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Yellowstone en su belleza (c) Carlos Dragonné

De Jackson Hole a Yellowstone: un recorrido inigualable.

Por: Carlos Dragonné (@carlosdragonne)

Despertar temprano nunca ha sido mi fascinación. Para mi, la mañana debe arrancar bastante avanzada pues soy más un ave nocturna que un madrugador. Incluso hago siempre el chiste con mis amigos de que soy tan buena persona que no madrugo para que Dios ayude a alguien más. Sin embargo, en esta ocasión no tenía mucha opción para escoger, por lo que apenas a las 6 de la mañana ya estaba dentro de la regadera, intentando despabilar mis demonios nocturnos y despegarme las sábanas que parecían perseguirme en esencia hasta el calor del agua a temperaturas dignas de desplumar un pollo. Y es que este segundo día en Wyoming se perfilaba para realizar una excursión a uno de los grandes pretextos para visitar este destino norteamericano: un recorrido por el Parque Nacional Yellowstone, con un par de escalas para conocer el famoso geiser Old Faithful y la esperanza, según nos contaba el guía de la compañía Buffalo Roam Tours de poder ver animales en su estado salvaje y a una distancia que no fueran sólo puntos en el escenario. Así que a las 7 (sí, esas inhumanas horas que la gente no entiende que son para dormir) ya estábamos trepados en la camioneta, con nuestra Canon 7D lista y el ojo atento para lo que pudiéramos encontrar.

La naturaleza encuentra siempre maneras (c) Carlos Dragonné
                               La naturaleza encuentra siempre maneras. Yellowston (c) Carlos Dragonné

Recorrer las carreteras de Estados Unidos es uno de esos placeres que todos deberían vivir al menos una vez en su vida. Claro, como en todos los países, hay lugares que parecen páramos olvidados por la historia, pero la mayoría son escenarios increíbles y cuando uno está tan al norte del país vecino, el recorrido transcurre en medio de árboles gigantescos y el clima perfecto (a mi entender) con temperaturas que no pasan de los 18 grados centígrados y una esporádica lluvia que le da ese sentido de romanticismo al camino. Adentrarse rumbo a la carretera pudo haber sido tradicional, pero la camioneta primero surcó los caminos construidos en medio de la montaña, atravesando el Grand Teton National Park primero para comenzar a entender lo que estábamos por experimentar. Algunos venados en el recorrido nos hicieron parar por unos minutos y luego, ya con más determinación, comenzamos el viaje sin parar hacia Yellowstone. Es importante entender que Yellowstone es más que ese recorrido de 400 metros para ver las cascadas entre, como su nombre lo dice, la piedra amarilla al que llegamos después de varias horas transcurridas en el día. El parque nacional es, como se podrán imaginar, gigantesco y abarca una enorme zona de géisers y zonas de naturaleza petrificada que le dan un sentido de magnitud a las cosas y que juguetean sensualmente con el lente de la cámara. Yellowstone también es un enorme espacio de reserva natural que permite avistar una gran cantidad de animales de la región, como alces, venados, búfalos, marmotas, osos negros y osos pardos, mejor conocidos como grizzli. Y sí, nos tocó ver a cada uno de ellos, pero eso se los contaré un poco más adelante.

Uno de los paisajes contrastantes de Yellowstone (c) Carlos Dragonné
                  Uno de los paisajes contrastantes de Yellowstone (c) Carlos Dragonné

Antes de nuestra llegada a Old Faithful, nos detuvimos en una concentración de géisers para admirar este espectáculo de la naturaleza que no sólo se trata de agua siendo expulsada de la tierra, sino de un sinfín de imágenes coloridas gracias a los minerales de dichas aguas termales que, además, van haciendo mella en la naturaleza que los rodea pues los químicos del agua van petrificando árboles y erosionando el suelo, dejando, sin embargo, algunos pedazos con árboles y flores que se niegan a dar tregua al imbatible paso del agua, lo que nos da postales de vida en medio de grandes extensiones de zonas completamente inertes. Ya por eso, vale la pena caminar por el Parque Yellowstone, pues podemos entender lo pequeños que somos en este planeta que se esfuerza por querer hacernos ver esa parte y nosotros seguimos esforzándonos en negar la evidencia. Caminar por zonas de naturaleza muerta me dio de los mejores momentos fotográficos que he tenido en mucho tiempo pues estoy convencido de que sólo con una imagen se puede lograr el cometido de dejar trascendencia de nuestro recorrido, para que no se pierda en las neblinas del tiempo conforme van avanzando las páginas del calendario. Siempre podremos recurrir a esa imagen…

Un imperdible en Wyoming (c) Elsie Méndez
                                                Un imperdible en Wyoming (c) Elsie Méndez

Nos acercamos a Old Faithful. Y como teníamos tiempo antes de la exhalación de las aguas termales, pues este geiser, como todos, tiene cronometrada su actividad a detalle, pusimos pie en uno de los hoteles más espectaculares que me ha tocado visitar: el Old Faithful Inn. Construido entre 1903 y 1927 es la estructura de madera y troncos más grande de todo el mundo, pues así lo fue visualizando su creador, Robert Reamer, empleado de Great Northern Railway y que se dio a la tarea de crear un lugar para descanso de aquellos que llegaban a Yellowstone ya sea por negocios o por placer, pues fue construido para sustituir el Upper Geyser Basin Hotel, que se vino abajo por un incendio. Así, con el paso de esos 24 años, se creó una estructura de 210 metros de largo y cuatro pisos de alto que al admirarlos nos deja con la boca abierta. Si bien muchos de los muebles son nuevos y diseñados para mantener la apariencia rústica del lugar, también es cierto que muchos de los que se encuentran en el Old Faithful son los originales creados a principios del siglo XX con un cuidados y profundo esfuerzo de cuidado y curación. Este lugar, favorito de grandes personalidades de la historia norteamericana como los expresidentes Calvin Collidge, Franklin Roosevelt, Warren Harding y Theodore Roosevelt, fue declarado Sitio Histórico Nacional en 1987. Sin duda hace que valga la pena el recorrido no sólo para verlo por dentro y conocer acerca de los mitos de sus habitaciones ocultas sino para entender la devoción del público norteamericano por un lugar como éste que no sólo transpira historia, sino que habla en cada uno de sus rincones de su gente y de cómo fueron construyéndose paso a paso, a pesar de que insistimos en creer que no tienen historia alguna, atorados, quizá, en nuestra propia soberbia de comparación.

Un par de bisontes relajados. (c) Carlos Dragonné
                                      Un par de bisontes relajados. (c) Carlos Dragonné

En el camino de regreso y ya maravillados por la explosión del geiser que todos vienen a ver, la belleza de los paisajes nos otorga una serie de premios que nos hacen sentirnos afortunados. Primero, un par de bisontes descansando a la orilla de la carretera nos miran pasivos mientras nosotros, todos los que andábamos ahí para verlos en ese momento, nos emocionamos al tuétano por la cercanía de tan grandiosas bestias en su hábitat natural. Poco más adelante, un grizzli camina a unos 10 metros de la carretera y lo acompañamos en su recorrido mientras busca bayas por casi 200 metros, cámara en mano y un par de avisos angustiosos del guía que, por supuesto, ignoré en aras de conseguir buenas imágenes. Recordatorio para el próximo viaje: traer un lente telefoto para captar mejores imágenes. Después, un par de alces, uno joven y otro adulto que me mostraron la grandeza de estos animales gigantescos y que redefinieron mi aversión por aquellos cazadores que los persiguen para adornar sus chimeneas y paredes con cornamentas de tal espectacularidad. Y, de pronto, cuando parecía que ya habíamos conseguido todas las imágenes que podríamos haber deseado, un segundo grizzli nos despide desde su cómoda posición en el bosque y es él quien, ahora, nos acompaña unos metros para vernos partir por el camino.

Un Grizzly nos acompaña (c) Carlos Dragonné
                                             Un Grizzly nos acompaña (c) Carlos Dragonné

Así fue cayendo la tarde en la carretera, con una camioneta llena de gente que, en silencio, sopesaba lo que acababa de pasar. Y es que puede sonar romántico y hasta un poco cursi, pero la realidad es que entrar en contacto de tal forma con los escenarios montañosos y la belleza de los paisajes hace que uno se pregunte la necesidad del ser humano de seguir acabando con estos lugares y ecosistemas en su voracidad y brutalidad. Mirando por la ventana mientras los kilómetros seguían juntándose para encontrar nuestro camino de regreso a Jackson Hole, sólo pude agradecer la suerte de descubrir un destino como éste y, de paso, redescubrirme como alguien que puede abrir los ojos muy temprano para dejar que esa grandeza natural no permita que los vuelva a cerrar de nuevo. Al menos no en mi conciencia y en los recuerdos de una lluvia ligera que cubre lo que puede ser un paraíso que debe mantenerse intacto.

About Carlos Dragonné

Cineasta, escritor y cocinero. Sufro de analisistis aguda, con cuadros de humor negro crónico recurrente. Músico con un piano cerca. Reconstructor de fantasías

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