un irlandés, una polaca y un mexicano entran a un bar… podría ser el comienzo de uno de los viejos chistes ochenteros que hoy, quizá por el cambio en la forma en que percibimos el humor, hasta termine causando más polémica que risas. Pero la realidad es que D4 podría resumirse así, en la convergencia de tres países en la figura de quienes nos sentamos a la mesa. Y, entonces, más que chiste, se convierte en la búsqueda de coincidencias y en las historias que hacen de D4 algo más que un simple pub en medio de Chicago. Es un recurso de identidad de la ciudad y de lo que siempre pensamos cuando vemos un clásico espacio donde la gente viene una y otra vez, se encuentra siempre porque nunca se ha ido.

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D4 es una identidad del origen de Brendan McNeill

Llegamos a D4 persiguiendo un rumor de autenticidad. En las redes se replicaban comentairos de este pub irlandés como algo real, no como un decorado temático. Hubo quien, incluso, lo llamó “un organismo vivo”. Nada nos preparó para la historia que encontramos al cruzar sus puertas.

Nos sentamos en un rincón. Un espacio llamado “La Biblioteca” con chimenea y una pared casi de piso a techo con estanterías de libros dejados, tomados, reciclados e intercambiados por generaciones de comensales. Ese fue el primer momento en que el peso identatario del lugar se hizo presente. Deb Zalesiak nos dio la bienvenida. Normalmente hubiera sido el mismo Brendan, siempre detrás de la barra, siempre saludando a quienes cruzaban la puerta. Pero Deb, con la voz de pronto debilitada pero jamás quebrada, nos compartió que Brendan McNeill, su pareja, su cómplice en este proyecto de vida durante treinta años, había fallecido apenas dos semanas atrás. ¿Cómo haces frente al día con día en un lugar que tiene cada pedazo de con quien construiste la vida?

Y la respuesta la tuve casi de inmediato.

Porque en la voz de Deb no resonaba el eco de una ausencia. Resonaba la presencia y la fortaleza de un legado. Deb habla de Brendan en presente, con una naturalidad que desarma cualquier noción de pérdida. “Él es el alma de esto”, parecía decir cada gesto suyo. En D4, Brendan no se ha ido; se ha transmutado. Está en el ángulo de cada mesa de madera oscura, en la fórmula del Shepherd’s Pie, en el brillo de los vasos, en el saludo familiar que recibe al recién llegado.

Es, si se me permite caer en el cliché que nosotros, los mexicanos, aprendimos de la televisión gringa, la versión irlandesa, auténtica y profundamente humana, del bar “Cheers”. No hay un Sam Malone detrás de la barra, pero estoy seguro de que, conforme avanza la tarde, sus propios Norm, Frasier y Cliff cruzan la puerta para reclamar, no solo un tarro de cerveza, sino el derecho a, simplemente, pertenecer.

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La maleta: secretos guardados tras la barra

Y entonces la ves. O, en este caso, me la señalan. Detrás de la barra descansa una maleta vieja, cubierta de calcomanías descoloridas y marcas de viaje. No es una decoración nostálgica. No es tampoco un pretexto para llenar el espacio. Es una reliquia, un sagrado objeto de memoria. Es la maleta con la que Brendan, a los 14 años, emigró de Irlanda. Dentro de ella viajaban, literalmente, unos pocos objetos, y metafóricamente, todos los sueños, el miedo y la férrea determinación de un adolescente que salía de un Dublin 4 (de ahí el nombre del pub) que ya no podía ser su hogar.

Mirar esa maleta es un puñetazo en el corazón para cualquier migrante, o para cualquiera que lleve una diáspora en la sangre. ¿Cuántas maletas equivalentes —baúles de abuela, bolsas de lona, mochilas desgastadas— están hoy custodiando sueños similares en los clósets de Pilsen, Little Village o Logan Square? Esos objetos inanimados son los testigos mudos de nuestras vidas más íntimas, los cómplices de secretos y anhelos. Quizás por eso nos duele tanto cuando se rompen en el aeropuerto: porque en ese golpe se resquebraja, simbólicamente, un pedazo de nuestra historia. La maleta de Brendan, inmóvil y vigilante, nos grita sin palabras que no hay frontera, por larga y hostil que sea, que pueda contener la fuerza de un sueño que ha echado raíces. Y en 2026 escribir esto hace un eco que casi ensordece.

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El sabor una cocina que se construye de supervivencia.

Se dice, con frivolidad, que las islas británicas no tienen “cocina”. Quienes repiten eso no han entendido nada. La cocina irlandesa, como la que se practica en D4, no es un arte para deleitar paladares ociosos. No está hecha para los viajeros de redes sociales que se creen conocedores pero no entienden de contexto. La cocina de Irlanda es una de supervivencia convertida en tradición. Es la comida de la clase trabajadora, de los mineros, de los puertos, de las familias que sobrevivieron a hambrunas y conflictos cuyas cicatrices aún están frescas. Es una cocina que alimenta el cuerpo para endurecer el espíritu.

Y si creen que exagero en la licencia poética, sólo dense una vuelta por cualquier libro de historia para que entiendan la construcción de una Irlanda que existe sobre las historias de Gerry Conlon, Paul Hill, Paddy Armstrong y Carole Richardson. Es la Irlanda de Brendan Behan, Eamon de Valera y el Good Friday Agreement. Pero no olvidemos que el tratado del Buen Viernes fue firmado apenas en 1998. Irlanda ha conocido paz por menos de 30 años. Bien decía Daniel Patrick Moynihan: “Ser irlandés es saber que, al final, el mundo te romperá el corazón.” Pero uno rompe fronteras para romper paradigmas. Y eso, creo, hizo Brendan McNeill.

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Probar un platillo así, cambia la forma en que lo entiendes.

Por eso probar el Shepherd’s Pie aquí —mi primer auténtico— es una lección de historia. No es un simple guiso de carne y puré. Es el viaje completo de Brendan: desde pelar papas en una cocina de Blackpool, Inglaterra, hasta servir este plato, robusto y honesto, en su propio templo en Chicago. Es el sabor de la perseverancia hecha carne.

El chef ejecutivo, Rui, un talento portugués joven que encontró en D4 su hogar creativo, entiende esta filosofía a la perfección. No se trata de deconstruir o impresionar; se trata de honrar. Su presencia completa el tríptico migrante: Irlanda (el alma), Polonia (el corazón operativo) y Portugal (la mano que ejecuta y renueva). Es el sueño americano hecho a cal y canto, no el de los discursos, sino el que se construye turno tras turno, con las manos en la masa y los pies firmes en el suelo.

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“Joey doesn’t share food!”: Los rituales que nos igualan

En medio de historias de migración y legado, surge un momento de pura humanidad compartida. Deb confiesa, entre risas, su firme política de “no comparto comida”, citando al icónico Joey de Friends. Yo, de inmediato, admito mi misma y ridícula manía. En ese instante, toda grandilocuencia se desvanece. No hay migrante irlandés, descendiente polaca o viajero mexicano. Hay dos personas riendo sobre la territorialidad ridícula y universal de un plato de comida.

Es en estos rituales pequeños y absurdos donde encontramos nuestro terreno común. Es cuando el escudo se cae, cuando la vulnerabilidad y la sinceridad toman la mesa, que la verdadera conexión se teje. Hablamos de pérdidas —la de Brendan, las nuestras— y entendemos, no como concepto, sino como sensación en el pecho, que el dolor no se evade corriendo. Se transita, y a veces, se transforma en la energía que mantiene viva una maleta sobre un bar, o el recuerdo de una risa en una biblioteca de libros prestados.

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Chicago: la sinfonía que los ignorantes llaman ruido

Salir de D4 y reingresar al ritmo de Chicago es hacerlo con los oídos ajustados a una nueva frecuencia. La ciudad ya no es solo la postal de rascacielos y el deep-dish pizza. Es, ante todo, el coro de estas maletas y estas historias. Chicago no se construyó con una migración selectiva y ordenada; se forjó a golpe de llegadas masivas, desordenadas y llenas de esperanza de irlandeses, polacos, italianos, mexicanos, puertorriqueños, y tantos otros que no encontraron su lugar en la costa este y siguieron hacia el corazón del Midwest.

D4 es un microcosmos de esa fuerza creativa. Desafía la narrativa simplona del turismo y el influencer que recorre el mismo circuito de siempre. Nos recuerda que la verdadera identidad de Chicago —la de Anton Cermak, Harold Washington, Richard Daley, Barack Obama— se cocina en lugares así: independientes, familiares, necios como pocos y hasta caprichosos. En un país donde a menudo se escucha solo el ruido del conflicto, lugares como D4 nos permiten sintonizar la sinfonía compleja de la convivencia. Es el Chicago del futuro, el que queremos: no el que teme al otro, sino el que, como Deb, Rui y el espíritu de Brendan, le ofrece un asiento y un pedazo de casa. Ah… y una Guiness (si esperaban que pidiera otra cosa, no me conocen).

Esos son los espacios que hace que viajar tenga sentido.

Ronald Reagan dijo: “Somos los líderes del mundo porque, únicos entre otras naciones, atraemos a nuestra gente —nuestra fuerza— de todos los países del mundo y cualquier rincón del mundo. Y al hacerlo, contínuamente estamos renovando y enriqueciendo nuestra nación”. Qué tiempos aquellos, ¿no? Hoy, en pleno discurso completamente contrario, termino recordando ese pequeño momento de grandilocuencia de Reagan, y sabemos que no hay muchos.

Las crónicas que valen la pena, no las encuentras en las guías ni en los desperdicios de las trampas turísticas. Están en lugares como D4. Aquí no descubrimos la historia de un bar de esquina, sino un espacio donde hay memoria constante y activa. Deb tiene presente a Brendan. Brendan nos mira desde rincones que van más allá de la creencia holística de su presencia. Su maleta puede que ya no viaje, pero lo que guarda —los sueños de ese niño hecho adulto a los 14 años— nos invita a hacer proverbialmente nuestras maletas, tomar camino a donde no sabemos y caminar, sin miedo, hacia el futuro. Porque en la pérdida de los miedos es donde reside la esperanza de la trascendencia.

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