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Centroamérica. La urgencia de mirar al sur

por Carlos Dragonné

Nos enseñaron a mirar al norte. Cuando en México pensamos en “viaje”, la brújula se va hacia Miami, Orlando, Las Vegas. Nos encanta ir al outlet, al parque temático, los restaurantes de Chicago, las ventas de ofertas o las ciudades de Texas que visitamos más que Morelia o San Miguel. Es un reflejo casi involuntario e, incluso, podríamos decir que heredado a partir de la mercadotecnia y la narrativa. Pero olvidamos mirar al sur. A dos horas de vuelo tenemos Centroamérica un istmo entero hecho de la misma sangre que la nuestra —el mismo maíz, el mismo cacao, los mismos volcanes, los mismos santos. Y la realidad es que apenas los volteamos a ver. Ahí está nuestro error y, dicho claro, lo que tenemos que cambiar.

Porque la realidad del siglo XXI nos pone en la cara la urgencia del reencuentro. Centroamérica no es un destino exótico y lejano; es el espejo más cercano que tenemos, y llevamos años dándole la espalda. Hace poco hablamos de El Salvador y Guatemala. Sigamos, pues, hablando de ellos.

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Dejemos de creer que Centroamérica está lejos.

Empecemos por lo práctico. Porque hace poco escuché a alguien decir que ahí es donde mueren las buenas intenciones. ¿Se puede llegar fácil? Sí. Desde agosto de 2026 operan alrededor de 26 vuelos diarios entre México y Centroamérica, casi 190 por semana. Sí… leyeron bien. Casi 190 vuelos por semana. Desde la Ciudad de México, Aeroméxico, Volaris, Avianca y Copa conectan directo con cuatro capitales de las que quiero contarles un poco.

A Ciudad de Guatemala son apenas unas dos horas; a San José de Costa Rica, poco más de tres; a San Salvador menos de dos horas y a Panamá un poco menos de 4 horas. Pero, además, la red se hace más grande cuando sumamos Guadalajara que ya conecta San José y Panamá, pero también Guatemala con el más reciente anuncio de ruta directa a la capital del vecino. Cancún lleva ya mucho tiempo siendo un enorme Hub en nuestro país. La realidad es que Centroamérica no está lejos. Nosotros hemos sido un poco perezosos a la hora de buscar.

Ahora… la cartera. ¿Cuánto cuesta viajar a Centroamérica?

Volar a Estados Unidos no es barato ya. Hace poco cotizaba a Las Vegas para un evento en Octubre y el vuelo va desde 7,000 con Viva hasta casi 19mil con Aeroméxico. Obvio, no voy al evento. San Antonio enfrenta ese mismo problema. Houston ronda los 450 dólares. Ahora agarremos ejemplos de otras ciudades en el sur.

Un redondo a Ciudad de Guatemala aparece desde unos 230 dólares; a San José, alrededor de 287; a San Salvador, cerca de 300. Estamos hablando de precios que hace poco veíamos en vuelos a Orlando o Miami y que hoy nos alcanza para algo distinto: descubrir nuevos espacios. Porque la diferencia no está en el boleto: está en lo que ocurre cuando aterrizas.

En Guatemala o El Salvador, el peso rinde el triple; y en los cuatro países, el dinero que gastas no alimenta a un parque temático, sino a una familia, a una finca, a una cocina de pueblo. En estos países haces un verdadero turismo que entra en el círculo de la sostenibilidad, tanto económica, como social y ambiental. Vaya, gastas menos por cosas más reales.

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Empecemos por pensar en Guatemala.

Guatemala es, quizá, el más entrañable para los mexicanos, porque es la prolongación natural de nuestro sur. La frontera con Chiapas no separa dos mundos: los une. Hablar de recados es hablar de moles. Conocer su cocina es reconocer nuestros recuerdos y las calles empedradas de lugares como Antigua te recuerdan nuestro territorio no sólo de la península, sino de la herencia colonial. Antigua es de esas joyas coloniales que también tiene sus rincones y celebraciones que conectan con México. Es ahí donde la Semana Santa se levanta como de lo mejor que sucede en el continente. No por nada es Patrimonio Inmaterial de la UNESCO.

Cerca está el lago Atitlán, rodeado de pueblos donde la herencia maya está más viva que nunca, con tejido de telar de cintura, chocolate, sabores y tradiciones de idiomas antiguos y un orgullo en el producto que me recordó a Maní, pero del que deberíamos aprender aún más. Me falta mucho Guatemala por descubrir, como Tikal, esa ciudad devorada por la selva del Petén.

La mesa de Guatemala sabe a pepián (nada que ver con el mexicano), a kak’ik y tamales. Se bebe cacao y se entiende la conexión con la cultura. El Popol Vuh se respira en cada espacio y en cada razón detrás de lo que el turismo tiene, porque sí, los hombres son del maíz, como lo somos todos. He pisado dos veces Guatemala y lo único que tengo claro es que me faltan muchas más.

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Ya hablamos de El Salvador una vez. Pero no lo suficiente.

El Salvador es el país que se está reinventando ante nuestros ojos, y visitarlo hoy tiene un sentimiento como de asistir al renacimiento o reconstrucción de un país a partir de sus espacios públicos. La costa se volvió Surf City: El Tunco y El Zonte, con sus olas largas, atraen a surfistas de todo el planeta y, mejor aún, una inversión en infraestructura social para locales que ya hubiéramos querido en la Riviera Maya.

Platicando con Morena Valdez, Ministra de Turismo de El Salvador, hablábamos de la necesidad de proteger a la gente con proyectos que permitan mantenerlos en sus comunidades. Platicamos de vivienda, de profesionalización, de infraestructura pública. Y miro Tulum abandonado y me pregunto por qué no hubo alguien con la visión de proteger a su gente que es, al final, la que hace el turismo.

Más adentro está no sólo la Ruta de las Flores, con pueblos que viven de café, añil, color, cacao y pupusas. También está el volcán y el lago Coatepeque y los pueblos y espacios alrededor del cráter que se ha convertido en un espacio de libertad y esparcimiento, ahí en el país que antes respiraba miedo en los rincones y entre las sombras de la selva.

Salvador es cómplice y lección de pasado y puede ser lección a futuro. Hoy, en medio del renacimiento de la industria turística, lo que esperamos es que demuestre que el turismo puede dar un paso adelante y comenzar la reconstrucción del tejido social y económico de El Salvador, ese país con el que estamos intrínsecamente ligados y con quienes compartimos leyendas, raíces y hasta hierbas que en México ponemos en sopas y tamales, pero aquí las mezclan frescas en una pupusa con queso.

Panamá y el contraste cosmopolita.

Panamá es desde hace mucho el país donde el mundo se cruza. El canal en donde el comercio de medio planeta hace las veces de espectáculo visual y recorrido de ingeniería es sólo una parte. El Casco Viejo tiene el juego doble de la arquitectura colonial de día para recorrer de día y luego darle paso a una noche llena de vida. Además, Panamá tiene una cocina que termina siendo algo más que sorprendente.

Es famoso por las compras, pero habrá quien prefiera (como yo), irse a dar una vuelta a uno de los mejores espacios para buceo en el Caribe: Bocas del Toro. Curiosidad que aún me falta por conocer es la zona de Boquete, el espacio de tierra volcánica en donde el grano Geisha, originario de Etiopía, terminó por encontrar una tierra fértil que, además, lo convirtió en el grano con más premios especializados del mundo. Lo que tiene Panamá es la combinación de ciudad cosmopolita de negocios con espacios de autenticidad y turismo comunitario.

Costa Rica, dicen el país más feliz del mundo.

Platicando con amigos expertos muchos coinciden que Costa Rica es el ejemplo que todos deberíamos estudiar. Es el destino de naturaleza y bienestar por excelencia: el bosque de Monteverde, el volcán Arenal, la biodiversidad de Manuel Antonio y Corcovado, las playas de Guanacaste y Nosara… Costa Rica ha explotado su producto pensando en todo el mercado posible, desde el ecoturista hasta el viajero de wellness, esa nueva tendencia que está haciendo que todos adapten y reajusten su oferta. Su cocina pasa por platillos como el gallo pinto y termina con un orgullo en su café de Tarrazú.

Pero Costa Rica tiene algo detrás que es lo que debemos analizar: un modelo de negocio y de sostenibilidad que invierte constantemente en energías renovables y que básicamente eliminó la deforestación a través de una estrategia que, como platicaba con una periodista española hace poco, es sólo una cuestión de voluntad de todas las partes: convertir a los que antes fueron depredadores en operadores de servicio turístico.

En el país los campesinos reciben dinero por conservar el bosque en el que viven, haciendo de la agricultura regenerativa una realidad. Sí, “pura vida” es más que un slogan y una marca país. Es la forma en que Costa Rica ha hecho que las comunidades se sostengan del y por el turismo, pero a la vez, que las comunidades sostengan al turismo.

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Y ustedes queriendo ir a caminar por el Riverwalk…

Esta es la tesis: viajar a lo propio con acentos distintos y redescubrirnos en otras miradas. El maíz que nos funda es el mismo. El cacao que presumimos nació en este corredor que va de Tabasco a Costa Rica. Los volcanes, el sincretismo religioso, el lenguaje con sus pequeñas localizaciones. Somos, al final, parte del mismo sustrato indígena que sobrevive debajo de todo. Ir a Atitlán, a Suchitoto, a Boquete o a Monteverde es, para un mexicano, un ejercicio de identificación más que de descubrimiento.

Esa cercanía abre una oportunidad enorme y todavía sin construir: un turismo verdaderamente centroamericano. Deberíamos estar armando circuitos, pensar en unir fuerzas. El Mundo Maya enlaza Chiapas y Yucatán con Guatamela. El café debería unir al Soconusco con Boquete. Así hay que unir pueblos, mercados y cooperativas. Un turismo que está dispuesto a moverse por región dejando dinero en manos de familias y no de intermediarios sabe que el turismo tiene una nobleza muy grande: la de repartir. El viajero se puede crear el sostén de la tierra y la marca de un país al mismo tiempo.

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La urgencia debería de dejar de jugar a los nuevos conceptos.

No se trata del miedo a perderse algo. Se trata de corregir la miopía. Hemos mirado tanto al norte que dejamos de ver que el viaje entrañable, más barato en lo que de verdad cuenta, más rico en la mesa y más hondo en el alma, estaba aquí al lado, hacia el sur, esperando que volteáramos. Al final, México es también Centroamérica. Dejemos a un lado los prejuicios y las gentrificaciones políticas que nos hemos creído, queriendo ser de un norte que no nos quiere e ignorando un sur que nos abraza.

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