Inicio ComidaArtículos y Noticias Blue Corn Bakery es un recordatorio de lo que somos.

Blue Corn Bakery es un recordatorio de lo que somos.

por Carlos Dragonné

Robin Wall Kimmerer en su libro “Braiding Sweetgrass” decía que “Para ser nativo de un lugar hay que aprender a hablar su lenguaje”. Y el lenguaje hopi es más que Uto-Azteca. Es un lenguaje de cosmovisiones y profecías, de conexiones con la tierra y los legados ancestrales. Es el lenguaje del maíz, la tierra y la comida, las tres hermanas que sostienen y fortalecen el crecimiento y el cultivo. Pero es, por mucho, un lenguaje de resiliencia en silencio, de generaciones milenarias que saben adaptarse y transformarse. Y, curiosamente, Blue Corn Bakery —el lugar donde encontré a Nick, no sólo panadero, sino maestro de lo que significa viajar con los ojos bien abiertos para que éstos puedan abrir la mente—, es uno que surge de la capacidad de cambiar y de volver a reinventarse porque sabes que ninguna pared con la que choques es irrompible.

blue corn bakery

Cruzar las puertas de Blue Corn Bakery es entrar a historias que no esperaba.

El aire en Glendale huele a desierto, a libertad y a futuro. Ya les contaré lo que está pasando en esta parte del valle de Maricopa, pero dentro de las historias que nos van a llevar a las razones de por qué hay que voltear acá, una llegó de la manera más casual, como tantas otras historias que valen el tiempo y la espera. No iba a entrar por esa puerta, he de confesar. Mi plan era parar un par de locales antes porque sólo quería un café. Pero era Veteran’s Day y la mitad de la ciudad estaba cerrada, guardando el día de asueto. Pero no Nick. No Blue Corn Bakery. Y ya desde el nombre hubo algo que me dijo que estaba entrando en el lugar correcto.

Porque 2025 ha sido un año para intentar entender un poco de las muchas historias de las tribus nativo americanas que, desde la expansión de las colonias originales, han sufrido el abandono, la reubicación y, a últimas fechas, hasta parece que el exilio. Y, aún así, frente a todas las adversidades, son ellos los que guardan la sabiduría de la tierra. Porque mientras el Mayflower llegó en 1620, ellos ya tenían varias eras aquí. Para los Hopi estamos en la cuarta. Para nosotros estamos en la última oportunidad de reconocer lo que tenemos pendiente y resarcir a través de algo más que el discurso la forma en que miramos a quienes llevan aquí mucho tiempo antes que las endebles ideas de olvidarlos.

Blue Corn Bakery y los territorios liminales.

Por eso es que cruzar la puerta de Blue Corn Bakery no es simplemente salir del bastante tranquilo ambiente urbano de Glendale, sino entrar en una especie de territorio liminal, ese en donde se da una transición a otras realidades. Venir aquí es dejar atrás las construcciones espectaculares de Glendale y la tecnología que están por cambiar el escenario de entretenimiento, aquí se trata de mesas sagradas, de historias y sonrisas que llevan generaciones de mirar con otros ojos la vida. Nick sonríe, me invita a probar un pan que están sacando, me da la bienvenida de la manera más normal. Su pan de masa madre llena el ambiente. Y cuando me pregunta “¿De dónde son?”, entiendo que más que una simple bienvenida es una invitación a intercambiar historias.

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De computadoras a la Masa Madre: los retos convertidos en metas.

La biografía de Nick es un mapa de rupturas y renacimientos. De saber buscar la luz que se esconde tras el atardecer de lo que otras personas creerían que es el final. Según leo —porque eso no me lo contó él—, Nick creció entre hogares de acogida y el sistema de apoyo de la reserva Hopi. Ir y venir entre hogares que desde nuestro privilegio y la televisión siempre decimos “hogares rotos” construyó algo que, de nuevo nosotros, no somos capaces de entender. Genera un sentido de pertenencia. Porque ir y venir entre hogares de la misma reservación es distinto a los clichés y el juego de historias que la ficción, esa que escribimos y le llamamos historia, nos ha querido decir que existe.

Nick, cuyo nombre Hopi es Tepjoya —espero estar escribiéndolo bien—, construyó su vida a partir de entender que el esfuerzo era doble pero que si se mantenía fijo valdría la pena. Maestrías y experiencias después, terminó en Microsoft, como uno de sus consultores más importantes, yendo y viniendo por todo el país en seminarios, asesorías y el trabajo mismo. Pero eso lo mantuvo lejos de casa. Lejos de familia. Y luego llegó la pandemia. Para muchos, la razón para desesperarse, no entender las carencias y quebrarse. Para Nick fue la oportunidad de reinventar las cosas, de tomar todo lo aprendido y ponerlo en práctica con otro proyecto en mente: mantener el legado de una masa madre que nació hace 100 años en la reserva Hopi y de la que Nick tomó una parte para mantenerla viva y hacer el pan que hoy sirve en Blue Corn.

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De vivir en aviones a regresar al sentido de la tierra en Blue Corn Bakery.

Y cuando COVID llegó, el mundo se detuvo. En el silencio lo único que escuchaba Nick eran las voces de su pasado y su amor por la comida, por el pan y por el maíz, ese ingrediente que define la mitología y la cosmovisión Hopi. Quizá venir de la tribu que se define como “la gente pacífica” lo hizo resistir a través de lo que uno es. Porque a veces la resistencia —más en estos tiempos— parece que la vemos como un acto de protesta. Pero no toda protesta es escandalosa.

Citando a Deborah Jackson Taffa (cosa que haré varias veces en este texto, estoy seguro), “siempre hubo silencio porque descubrí años después que la protesta requiere esperanza.”. Los Hopi son silenciosos. Pero en su silencio hay un grito de defensa y de resiliencia que se vive a través del maíz como una lengua viva, del grano molido como se ha hecho transgeneracionalmente. El maíz es no desaparecer en un país que se niega a reconocer que existen. A veces se niega a conceder que han hecho todo por eliminarlos lentamente.

Mis hijas son lo que sigue. La trascendencia de ellas en Blue Corn Bakery.

Dejar la consultoría y aplicar todo lo aprendido en la panadería/cafetería es transmitir su alma en casa y dejarlo a las mujeres de su familia. Porque, además, los Hopi son matrilineales. Cuando dos personas se unen, no es ella quien pasa a ser parte del clan de él, sino él quien se une al clan de ella. Las voces de las mujeres y las historias que mantienen la tradición viva tienen alma de mujer, tradiciones e historias que se conservan en recetas o de cocina o de lecciones de vida. ¿De qué sirve, si no, mantener la vida misma?

Son las mujeres las dueñas de las viviendas, las que deciden qué maíz se planta. Tras el matrimonio, el hombre se muda a la casa de su esposa y cultiva para el clan de ella. Es un mundo donde la fuerza femenina es el axis mundi.

Y en Blue Corn Bakery, esa fuerza tiene nombre propio: una de sus hijas es la panadera maestra.

“Mi hija es la mejor panadera, la que llega y trabaja la masa, la que entiende el proceso. Yo las veo siendo parte de todo. Eso es el mejor regalo, la victoria completa”, me comenta Nick mientras confiesa que el espacio está quedando chico, porque en Glendale venir a Blue Corn Bakery es una regla de locales, no un espectáculo de turistas. Es un lugar del día a día en donde bien puedes encontrar un club de lectura, un grupo de adolescentes o familias enteras comiendo en fin de semana. En la ironía de las discusiones políticas y trascendentales, esas que parecen caer en cámaras de eco y lugares lejanos de aquí, es inevitable sonreír viendo que a pesar de todo, la cadena de Nick no se rompió, se fortaleció y ha trascendido a la siguiente generación.

El Maíz que Es un Miembro de la Familia en los Hopi.

Para muchos de nosotros, el maíz es un ingrediente. Puede ser un ingrediente básico o importante, quizá hasta trascendente para la identidad de la cocina. Para los Hopi, el Qöötsi es un ser espiritual. Es el vínculo central de la vida, un miembro más de la familia. Nick me explica la agricultura de secano, un método de más de 2000 años es un acto de fe: siembras profundo para alcanzar la humedad de la tierra. Seleccionas la semilla con devoción y confías en que las nubes, conectadas con los antepasados, traerán la lluvia. “¿Es el acto de poner las manos encima de la tierra?”, le pregunto en la mesa. El sonríe y me dice “Sí. Es conectar con la tierra y más que pedirle, agradecerle.”.

Por ello en la cultura Hopi el maíz es algo más. Es la guía —cada color de grano representa un punto cardinal— y, también, es el alimento ceremonial por excelencia. Nick lo menciona pero confieso que tardo dos semanas en entender por qué lo dijo con tanto orgullo. El Pan Piki es una oblea fina de maíz azul, cocida en losa de piedra y el elemento de la ceremonia. Entonces es que recuerdo y bajo a la cocina para buscar la bolsa de pan que aún guardo. El Pan Piki está en reminiscencia en su logotipo. Es ese círculo que acompaña el pedido. Pero aquí es más que una etiqueta con el logo. Es una identidad que no sólo es identidad gráfica, sino identidad de tribu.

“El Espíritu Viaja al Oeste”: La Mesa que Es un Altar

Miro alrededor y observo a familias de toda historia, de toda herencia. Comparten el pan entre vecinos, turistas (los menos), niños, amigos y nosotros. Blue Corn Bakery abre solo unas horas para el público, pero Nick está aquí trabajando desde temprano, porque el pan requiere paciencia, disciplina y cuidado. Veo a la familia de Nick como el elemento más importante. Veo en sus ojos el saber que los pasos se heredan hasta cierto punto, pero que hay una chispa de felicidad al saber que ellas se quedarán con el negocio. 

Pienso en la brutal ironía de la historia. Estados Unidos, con su política de asimilación forzada, con la infame Ley de Incorporación de 1882 que buscaba borrar las culturas nativas y que es hoy el escenario de su más sonoro fracaso. Porque aquí, en un rincón de Glendale, un hombre Hopi une a todos a través del pan, el alimento más básico de la civilización occidental, para reafirmar la indestructibilidad de la suya.

El Hogar que se Lleva en los rincones de Blue Corn Bakery

Al final, al salir de Blue Corn Bakery para descubrir Glendale, anoto algo a lo que regresé cuando escribí este texto. Para Nick, el hogar fue un concepto movedizo en su infancia y, al mismo tiempo, un espacio perfectamente definido dentro de la gigantesca diversidad de las 574 tribus nativo americanas.

Como dice Jackson Taffa en su libro mientras recuerda el enojo hacia un profesor que trataba la asimilación como algo simple, sin lo que resultó ser: un intento de erradicar culturas. “No mencionó que en Estados Unidos hay 574 tribus reconocidas a nivel federal, cada una con historias, idiomas, artes, estructuras sociales, patrones de viaje y espiritualidad distintivos. Solo los hablantes de lenguas celtas se definen claramente como galeses, bretones, gaélicos irlandeses, gaélicos escoceses, córnicos y maneses, pero en mi escuela no nos enseñaron nada sobre nuestras culturas distintivas, y mucho menos sobre las de Canadá, América Central o América del Sur.”.

Y entonces no puedo evitar estar de acuerdo con ella cuando dice “Mi ira se dirige contra el miedo que este país tiene a su propia historia.”

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Pero los Hopi son la tribu del silencio y la resistencia pacífica.

Los Hopi se han mantenido tranquilos en esos atropellos. Nadie que no sea de los ancestros podría darles la explicación sin caer en la soberbia de la ignorancia. Por ello no les intentaré explicar aquí por qué. Se lo dejo a voces ancestrales mucho más sabias que la mía. Pero ellos siguen ahí, fuertes, sólidos, amarrados a la tierra.

Jackson Taffa contando este conflicto de pertenencia en su familia dice: “Quería decirles que todos deberíamos pensar que Estados Unidos es una sola y enorme reserva, en la que la sangre y huesos de nuestros antepasados permearon el polvo en las orillas de cada atardecer, que sus espíritus existieron en el agua y el aire y que no existe lugar en el que no seamos bienvenidos”. Sus palabras aparecen tres semanas después de mi viaje a Glendale. Y nada es coincidencia. Porque en cualquier momento de la historia que busquen, el pan es lo que une los extremos de la mesa. Lo aprendimos de Robuchon. De Dostoyevsky. De Marco Aurelio en sus meditaciones.

Pero es en Víctor Hugo y sus memorias en lo que pienso cuando recuerdo a Nick retomar el ritmo, soñar con el futuro y saber que cada regreso es el retorno a las raíces. “La necesidad de lo inmaterial es la más arraigada de todas las necesidades. Uno debe tener pan, pero antes que el pan, uno debe tener el ideal”.

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